En ocasiones, en los momentos más oscuros o complicados, surgen ideas que mitigan los efectos de desunión e intentan solucionar el problema central que se plantea.
Hace casi un siglo, durante la Gran Depresión, los granjeros estadounidenses vivían insertos en una problemática que llevaba a su real desaparición.
Hacia 1932, surge el movimiento de agricultores del Medio Oeste, “Granjeros’ Holiday Association” que fuera liderado por Milo Reno. Los agricultores decidieron tomar medidas extremas para garantizar que se cumplieran sus necesidades. Formaron piquetes y cortaron rutas. Se respaldaba la retención de productos agrícolas del mercado, creando en esencia unas “vacaciones laborales” para los agricultores. Instaban a todos los agricultores a declarar un «festivo» de la agricultura, con el lema «Quédate en casa, no compres nada, no vendas nada» y «Llamemos a unas vacaciones del granjero, mantengamos unas vacaciones. Comeremos nuestro trigo, nuestro jamón y nuestros huevos, y dejaremos que ellos coman su oro”.
Más de 200.000 granjas fueron embargadas en todo el Medio Oeste, y los movimientos organizados como la Asociación de Vacaciones de Agricultores (“Granjeros’ Holiday Association”), lucharon para detener por completo las ejecuciones hipotecarias.
Entre las ideas con las que desarrollaron proyectos para impedir el embargo de las granjas, aparecieron las denominadas “subastas de centavos”. Los agricultores se unían y ofrecían ofertas bajas en las subastas, lo que se convertía en una baja rentabilidad para el acreedor. El comprador final era el que devolvía la granja al agricultor indigente, que así recuperaba su propiedad. Eso sí, por las dudas y como advertencia se podían observar sogas de horca colgadas, como para evitar que algún postor tratara de intervenir, impidiendo el salvataje de la granja. Fue uno de los actos de resistencia más desafiantes e ingeniosos surgidos durante la Gran Depresión
Grandes grupos de agricultores se reunían previamente al remate, y allí acordaban ofrecer sólo centavos por cada animal, cosecha, tierras o lo que fuera, por lo que los precios de la subasta se reducían a casi nada. Generalmente elegían a un vecino de confianza como comprador final, lo que garantizaba que la familia pudiera quedarse con sus tierras.
Cuando las familias no podían hacer frente a los pagos hipotecarios, los bancos aparecían para hacer los embargos. Entonces la situación dejaba de ser un hecho individual, de una familia, y eran las comunidades locales las que actuaban, tomando cartas en el asunto.
Nadie iba a intentar superar la oferta que realizaba la multitud. La solidaridad y la supervivencia dejaban poco margen para la traición: las sogas que se veían no eran una simple amenaza vacía. Eran la advertencia para no interferir con este poderoso símbolo de unidad rural y desafío representado por la “subasta de centavos”.
Era un acto que significaba no solo salvar una granja, sino preservar un estilo de vida, y una oferta desesperada a la vez.

