Una noche de ensueño se vivió en la Catedral de Morón, con la excelencia musical a cargo del Trío Amici, compuesto por la soprano Araceli Grosso, Eduardo Sepp en flauta y Diego Alfredo Pérez en piano.

Ni siquiera el mal clima impidió que una numerosa concurrencia colmara buena parte de los bancos de la nave central del histórico templo, para regocijarse con un repertorio de música sacra compuesta por varios de los más brillantes clásicos de la historia de la música.

Elevarnos desde la tierra hacia el cielo, o desde el llano rumbo a las alturas

Cada nota, cada expresión, cada melodía, llevaban al público como en un suave balanceo entre nubes, acariciando nuestros oídos, en muchos momentos, sin siquiera tener la necesidad de mantener los ojos abiertos. Simplemente, relajarse y dejarse llevar por la sinuosa y suave paleta de colores musicales que desplegaban con exacta precisión, si se me permite un poco de metáfora y descripción a través de figuras.

El cierre, con la imponencia del piano y la voz para interpretar «Stabat Mater» de G. Rossini, inundó el salón de aplausos y ovaciones, y no pocas emociones y lágrimas, que incluyen al hondo sentir experimentado por este cronista.

Como bien señaló la cantante, Araceli Grosso, al finalizar la velada: Más que un concierto formal, se trató de transitar por una necesaria meditación, una noche de encanto que, guiados por el placer del arte musical, nos permitió reflexionar y mirarnos un ratito hacia adentro, a quienes nos dimos cita en la Catedral de Morón.

Dejar la buena huella

Mención aparte que no puede dejar pasar quien escribe esta reseña. Doble fue la emoción de poder participar en este evento, al tratarse de un grupo musical que integra quien fuera el maestro de música del autor de este artículo, en sus lejanos 1º y 2º grado de la escuela primaria… en los albores del retorno a la democracia en nuestro país. Muchos docentes van, vienen, y cuando pasan 40 años, el alumnado no los recuerda, fueron sólo un momento, y ni siquiera perdura la memoria de sus nombres. Otros, como es el caso de Eduardo Sepp, queda por 40 años en un respetuoso lugar de la memoria del cronista, gracias a la buena huella que supo transmitir a quien entonces fuera un niño de apenas 6 años de edad.

Lo anuncié días atrás, y lo ratifico y vuelvo a recomendar: Aprovechen estas veladas libres y gratuitas que ofrece la Catedral de Morón desde hace varios años, son eventos de absoluta excelencia artística, en un ambiente magnífico y con muy buena acústica, en una ubicación geográfica inmejorable.

Apartémonos, al menos por una noche, de los odios infundados y desmesurados, y los tamborines que imparten sonidos de guerra en el mundo, que ya de eso este diario se deberá ocupar, mal le pese. Y a continuación, los convoco a escuchar unos pequeños extractos de la función, un poco en el deseo de que puedan disfrutarlo, y al mismo tiempo, para contribuir a despertar entusiasmo para cuando acontezca la próxima función.

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