Reflexiones urgentes. Sobre ser peronista hoy, cuando no todo lo que brilla es oro y no todo lo que huele a embutido de campo asado al carbón es un chori.
El peronismo nació en los talleres y fábricas, en la periferia de las ciudades y en los campos donde los peones eran explotados por los estancieros desde que Mitre los acusaba de «vagos y mal entretenidos» si no tenían papeleta de conchabo.
Son esos rostros duros que se ven en las imágenes del 17 de Octubre rescatando a Perón y quienes forman parte de ese país del Primer y el Segundo Plan Quinquenal, el IAPI y la Fundación Eva Perón.
También son quienes ponían caños y llenaban las cárceles en la época de la Resistencia.
El peronismo combativo que a fines de los 60 revisitaban la historia y enarbolan el «Luche y Vuelve» que trae al General a la Patria.
De esa historia me empapé, en ese espejo me miré, por eso estuve siempre en contra del peronismo de escritorio y del peronismo seductor de la clase media que quería quitarnos lo bárbaro para consumo de las buenas almas del centro.
Estoy harto del peronismo influencer, el peronismo streaming y el peronismo de Twitter, del peronismo albertista con tonada cheta Tolosa Fort, así como de los gurúes infalibles de las pantallas que son como nuevos tele-pastores del «Llame ya».
El historiador Eric Hobsbawm escribió a principios de los ’70 con el ingreso de la televisión a la vida de la gente, que un happening de 100 personas bien televisado tenía igual o más incidencia que una manifestación de 100 mil personas, y hay quienes le atribuyen una frase similar a Chacho Álvarez en los tiempos del FREPASO, cuando eran los mimados del Grupo Clarín.
Hoy asistimos a eso, multiplicado por este Gran Hermano en que se transformó la vida de todos con las redes sociales y los telefonitos.
Ahora bombardean la Plaza de forma virtual.
Pero lo esencial no ha cambiado: el ser humano, el hombre y la mujer de carne y hueso se siguen manejando por sentimientos, y esos sentimientos se transmiten mirando a los ojos, no hay otra.
Abrazar a nuestro pueblo literalmente. Sentir el calor de ese otro que te haga sentir que no estamos tan solos, ni tan rotos.
Si hay un revival de la nostalgia, es porque hay un corazón que late y se ancla en los tiempos que fuimos felices. Y el peronismo, se sabe, es la felicidad hecha doctrina y forma parte de esos tiempos.
Y eso, queridos, no se transmite por una pantalla.
Dejemos de seguir becerros de oro y vayamos a construir peronismo en los barrios, que nuestra gente necesita volver a comer, vestirse, calefaccionarse y mandar los pibes a la escuela, entre otros derechos básicos que fuimos perdiendo.
No hay nuevos rótulos que califiquen a nuestra doctrina ni a nuestra ideología: somos lo que las 20 Verdades Peronistas dicen, y somos las verdades dichas a medias en medias lenguas por gente humilde que sigue manteniendo el credo por el cual luchamos, que no es simplemente gritar «Viva Perón», sino luchar por esa justicia social que hace tiempo escasea en los barrios donde nos amontonamos los sobrevivientes del desastre nacional.


