La serie inglesa de 2013 de impecable factura y fotografía, es una metáfora muy efectiva del empresariado actual.
Como toda mafia que logra institucionalizarse, una familia de inmigrantes construye y compite por territorio, compra policía, funcionarios, establece lazos de comercio internacional y llega al escenario político con el objeto de defender y extender su imperio.
Es redundante observar que esos negocios se basan en la explotación de vicios y debilidades humanas delimitadas por la religión, la moral media dominante y/o la propia lógica de designar enemigos comunes para sociedades de alta conflictividad de clase. Y a más desigualdad, mayor violencia.
Lo que enriquece la trama es el cruce de grupos guerrilleros del IRA (ejército republicano irlandés-pro independentista), otras minorías inmigrantes (judíos, italianos, entre ellos) competidoras, las internas del poder (surgimiento de fascismo de Mosley frente al conservadorismo de los Churchill). Jugar en esos tableros sangrientos pone a prueba constantemente la habilidad de construir otra empresa criminal en un mar de tiburones y conflictos.
Pongo el acento en un aspecto de esta serie, más allá de delinear la saga de un personaje carismático: Suerte de macho alfa inter pares con capacidad de conducción. Podemos observar cómo capitaliza su aprendizaje blindado de sobrevivir en el caos aleatorio de la guerra, los lazos de hermandad en la trinchera, la identidad gitana y sus lealtades étnico – culturales de minoría tolerada en una sociedad formalmente tradicional y reaccionaria, pero profundamente amoral como la posvictoriana de los años 20 del siglo pasado. Genera respeto y temor ganado a base de muertes y enriquecimiento ilícito. Nada que ver con nuestros empresarios desde la dictadura hasta acá, concentrando riqueza y empresas de secuestrados o desparecidos, contratos y subsidios del Estado…
No hay muchas diferencias en los criterios de acción del poder establecido y el emergente, sólo una distinción de eficacias y habilidad táctica frente al azar bélico. Allá nadie sabe qué bomba tiene su nombre. Aquí, las ganancias y los sobres garantizan el camino de la impunidad.
En nuestro rincón de la injusticia, las cámaras omnipresentes exponen nuestros movimientos, los celulares nos ubican y los espías analizan esa info para preparar carpetas (y posteriores carpetazos). Mauricio no necesita gorras con hojas de afeitar.
Una sociedad que pone como objeto de adoración al dólar y a los ganadores de la carrera por el enriquecimiento rápido, produce narcos, criminales y contrabandistas, pícaros que hacen plata pisando las cabezas necesarias con la adhesión eventual y entusiasta de los pisados, deseosos de convertirse en tales pero sin audacia suficiente. Los exitosos conducen monopolios, los perdedores, como mucho se exilian o subordinan.
El algoritmo (base para diseñar programas de convencimiento colectivo) refuerza esta tendencia de dominación de mayorías, imprimiendo desde el celular o cualquier pantalla miles de veces por día hasta que los confundan con el paisaje y consideren a ese estado de situación como algo natural. ¿Cuántas publicidades de objetos inservibles, superfluos, alimentos dañinos, modas… consumimos desde el vientre materno?
Y si llegan al poder político, coronarán la corrupción sobre todo un pueblo, al grito de “¡al ladrón!”, acusando a otros, algo tan viejo como los carteristas. Ahora se dice “ese es kirchnerista»
La batalla cultural es blanquear esa desigualdad estructural para convertirla en piedra cerebral. Algo tan común como acostumbrarnos a vivir en las cubiertas de tercera clase, anunciando botes para todos, mientras se hunde inexorablemente el país, y sabés que no hay salvavidas para vos ni tu entorno. Y en cada generación, reiniciar el ciclo de desigualdad y lucha por la supervivencia. Porque no hay proyecto u orgánica que trascienda el propio contrato.
La modernidad se hizo con tres consignas: Libertad-Igualdad-Fraternidad. Los que llegan arriba de la escalera sólo recuerdan la primera, pero desde 1789 no hay muchas salidas de estas tormentas anunciadas, inexorables, salvo invadir la primera clase obligando a sus ocupantes a aceptar la distribución… o caminar por la tabla rumbo al mar.
Creo que más de uno deberá aprender a nadar.

