Si con eso no fuera suficiente, touché: El Gobierno de Javier Milei apeló este lunes el fallo del juez Sebastián Casanello que le ordenó informar en un plazo de 72 horas un plan para el reparto inmediato de los alimentos que están guardados en dos depósitos en Buenos Aires y Tucumán.

Y después advierte, cual gallito prepotente, mientras se la pasa viajando a la búsqueda de espaldarazos más contundentes de sus jefes transnacionales -que siguen sin suceder- que todo aquel proyecto de ley que presente, y eventualmente apruebe, la oposición parlamentaria y que de algún modo afecten el equilibrio fiscal, serán sistemáticamente vetados, sin distingo de la temática o la urgencia de dichas legislaciones. Tras lo cual, Javier Milei rubricó esta aseveración con la más fidedigna definición de lo que realmente piensan, él y todos aquellos que lo apuntalan: “Me importa un carajo”.

Esto es, le importa un carajo las resoluciones y gestiones que efectúen quienes fueron elegidos por voto democrático como representantes del pueblo. Ergo, lo que verdaderamente le “importa un carajo” al Presidente, no son ese puñado de diputados y senadores, sino el conjunto del pueblo argentino –incluso sus propios votantes- y por encima de todo, lo que le importa poco y nada, se deduce de todo lo anterior, es el normal funcionamiento del sistema democrático tal como lo hemos sabido construir, con altibajos, desde hace 40 años.

Los alcahuetes no existen… pero que los hay, los hay…

Frente a tamaño escenario causa estupor la obstinación colaboracionista –por no decir arribista y pactista- de sectores de la oposición política que se empeña en sostener al mandatario cada vez que se percibe el inicio de una crisis palaciega, y están dispuestos a concederle facultades extraordinarias al –por lejos- gobierno democráticamente electo que más desprecia el modelo republicano, representativo y federal gracias al cual accedió al poder.

Opositores aprestos a salvaguardarle el sillón al Presidente que los insulta, los banaliza y humilla públicamente. Como señalara días atrás en su programa Eduardo Aliverti, estamos situados en un escenario nacional elocuentemente… surrealista.

La doble vara, y algunos más iguales que otros

La inseguridad y el delito perpetrados mediante prácticas de gran violencia, aumentan en forma sostenida y ya no sirven como el harto remanido latiguillo de la problemática de la inseguridad durante los gobiernos kirchneristas-peronistas. Y la violencia durante los asaltos también viene de la mano del incremento obsceno de la pobreza y la ausencia de perspectivas reales entre amplias franjas de nuestra sociedad. Pero como era de prever, para tantos otrora adalides de la seguridad hasta hace seis meses apenas, en la actualidad este eje no pareciera ser primordial para la agenda oficial y de sus incansables socios multimediáticos, como sí lo son las protestas sociales de toda índole, renovado “eje del mal” que se impone desde las pantallas a diario.

Aún no estamos logrando asumir, en tanto sociedad variopinta, en toda la dimensión lo que implica este retroceso hacia las peores prácticas del menemismo en algunos aspectos, por no señala que otros accionares y manifiestos objetivos gubernamentales, desde lo discursivo, lo simbólico y lo fáctico en sí, remiten hacia el más abyecto pasado conservador y toda su acuarela de injusticias sociales, atropellos y derramamientos de sangre a mansalva cada vez que percibían cercano o al menos moderado el peligro para su camándula de privilegios por lo general, mal habidos o de rancio origen.

El vino nuevo se sirve en odres nuevos…

No obstante este panorama cuasi desolador, la propia dureza de la realidad cotidiana, que es la que no puede dibujar multimedio alguno, golpea tan duro que la imagen presidencial, aunque aún considerable, ya va en lenta pero sostenida caída.

Y eso que aún no se ha presentado ningún proyecto que resulte del interés de la ciudadanía, desde la oposición al gobierno. Ni siquiera con ese enorme changüí de 5 meses de oposición mayoritariamente apática, a la defensiva y silenciosa, Milei ha logrado evitar que vaya decreciendo su aprobación, poco a poco, mes a mes.

De momento, está más que a la vista que no existe armado opositor que pueda capitalizar el desánimo en gradual avance. Pero también huelga señalar, que por lo bajo y no tanto, son muchos los dirigentes de fuste que comienzan a tejer puntos de coincidencia, el comunión con el ya saludable e indispensable acto de comenzar a revisar y superar taras y terquedades de origen ideológico para guardarlas en el arcón de los recuerdos, luego que sólo sirvieran para radicalizar divisiones mientras las derechas más antidemocráticas dispusieron de tiempo y recursos para reordenarse y avanzar por todos los flancos sin mayores inconvenientes.

Otra etapa ha comenzado, y lo hizo con este parto sin anestesia para los más desprotegidos de nuestro país, la versión argenta de los condenados de la tierra, siempre tristemente vigente.

Será imprescindible para quienes deseen defender a –lo que quede en pie de- la patria y el pueblo, que sin renunciar a sus glorias y a sus épicas pretéritas, atiendan con madurez cívica las urgencias del presente, y entiendan de una bendita vez, que los tiempos que corren reclaman rápidos aprendizajes para la construcción de nuevas mayorías, erigidas desde axiomas y moldes completamente nuevos.

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