Buscando entender el por qué del terremoto que sacude al planeta, con la decisión del presidente norteamericano declarando un virtual vallado comercial contra los mercados que suponía dominar, se pueden vislumbrar algunas respuestas.
En primer lugar, que Donald Trump busca rediseñar una economía en declive, desde que sus empresarios resolvieron deslocalizar industrias en oriente, por su mano de obra barata y disciplinada.
Perder industrias es perder puestos de trabajo, mercado interno y capacidad de generar riqueza (algo que aquí sabíamos, pero olvidamos). La necesidad de importar lo que no producían fue generando una deuda creciente que se ha vuelto imposible: 36 mil millones de millones de dólares (97% de su PBI). Fue financiándose con impresión de dólares para ir pateando, pero el problema lleva a que sólo en intereses, deban pagar por sus bonos del tesoro el equivalente al presupuesto militar.
Aquí llegamos al segundo gran bollo: pagar la deuda con lo que cobraría por aranceles. Y no alcanzará si su economía no crece. Como estado, está en quiebra. Debe más de lo que puede pagar.
No se puede recuperar una economía que consume sin producir. Las estimaciones del desarrollo en EEUU de 2024 fueron del 1,9%, mientras los países del BRICS crecieron un promedio de más de 4%. Europa, en guerra consigo misma, sólo un 0,9%.
Con el ataque del presidente norteamericano habrá depresión, caerán los precios del petróleo, los comodities alimentarios (soja, cereales, entre otros) por menor demanda, cierre de mercados y destrucción masiva de empresas/puestos de trabajo.
Una cosa es replicar para defenderse de las políticas arancelarias con los norteamericanos, y otra redirigir la exportación hacia los mercados que aun están abiertos.
La lluvia de containers hacia Europa y Argentina es una posibilidad que lesionará a la industria local por imposibilidad de competir con los costos de liquidación de economías avanzadas, como la China.
Trump protege su industria, obliga a negociar los aranceles país por país a cambio de compra de bonos de deuda (para ir regulando su crisis) u otras oportunidades de negocios: materias primas especiales (tierras raras, por ejemplo), posiciones políticas favorables a sus intereses (recibir migrantes/mano de obra “sobrante” competitiva de la local) o geopolíticas (Groenlandia y el Polo Norte como nueva ruta, no sumarse a los BRICS).
¿Que nos toca en esa movida?
El prescindente Javier Miller entra en fase de profundización de la sumisión. Se reacomoda a recibir el mismo castigo que sus odiados Lula o Petro, modificando las condiciones de exportación a un mercado competitivo (no complementario). Aceptando perrunamente las nuevas exigencias a cambio de unos dólares que le den oxigeno a un Banco Central en liquidación de divisas ajenas.
Las últimas declaraciones de Claver Carone, delegado/portavoz de Trump hacia América del Sur, de deshacernos de los SWAP chinos a cambio de nueva deuda, son impracticables: esos recursos son entre el 70-80% de lo que nos queda como reservas. El préstamo anunciado pero aún no autorizado del FMI es para repagarse deuda a sí mismo, y una fracción para que el gobierno argento pueda sostener un dólar bajo y una inflación ficticiamente planchada.
Atado con promesas, el gobierno nacional maneja sobre un acantilado en medio del tornado.
Se acumulan los juicios sobre la cripto estafa, se fugan los dólares de la reserva, no le aprueban jueces de la Corte puestos a golpe de DNU. Comienza la temporada de elecciones sin lograr coaliciones que le permitan reforzar sus limitadas bancas, las calles se pueblan de protestas y muchos comienzan a oler el cambio de humor social.
Hay que comenzar a pensar qué haremos para reconstruir lo arrasado. Cristina empieza el debate hablando de educación. Buen comienzo, pero sin modelo de país que le dé sentido no hay proyecto que aguante. No es posible un tren bala cruzando una villa miseria. Sin el diálogo y los aportes de los protagonistas organizados no es viable. ¿Alcanza con las universidades para rediseñar una herramienta que se piensa, antes que la maquinaria a la que está destinada, y sin preguntar a quienes la usarán?
Axel Kicillof planteó preguntas más profundas: ¿Cómo gobernar sabiendo que los que más pueden se la llevan a paraísos fiscales para no pagar obligaciones impositivas de la riqueza que producen en su país? ¿Se pueden resolver las demandas de más Estado (seguridad, escuelas, hospitales, obras públicas, entre otras) sin el aporte de los que más acumularon?
Es hora de responder estas y otras preguntas centrales: ¿Qué haremos con la deuda? ¿Cómo les pagaremos a los jubilados asignaciones dignas con la mitad de la clase trabajadora en blanco? ¿Cómo planificar desarrollo productivo con empresarios pymes que aplaudieron entusiasmados a su arruinador? Y las respuestas urgen, ya que ha comenzado a hundirse el transatlántico de azúcar.

