Recordamos y ofrecemos una relectura de «Memorias de Antonia» (1995)
A Mabel
Me acordaba de una de las tantas charlas que mantuvimos con mi amiga Mabel, quien con demasiada rapidez salió de viaje de este mundo y ocupa hoy otra posición. Siempre estará en nuestra interioridad o tal vez dando vueltas en mi jardín. Un lugar donde podíamos conversar y donde comentábamos sobre una película holandanesa que tanto le gustaba, en esta “Antonia, una mujer viuda muy apuesta se pasea por su pueblo natal en el lomo de una yegua de ancas grandes”, en mi caso completé la misma “desde esa no muy grande altura, ella mira con suficiencia el pueblo que la observa”. Esto ocurría a mediados de los 90s luego de haberla visto en video-cassette a poco del estreno en los cines, una época en donde el cine europeo no era el más visto.
En aquellos años debimos haber visto Las memorias de Antonia o Antonia (una película de 1995 escrita y dirigida por Marleen Gorris) y a partir de allí en situaciones claves creo que deben de haber sido tres las veces en que volví a verla. Sostengo que volver a visitar ciertas obras me permite redescubrir significados de cosas esenciales y además releer ciertas situaciones de la vida, comprenderán porqué.
Indudablemente, tal como la sustancia no faltaba en los diálogos que mantenía con Mabel, estas relecturas también acrecentaban la captura de detalles y en eso está mi necesidad de repetir bocado. Es que un clásico permite, inevitablemente, múltiples lecturas y el tiempo afina, según una tiene mayor experiencia y elijamos bucear en la profundidad y no quedarnos en la superficie. La década, en tanto fenómeno que se repite en la historia cíclica mundial, hacía más tentadora de espuma.
En los recuerdos de Antonia aparece la temporalidad y las regularidades que guardan un vínculo con la naturaleza, varían cuando la cultura permite construir diferentes miradas. Antonia no sólo estaba convencida de ello sino que además propiciaba su multiplicación entre sus afectos. Así, podría decirse que según la concepción que tengamos a la hora de mirar los fenómenos a través de los dispositivos (mentales) cuya construcción también es cultural, y con ellos podemos desnaturalizar la realidad, hacerla una construcción y no un camino unidireccional hacia “el destino”. Antonia nos muestra diferentes puntos de vista sobre una misma realidad.
En mucho de lo que sucede en el mundo de Antonia estoy en un todo de acuerdo: los dogmas son construcciones culturales que limitan la cosmovisión. Pensar en Dios en abstracto y junto con él en ámbitos como el cielo y el infierno es olvidar a la naturaleza humana en muchos de los fenómenos. El hombre los ha modelado por diferentes razones: allí, en ambientes distintos al mundano van los muertos, separados de “esta vida” a “otra vida”. Antonia y los suyos creen que el lugar que esos seres queridos tienen es junto a ellos, en un tránsito paralelo en este mundo.
La vida y la muerte, este momento como el final de nada. Antonia y los suyos sostienen la necesidad de poner en conocimiento de los demás el sentir o la pulsión de la propia muerte, hacerlo es para la mujer un acto de honestidad, autodeterminación y despedida.
Nada más oscuro que pensar en la libertad como aquello que nos viene de afuera, un valor que algunos “iluminados” están en condiciones de darnos. La vida tiene según esa visión una suerte de dependencia con el dador.
Antonia, seguramente, hubiera demostrado que la libertad se cultiva con igualdad de piso y de derechos y el respeto por los otros.

