Lejos del ilusionismo de las grandes masas, haciendo caer a representantes del Imperio bajo la fantasía de una reedición actualizada de la toma de la Bastilla, estos armados político-financieros de origen transnacional, aparentemente apoyados en múltiples pilares del poder más concentrado que aún sigue pariendo occidente, suelen derrumbarse por pequeños episodios trágicos, que los dejan incapaces de reaccionar, no preparados para dar respuestas efectivas a los mismos, en una matriz diseñada sólo para la arenga, el agravio o la tergiversación de la realidad objetiva desde lo meramente declamativo.
Hace escasas horas, orillamos otra tragedia a gran escala en materia de accidentes ferroviarios. Apenas un poco más elevada la velocidad del ferrocarril de la línea San Martín, que transportaba pasajeros, y los heridos pudieron haber devenido en víctimas fatales, tal como en aquella aciaga mañana de Estación Once, allá por 2012, drama que forzó numerosos cambios y renovaciones en un sistema ferroviario que, por aquellos años, se debatía entre el descuido arrastrado desde el gran desguace de los 90´s hasta tímidas acciones y propuestas de trenes bala a la usanza oriental. Sistema ferroviario que permanecía en manos de una concesión nefasta y raquítica en cuanto a la solvencia de las inspecciones oficiales.
En el caso de lo acontecido el pasado viernes, sucedió mientras se desarrolla un gobierno mucho más interesado en privatizar los ferrocarriles que en darle el adecuado presupuesto y supervisión para tareas de mantenimiento y renovación gradual de vías, señalizaciones y demás elementos que hacen al andamiaje general del sistema de transporte ferroviario, tanto para pasajeros como para cargas. Y la reacción gubernamental ante la tragedia que por poco no fue un auténtico drama, fue de algún modo, la esperable de acuerdo a lo antes señalado. El desentendimiento, y vuelta de página.
Blues, humo y café para engranar neuronas
El cronista camina pesadamente, algo aquejado en su zona lumbar, rumiando penurias financieras brutalmente agravadas en estos últimos 5 meses.
Como puede, arriba a un café donde lloriquean unos blues a contramano de la vorágine histérica que se viene imponiendo como norma urbana cotidiana desde hace ya demasiados años… rumbo a la no-convivencia total, panacea de explotadores y poderosos de todo pelaje y alcurnia, en su afán de aislar por completo a cada individuo.
Al fondo del pequeño salón, entre cuadros de trompetistas en blanco y negro, un halo de polvo ancestral sobre el mostrador, y el acompañamiento consabido de una humareda tan ilegal como alquitranada, llega hasta una pequeña mesa donde lo espera su viejo amigo, experto en estos ritmos musicales, que se encontraba repasando unos manuscritos de su papel en una venidera obra teatral.
Por un instante, sentados en esa ubicación herméticamente discreta, olvidados de los bocinazos e insultos de la calle, el señor J resopla cadenciosamente, como masticando las palabras que está próximo a concatenar, hasta expulsarlas sobre un sendero discursivo, acaso fundacional.
Señala al cronista las imágenes del choque ferroviario que emite el pequeño televisor a tubo que sobrevive, muteado, en ese encantador antro blusero y de muchas otras pasiones tan urgentes como impostergables, y le dice:
“Mirá si esta misma inercia en la reacción oficial se repitiera ante una explosión en las destilerías del Dock Sud que contienen, como ya sabés, una cantidad de elementos químicos altamente nocivos… imagináte eso, la nube tóxica sobre Buenos Aires, y la reproducción en formato criollo de una catástrofe como la de Bhopal, en la India allá por 1984, cuando se produjo aquella fuga al aire libre de isocianato de metilo en la fábrica de plaguicidas, propiedad de un 51% de la compañía yanqui Unión Carbide, y el restante 49% del gobierno de la India. Catástrofe industrial si las hubo, con unos 4000 muertos oficiales pero cuya suma real -y nunca del todo blanqueada- habría superado las 25000 víctimas, en su mayoría criaturas, y que además ocasionó daños físicos y neurológicos en decenas de miles de niños y niñas, con los consiguientes trastornos hasta el presente”
J detiene su alocución sin la menor prisa. Sólo me observa, con su mirada interpela mi sentir más íntimo, espera una reacción desde mis fibras más sensibles, desde mis adjetivaciones más inconfesables de renegado del sistema de ayer y hoy. Percibe espanto e incomodidad en mi gestualidad fingidamente pétrea, entonces direcciona su mirada hacia un costado, mira juguetonamente un cuadro donde nos parece escrutar desde la eternidad Louis Armstrong, y remata su idea:
“¿Podés hacer el mero ejercicio de imaginar cómo reaccionaría un estado vocacionalmente ausente como el que nos gobierna en esta etapa, ante una tragedia más o menos de aquella intensidad? ¿Podés hacer el esfuerzo de llevar a tu retina las imágenes hipotéticas de un pueblo a la deriva, sumergido en el dolor de una catástrofe no natural, por falta de controles estatales sobre el desarrollo angurriento de una multinacional con cheque en blanco para hacer lo que le venga en gana, mientras las personas padecen penurias inenarrables, sin obtener otra asistencia más que la solidaridad de los compatriotas que aún crean en tales valores y no hayan escogido el camino del individualismo, el desprecio hacia el otro y la más abyecta indiferencia ante el dolor ajeno?
