Cuando vivía en Merlo y era parte de una familia de trabajadores a los que les costaba llegar a fin de mes, no podía comprender que existiese una gran parte de la población ansiosa por votar a partidos o candidatos que históricamente habían quitado derechos a los que menos tienen y sumado privilegios a los que más tienen. En mi inocencia juvenil, no me entraba en la cabeza que esa gente no se diera cuenta de lo poco inteligente que era votar así. La vida y la Historia me enseñaron que existen diferentes clases sociales y que ahí radicaba el porqué del voto. Aun así, no me resultaba fácil entender el egoísmo de las clases altas al votar… hasta que empecé a vivir con ellos.
A los 27 años me fui a vivir a España siguiendo a mi corazón enamorado, y 14 años después seguimos por Europa tras haber pasado por varios países. La vida misma y sus destinos. Después de haber laburado en una cadena de comida rápida y en un supermercado, tuve la suerte de empezar a trabajar en un colegio internado en el que viven y estudian hijos e hijas de multimillonarios. Todos juntos, bien arriba de una montaña, en una burbuja “perfecta, blanca y pura”, como diría la filósofa argentina Pamela David.
Y entre lo observado aquí y en otros países del mundo (vivimos en Martinica, España, Inglaterra y Suiza) me permito algunas conclusiones que permiten entender, más no justificar, el apoyo a ciertos partidos de derecha y el total desinterés hacia los que menos tienen. Ninguna es reveladora, pero todas se entienden más al vivirlas in situ.
La primera y más clara es que los que más tienen también tienen claro que no votar a la derecha es perder sus privilegios. Los ricos del mundo no tienen miedo de que los pobres incrementen su estilo de vida: pero tienen claro que en el reparto de la torta, si “los otros” empiezan a obtener más será a costa de que ellos, los elegidos del sistema, dejen de tener tanto.
Conectado con esto, pude confirmar en persona que es verdad que en el mundo no faltan recursos, sino que sobran. No falta ni comida, ni ropa, ni dinero, ni casas en las que vivir… sino que todo está mal repartido. Con mis propios ojos vi a personas comprarse un nuevo teléfono y tirar el modelo anterior (nuevo) a la basura. Cada viaje a Argentina voy con tres valijas: una con mis pertenencias y dos con todo lo que voy acumulando de la basura. Mis padres hace años que no compran zapatillas porque yo las consigo gratis y nuevas con solo juntar lo que descartan los millonarios. Pero mejor tirar las cosas que hacerle creer a los pobres que pueden acceder a ellas… Además, si sienten culpa cristiana (cosa que no ocurre, por cierto) organizan un evento de caridad en la que gastan millones y donan el 10% de lo recaudado.
¿Pero no les importa la pobreza del mundo?, era mi pregunta. Y la vida y las experiencias me respondieron de forma desalentadora: en general no, porque no la ven. Tengo mil ejemplos, pero con uno alcanza para demostrar que no comprenden cómo vive el otro 90% de la población. Una vez, una estudiante se me acercó enojada y le pregunté qué le pasaba. Me dijo que su padre la había castigado porque había gastado más de lo que podía durante el fin de semana. Me contó que se gastó “apenas 3000 Euros” y que su padre solo le dejaba gastar 2000. Le pregunté si le parecían pocos los 2000 Euros y me respondió “obvio, ¿Quién puede vivir con 2000 Euros por fin de semana?” Le conté que ese era mi sueldo mensual en un país tan caro como Suiza. Se rio, volvió a reírse y me dijo “Buen chiste”. Le costó un buen rato entender que no todo el mundo vive como los millonarios.
Si vives en una burbuja cada uno de tus días, no ves la realidad. Y si te informas con medios afines a tu vivir, comes de lujo a diario, te mueves solo entre ricos y no escuchas ni lees ni consumes nada que te muestre el mundo real, entonces el mundo real no existe. También están, claro, los que viéndola prefieren no verla.
Muchas veces mi pareja y yo bajamos a algunos pueblos “normales” de Suiza para que nuestra hija y nosotros mismos no nos olvidemos de la realidad, para que veamos a los laburantes cotidianos, para que la burbuja no nos absorba y la sigamos viendo.
Al menos los que no la ven son millonarios de verdad. Después está la clase media baja que vota a la derecha anti pueblo, esa gente inefable que elige como si fuese millonaria, al tiempo que no llega a fin de mes: pero esa es otra historia, más triste y conocida, por cierto.
