Los libros, asumir la edad y la experiencia, escuchar con atención a tus compañeros…esto te ayuda a tener perspectiva. No ponerte por encima de las cosas, pero si tomar distancia de un problema y, con la camiseta de la pasión, poder buscarle por dónde entrar, como entender y ver qué podés hacer para ayudar a resolver un problema.
En la autopista social que vivimos, donde decimos que todos vamos hacia el mismo lado, algo que la vida misma confirma sabiendo que el tiempo es finito y el combustible para transcurrirlo escaso, hay muchos que miran con desconfianza defensiva a todos desde su mínima burbuja que cree de metal, y es carne vulnerable. Quisiera que su bocina sea un arma que le abra paso contra el peligro de los otros.
Pero también quienes nos sabemos parte de una bandada, de un colectivo muy grande con muchos desconocidos que se reconocen casi parientes en cada manifestación contra o por alguna demanda, derecho o memoria. Nos sabemos frágiles y transitorios. Nos sentimos mejor y buscamos que sea compartido, para los que entienden la aventura como un abrazo de a muchos. Nuestras manos son la cantimplora, y repartir el sorbo nos da placer.
Lo grave es ver el comportamiento de aquellos átomos sueltos, creyéndose siempre atacados por los transportes múltiples, insultando por lo bajo hasta que son muchos y se creen poderosos. Hoy los fititos se piensan Ranger 4×4 y atropellan sin mirar, o peor, actuando con desprecio por todo lo que les impida tener los carriles para ellos solos. Se adueñan de la autopista, balbucean argumentos para tomar los peajes y cobrar lo que estiman vale su prepotencia.
En este show de indignados y paspados, berrear el odio y el resentimiento de frustraciones mal digeridas individualmente por años, se ha convertido en el arma del debate político. Se acusa al enemigo desde la suela que amenaza a la cucaracha.
El supremacismo tiene la tendencia a sentirse dueño del campo de concentración que perfecciona para todos los que no usan su uniforme pero la mayoría es solamente el prisionero más que otros eligieron para auxiliar en la masacre. Es una épica del desenfreno para quitar controles sociales o políticos sometidos a la absoluta ganancia de uno.
No es casual que su lenguaje diga “caos”, cuando nosotros vemos un rio de humanos. “La mía”, cuando los que poblamos las plazas traducimos para y entre todos. O esa palabra tan grande que se ve vacía desde lejos y que cada uno llena con esperanza u odio: libertad.
Hablaban de libertad los que tiraban bombas en plazas llenas de carne trémula, allá por el 55 de los abuelos que aún dan testimonio de aquel horror.
Hablaban de orden, quienes manipulaban la picana contra nuestros padres.
Hablaban de un peso un dólar los que vendían trenes y empresas estatales a sus amigos y entenados, cómplices transitorios más que socios.
Hoy otra generación debe aprender a defenderse de esta tendencia a convertir en privado lo que es o debiera ser de y para todos.
Aunque el primer paso será levantar la mirada de la pantalla.
En un momento de la historia en que un virus, el clima o la bomba nuclear, no distingue sobre quién cae, es inútil creer que habrá supervivencia en búnkeres o barrios privados. Aunque imagino que los duques y condes en Versalles se sentían así en 1788.
Uno, sin embargo mira desde las rejas de la Bastilla, gritando a los que están afuera…



Muy bueno. Real. Bien escrito, casi poético.