Imaginemos, por un segundo, que alguien comete un acto tremendo de negligencia. El que quieran: cruzar un semáforo en rojo, dejar un bebé en un auto al sol de verano o incluso un descuido en medio de las tareas de una fábrica…
Imaginemos, también, que nadie haya hecho nada para detener esto mismo, y las consecuencias hayan sido terribles: un siniestro vial, un infante deshidratado y una pausa en las actividades de la fábrica por un día entero. Ahí nace una culpa, pues alguien debe pagar los platos rotos. El responsable debe dar un paso al frente y asumir la responsabilidad o bien ser perseguido e investigado. Es el orden natural: cuando sucede algo que hubiera podido ser evitado, el sentido común nos guía a hacer que las cuentas se rindan. Es, de nuevo, lo normal.
Ahora imaginemos, de nuevo, que luego de este acto de negligencia todo cambia por completo. Luego del desastre se instalan cámaras para tener mejor control sobre los calles y avenidas, se ponen rigurosas penas a aquellos que tengan bebés en los autos por más de una hora y se establece el despido inmediato de aquel que hiciera parar la producción por siquiera unos instantes. El orden, al parecer, se reestablece. Todo va caminando hacia un solo lugar: que no vuelva a suceder la crisis. Ese es otro orden natural: todo debe ser para construir. Lo que destruye, sabemos, debe ser destruido.
Sigamos con esta fantasía. Luego del orden, vienen otras reglas, extrañas, que no todos están seguros de que construyen. Para tener mejor control, también se desmantelan autopistas. Para evitar que los bebés se queden en los autos, se decomisan todos los autos de las personas que dieron a luz en los últimos dos años. Para asustar a los trabajadores, se aplica prisión preventiva de dos meses y medio a quien se atreva a ralentizar cualquier proceso de la empresa. Todas cosas hipotéticas, claro, para dar claro ejemplo de lo que es compensar en exceso una falla anterior. ¿Suma? Claro. Todo, de nuevo, apunta a que no vuelva a suceder la crisis. ¿Resta? También. Es apagar un fuego doméstico tirándole dos toneladas de arena encima. Es simplemente demasiado.
El indulto por negligencia ajena funciona bajo esta lógica. No hay nada criticable en pasarse de la raya porque antes, de la “otra manera” (ya probada ineficaz y peligrosa), las cosas estaban mucho peor. Es casi un capricho: todo debe de estar mejor porque los problemas anteriores fueron arrancados de raíz, removida la tierra, puesto cemento encima y convertido en un mausoleo. ¿Y los nuevos problemas? No sé. Les tocará a los que vengan después.
Es una lógica peligrosa. Permite que todo sea permitido. Si se borran los límites de la responsabilidad bajo el simple argumento de que “antes estábamos peor”, nada es tan una locura. Si el problema es el crimen, el asesinato de criminales puede verse como una solución. Mejor que antes vas a estar, aunque te cargues a un par de civiles inocentes por el camino. Si el problema es el dinero, claro, el desfinanciamiento de las universidades puede verse como una solución. Más dinero es más dinero, y eso no se discute, aunque miles de personas queden varados a mitad de cuatrimestre sin saber bien qué hacer (o siquiera si es que pueden hacer algo). Si el problema es la cultura podemos poner el pasado sobre la mesa y seguir bastardeándolo sin que nadie nos pare: ya es sabido que él nos trajo hasta la crisis. La pregunta es, entonces: ¿hasta qué punto es válido ese argumento? ¿Hasta qué momento podemos seguir permitiendo cualquier cosa, literalmente, porque el sistema anterior no funcionaba? ¿Es válido, siquiera, cualquier cosa en nombre de la crisis?
En nuestro sistema hipotético, el indulto por negligencia ajena permite solucionar problemas solamente por el hecho de que el pasado existe, de cualquier manera y a cualquier costo. Las cosas que están mal no están mal realmente. Si los barrios se quedan sin ollas populares y la gente no tiene para comer es solamente un subproducto. Volvemos: antes estábamos peor. La culpa la tiene el pasado. Si existió tanta corrupción, es válido desmantelar cuanta institución se nos antoje, sin pruebas y solamente guiados por la intuición. Ese es el precio de poner al pasado sobre la mesa una y otra vez: todo se pierde porque todo debe de ser para mejor. Antes estábamos peor.
Pero también permite otra cosa mucho más peligrosa: una inmunidad diplomática digna de una figura inexistente, mucho más poderosa que la de cualquier político. Una inmunidad diplomática que se reconoce a sí misma, que habla y dice que podría pegarle un tiro a alguien en medio de una avenida, y que no perdería ni un solo seguidor. ¿La razón? Ninguna. La misma de siempre: antes estábamos peor. Con los “otros” (donde “otros” puede ser reemplazado por cualquier fuerza política que se te plazca) estábamos peor. Ellos nos trajeron hasta acá, y absolutamente ninguno de nuestros fracasos, negligencias, bastardeos, crímenes y estratagemas son de nuestra autoría o responsabilidad. La culpa está en otra parte, en un crimen pasado que no cometimos. Por ahora.
Y entonces me pregunto: ¿antes estábamos peor? ¿El pasado es el monstruo que gritan? Sí y no. La gente tiende a olvidar que si antes estábamos peor es porque ahora estamos mejor. Reformulo: ¿estamos mejor? Y si aún no, ¿falta mucho para que estemos mejor? ¿Estoy siendo impaciente, razonable, caprichoso o coherente cuando pienso en que si antes estábamos peor es porque ahora deberíamos estar mejor?
Me respondo: no importa. Es irrelevante. El foco debería estar en que estamos mal. Que venimos mal hace mucho. Seguir enfocándonos en un estado anterior es inútil. Y aunque estar mal tampoco valida automáticamente todos los reclamos, sí que me trae todas estas preguntas sobre la mesa.
No estamos bien. Y si seguimos barriendo los problemas actuales, generados por el pánico de un pasado que nadie permite que se saque de arriba de la mesa, no vamos a estar mejor.
Si seguimos permitiendo esta narrativa de que todo se permite porque los crímenes ajenos nos borran toda la culpa, nos vamos a encontrar con que los nuevos crímenes se van a volver casi indetectables. Le tocará a otros denunciarlos, luego, cuando empiecen a surgir los problemas que ahora justificamos: el año universitario podrá durar solamente hasta mayo, cerrarán las ollas populares que no encuentren la forma de alimentar tantas bocas que no le saben bailar a la meritocracia, cerrarán todo lo que se les antoje y no habrá manera de discernir entre qué es odio, qué es necesidad y qué es buena fe.
Todo se mezcla frente a una sola frase, repetida hasta que nos hartemos de escucharla: antes estábamos peor.

Tan reflexivo y acertado Agustín, me quedo con esa última pregunta ,habrá manera de discernir entre odio , necesidad y buena fé?
Y me elijo responder con un deseo, ojalá que sí
Excelente Agustín Abella como siempre, gracias x seguir escribiendo