Especialmente dedicada para aquellos compatriotas, mayorcitos y muy en particular los jóvenes que minimizan o desdeñan lo sucedido durante la jornada del reciente miércoles 19, cuando requisaron a numerosas personas tanto en la vía pública dentro de la Capital Federal, como arriba de medios de transporte, previo a la numerosa movilización que se dio frente al Congreso Nacional. Cuando nuestros jóvenes no llegan a dimensionar el atropello a la dignidad humana que implica que te obliguen a bajar de un medio de transporte público para manosearte y revolver tus pertenencias, intentando hacerte sentir sospechoso, o más aún, que la sociedad se sienta culpable de no se sabe bien qué pecados, completamente ajenos a las sencillas vidas de cualquier familia estándar de trabajadores asalariados.

Pues bien, vamos a los hechos.

Un matrimonio ya consolidado se hallaba de paseo por Ramos Mejía, acaso habían concurrido a mirar una película en el cine Gran Belgrano. Para ello, habían dejado a sus dos hijos mayores, de por entonces 12 y 10 años de edad, junto a su amada abuela materna, en la tibia seguridad del departamento ubicado en pleno centro comercial de San Justo.

Corría el mes de agosto, se percibía lentamente el advenimiento de la primavera, y esa madre de familia portaba en su vientre a una nueva vida, de unos seis meses de gestación, a quien todos en ese hogar aguardaban ansiosamente ver nacer durante el siguiente mes de noviembre.

La dictadura militar, impulsada por nuestras eternas castas empresariales de mayor envergadura y vínculos transnacionales, hacía estragos profundos pero en el grueso de la sociedad, aquello no pasaba de rumores que preferían callar o ignorar, esencialmente por el terror generalizado con que se desarrollaba tácitamente la vida en sociedad.

Aquel matrimonio con ese bebé en la panza de, digámosle desde ahora, doña Marisa, estaban parcialmente al tanto de la magnitud de los acontecimientos, aunque en absoluto en detalle. Un poco porque el hombre trabajaba en un importante canal de TV metropolitano y debía bancarse guardias militares noche y día delante de la puerta de la Planta Transmisora que aquella emisora, antaño fundada por cubanos; otro poco porque la mujer ya gustaba de involucrarse en reuniones políticas de la antigua fuerza que le había inculcado su noble abuelo gaucho y arriero, torturado, picaneado y preso por las huestes conservadoras bonaerenses entre 1931 y 1933, sólo por el “pecado” de ser un férreo defensor del “peludo”.

Y la función de cine había finalizado. Seguramente luego compartieron un cafecito rápido, y apuraron el retorno a San Justo, hacia las 9 de la noche. Se subieron a un colectivo de la línea 96, bastante completo de mujeres y hombres trabajadores matanceros, que por supuesto cedieron asiento de inmediato a la señora de jóvenes y vigorosos 35 años, con esa ya abundante panza llena de esperanzas y proyectos.

A mitad del camino, aún sobre la Avenida de Mayo, supongamos a la altura del colegio Don Bosco, los consabidos patrulleros hicieron señas para que le chofer arrimara el colectivo hacia la derecha, y lo estacionara. Ordenaron a los hombres bajarse y apoyar sus manos contra la pared: comenzaba el cacheo, tan recurrente como denigrante en el marco del Estado de Sitio aplicado. Documentos, revisión de bolsos y carteras, la rutina –de mínima- en cada uno de esos casos. Podía ser muchísimo peor, claro está.

Aquella señora, como todas las mujeres arriba del colectivo, si bien resignadas a esa práctica devenida en rutinaria, observaban con angustia a sus compañeros maltratados en la vereda. Ese hombre, empleado del canal 13 de Buenos Aires, logró dirigirle un guiño tranquilizador a su compañera, seguramente pensando en transmitir serenidad para ella y para aquella pancita del amor.

De repente, otros dos uniformados masculinos, suben al colectivo para comenzar a hacer la misma tarea, pero a las mujeres. Documentos, cacheos indignantes, revisión de bolsos y carteras.

El policía que palpa el vientre de nuestra heroína, se excede en la presión sobre esa panza, y comienza a preguntarle a la mujer qué lleva ahí oculto.

-¿No se da cuenta que estoy embarazada?- le espeta con suave y contenida firmeza.

El policía prosigue con ese palpado, y entonces la rebeldía y la dignidad mamada durante generaciones de campesinos que no claudicaron ni ante los peores vejámenes, hizo plantar a Marisa ante “el de azul” y le gritó sin mayores preámbulos

-Retire ya mismo esas manos de mi panza, inmundo!-

El policía, en efecto, retrocede pero farfulla algunos epítetos y amaga enojarse… cuando la solidaridad del pueblo emerge: aquellas otras mujeres trabajadoras reaccionan con toda clase de adjetivaciones hacia esos dos hombres de azul… la situación amenaza desmadrarse también en la vereda, los laburantes se inquietan ante el alboroto al interior del colectivo… y finalmente el encargado del operativo obliga a bajar a aquellos dos suboficiales, y acaso milagrosamente pide disculpas a las mujeres, en particular a Marisa, da por finalizada la requisa, vuelven a subir el resto de los pasajeros, y el chofer del 96 consigue retomar viaje, con todos sanos y rumbo a sus hogares.

Algo nervioso pero sonriente, el marido chusmea en susurros con Marisa acerca de lo ocurrido. Y con marcada ternura, le dice “sos una loquita, ¿cómo le dijiste eso?”, pero Marisa, una luchadora desde que se esforzó por nacer hasta y para siempre, no iba a quedarse callada.

-Me tenía podrida, y al bebé le podía afectar, y yo no pensaba permitírselo a ese sinvergüenza-

Probablemente, alguna fuerza superior a la real comprensión de la mente humana, acompañó a todo ese grupo de laburantes, que se le plantaron a viva voz a cinco policías en la etapa más oscura de nuestra última dictadura cívico militar. Y lo hicieron en defensa de una embarazada. De la dignidad de una vida por venir.

Aquel matrimonio adulto, siguió cuidando a aquella vida  en franco crecimiento… hasta que un 10 de noviembre de aquel año 1977, quien escribe dio sus primeros berrinches en la ya desaparecida Clínica Mayo de Ramos Mejía… y comenzó a transitar su senda por esta maravillosa tierra, donde sabemos cultivar la amistad, la resistencia ante las injusticias y la solidaridad a niveles admirados en el resto del mundo.

En memoria de mis viejos, siempre dispuestos a dar la vida por sus hijos.

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