No cabe ninguna duda que la educación es un derecho humano, un bien público que debe ser construido con una responsabilidad colectiva.

Sin una educación de calidad, inclusiva y equitativa para todos y de oportunidades de aprendizaje a lo largo de toda la vida, los países no lograrán alcanzar la igualdad de género ni romper el ciclo de pobreza que deja rezagados a millones de niños, jóvenes y adultos.

El derecho a la educación está consagrado en el artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La declaración exige la educación primaria gratuita y obligatoria. La Convención sobre los Derechos del Niño, adoptada en 1989, va más allá al estipular que los países deberán hacer que la educación superior sea accesible para todos.

La educación es un derecho de los llamados “Llave”, pues abre la puerta a un sinnúmero de otros derechos, y sobre todo al futuro de los estudiantes y por ende del conjunto de la sociedad.

La educación ofrece a los niños y las niñas una oportunidad de salir de la pobreza y un camino para alcanzar un futuro prometedor.

Para lograr una democracia más libre y equitativa, el acceso a la educación es fundamental y para ello, es esencial que exista una democratización en la educación. Debemos sostener a la educación como uno de los principales ejes de toda política pública. No hay democracia si no se empieza por garantizar la educación para todos.

No hay posibilidad de construir una sociedad más justa si no se optimiza todo ello. El desafío es muy importante, e imprescindible, para que la educación vuelva a tener el espacio que nunca debió perder en la sociedad como motor de transformación y de expectativa de ascenso social.

Honremos este “Día Internacional de la Educación” colocando una vez más a la Educación en un lugar central de nuestra sociedad.

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