“¿Creés que ese escenario tan eventual como distópico, nunca pasará de ser un telón de fondo para un relato breve o para una representación teatral?”
“¿Acaso tenés la certeza y la plena confianza en que el funcionamiento de nuestras instituciones, cada día más desprotegidas con premeditación y alevosía, van a poder evitar o bien afrontar exitosamente cualquier clase de drama social a mediana o gran escala?”
“Y vos, ¿Te pusiste a pensar en todas las variables atroces que esperan agazapadas, cuales demonios que van siendo desencadenados y liberados de sus cárceles inmemoriales, mientras nuestras almas dependen en buena medida de las directivas de una camándula dirigencial sólo interesada en hacer negocios rápidos, y dejar a la deriva toda estructura estatal que dé sentido y razón de ser al concepto de nación, y que brinde una mínima malla protectora a sus habitantes?”
“¿Podés hacer ese ejercicio cognitivo elemental, y reflexionar acerca de ello? Cuando la marea de la crisis financiera terminal, se vuelva a mostrar en toda su monstruosa desnudez, y haya botes sólo para ellos, y a la distancia, ya en lejana huida, nos griten su espera sentencia ´¡arréglensela solos, que se salven los más fuertes! ¡Jódanse!´… Vos, ¿Dónde pensás que te vas a encontrar? ¿Arriba de esos pocos botes, o chapoteando entre escombros y cadáveres, junto a nosotros, meros supervivientes del desastre?”
J apuró el último sorbo de su café.
“Pensálo, chabón, hoy que tanto se recurre a hablar de escenarios distópicos. Quizás la distopía ya esté corporizada en ellos, y ya la tengamos presionando sobre nuestras cabezas, decidida a consolidarse, esperando a que la más mínima mecha… se encienda.”
Asentí, conmovido y abrumado a la vez, entendiendo ahora la urgencia con la que J me convocó a reunirnos en ese refugio cuasi inescrutable. Apuré de un trago mi segundo y último cortado de la jornada.
“Chau pibe, no te olvides de seguir pensando, y de aprovechar tu arte, tu verba florida para recoger estas ideas y testimoniar desde tu pedagogía humanista, para seguir apuntalando a la reflexión entre muchos otros. Para que no nos arrebaten el derecho a pensarnos, trinchera primordial contra la muerte de las ideas, cuestión que ellos vienen impulsando a contrarreloj. Porque a ellos tampoco les sobra el tiempo. Sólo que lo tienen mucho más en claro que nosotros”.
Instantes después me levanté de mi silla, estiré mis brazos, sacudí algunas pequeñas contracturas en mi espalda, saludé al mozo, y volví a encandilarme bajo el mortecino resplandor grisáceo de estos días patrios, donde nos han secuestrado hasta el mismísimo sol. Atrás quedaba J, volviendo al repaso de sus manuscritos, desafiando a la celeridad dictada como norma urbana, decidido a resistir en sus convicciones, hasta el final.
En esa esquina, dos automovilistas se insultaban y amagaban saltar a la acera para jugar unos instantes a los cowboys, dos energúmenos tan idiotas como peligrosos: instantánea de nuestro tiempo.
Observé con inocultable desprecio semejante panorama, y en mi mente, sólo logré situar a esa mentada mecha a punto de encenderse… la mecha tan prolijamente advertida por mi amigo J… la mecha que puede aparecer en el momento y en el lugar menos previsto.




