Una pequeña escaramuza urgente, en defensa del cuerpo de trabajadores de Télam
Salir en búsqueda de realizar una pequeña compra de insumos para la cocina, implicaba enfrentar una tarde cuyo inaudito grado de humedad era en sí misma, un desafío para el escritor de pulmones frágiles tras vencer, no siempre plenamente, 35 años continuos de asma.
Así las cosas, el cronista reguló un abrigo ligero, y afrontó el pegoteo de pisos y paredes, el silencio cuasi sepulcral de las calles de Barrio Aduana en Morón sur, y el atardecer escondido en un gris profundo salpicado de ocres más parecidos a despedidas que prefiero no evocar, que a crepúsculos que invitan a la esperanza del nuevo amanecer.
Ávido de concretar una compra rápida y lo más económica posible, si es que ese concepto aún es cuantificable en nuestros días de economía en quebranto para las grandes masas del pueblo y desfile de obscenidades en la desigualdad delante de nuestros ojos, el cronista ingresó a un pequeño comercio de cercanía. Un almacén de stock muy reducido, totalmente distante de aquellos dulces recuerdos de infancia, de almacenes con anaqueles abigarrados de mercaderías hasta el techo, y una fiesta de aromas a embutidos y galletitas, y tachos de madera rebosantes de aceitunas, y rostros amigables que ya no están.
Entre mis numerosas bolsas ecológicas de tela, escogí aleatoriamente la que se encontraba arriba de las demás. Cual presagio del destino, resultó ser una bolsa que me obsequiaron integrantes de la vieja Agencia de Noticias Télam, el año pasado cuando firmamos un convenio para recibir gratuitamente sus numerosos materiales informativos, en nuestra antigua y ya pretérita revista Huellas Suburbanas.
Noté al instante, una mirada a mitad de camino entre la curiosidad y una indescifrable picardía en el hombre que estaba a cargo del comercio, del otro lado del mostrador.
Sonriente, su esposa completaba la escena, sentada en una banquetita, que me saludó amablemente ya que he concurrido varias veces a su establecimiento.
El cronista selecciona unos pocos productos, los lleva al mostrador, y pide el precio final, apresto a pagar y retirarse cortésmente.
La dama de la escena, tímidamente, saluda la actitud del cronista de utilizar bolsas ecológicas y no pedir las típicas de nylon que -en el mejor de los casos- entregan en esa clase de comercios.
Pero una situación de tamaño costumbrismo, recibe abruptamente un golpe de escena.
«¿Venís de la fábrica de pastas, verdad? Ja Ja Ja» espeta el comerciante.
«Vengo de mi casa, ¿Por qué pregunta?», responde, escueto y ameno, el cronista.
«Digo, porque traés una bolsa llena de ñoquis JA JA JA», remata el comerciante.
El cronista ensaya una fingida y exhausta sonrisa… la dama lo observa y acaso comprende la necesidad de guardar silencio… pero el comerciante percibe la necesidad de sentirse apoyado en su chanza, y escarba un poco más hondo.
«No es buena? Una bolsa de ñoquis JA JA JA»
A lo que el cronista, harto de esta clase de conciudadanos, comprende que en ciertas circunstancias, callar es mentir, y arremete breve pero mordaz:
«En realidad me río… pero me río porque no me deja de sorprender cómo se corren los límites para la idiotez humana».
Una ráfaga helada, repentinamente, cubre el local comercial.
El rostro del comerciante se endurece. Y mira a los ojos al cliente. El rostro del cliente se endurece, y mira a los ojos al comerciante. En absoluto silencio. Uno, dos, tres, cinco segundos y contando…
«Bueno, no hay que generalizar, hay un poco de todo en todas partes… esperamos verlo pronto, que tenga linda tarde señor», corona la dama sentada en su banquetita.
Y allí saluda con un ligero movimiento de cabeza el cronista, únicamente a la amable dama, y se retira del establecimiento, con sus latas, sus galletas, su yerba, y su completa certeza, de que esta aguafuerte estuvo a menos de 5 segundos de haberse convertido en una crónica de boxeo, entre dos pensamientos antagónicos que, a la luz de los acontecimientos, estaban decididos a defender su posición en otros términos.
