Entre las armas que se utilizaban -y utilizan- para rendir una población y someterla, el hambre ha sido siempre una de las preferidas.
Alejados de recibir flechas, balas, lanzas y otras arrojadizas, no permitir el acceso a los alimentos era un método para obligar a los enemigos a rendirse. Además de reducir el número de bocas prisioneras que alimentar.
Las ciudades de todos los tiempos quedaban sin gatos, perros o ratas en épocas de encierro obligado por fuerzas hostiles. Incluso en períodos de bloqueo se apeló a raíces, aserrín para sumar a la harina del pan… todo lo que pudiese ser llevado a la boca para llenar la panza.
Quedan pocos abuelos italianos, españoles, polacos o rusos para atestiguar qué era sufrir el hambre de la guerra.
Por tomar un ejemplo, los alemanes nazis saquearon toda Europa, reduciendo las dietas selectivamente con un método científico que aumentaba las calorías de calidad de su ejército y población, aun en plena guerra de agresión, mientras reducía al mínimo la de los ocupados. En el caso de los campos de concentración, esto fue medido gramo por gramo para garantizar la muerte de sus prisioneros y a la vez maximizar el beneficio del trabajo útil.
Hay quien puede considerar esto extremo. Pues se hizo y de modo sistemático.
Se consideraban una raza superior. “Gente de bien” con el derecho y la obligación de someter a los “inferiores”.
¿Qué pensar entonces, cuando las tropas de un país (llamémosle X) acorrala mediante bombas y pinzas de encierro a otra población, impidiendo la llegada de suministros o ayuda? ¿O cuando un funcionario no permite el reparto de productos necesarios, argumentando que no llegó a hacer las cuentas? ¿Y cuando adrede, se obliga a cerrar comedores organizados por los propios vecinos, cerrando la provisión física o los recursos, para impedir cubrir la necesidad extrema de los congéneres?
¿Qué es amenazarte con sacarte un plan, mientras cierran fábricas y talleres, comercios y falta el consumo para el emprendimiento individual?
Hubo suboficiales de intendencia cuando las tropas del 6to ejército, encerrados por su adicción supremacista en Stalingrado (actual Volgogrado) por la contraofensiva soviética, que acovachaban celosa y burocráticamene alimentos necesarios para su propia tropa en pleno invierno con temperaturas de menos 30 grados. De este modo, aceleraron la desnutrición que el propio aislamiento, y bajo condiciones de combate día y noche, diezmó las tropas nazis y permitió su derrota por el Ejército Rojo, luego de 6 meses de batalla.
Controlar el alimento es un método para obligar, reducir, someter, controlar o liquidar poblaciones. Nada nuevo.
Lo que sí es novedoso en una tierra de abundante producción, en la que se cosechan granos para exportar, ganado para que disfruten extranjeros, vegetales y frutas dignas de cualquier góndola con precios en dólares… que la propia población que los produce pase necesidad obligada por el gobierno que eligió. Y eso tiene un nombre conocido. Pero sobre todo tiene una intención.
El tema es qué hará la “gente”, cuando acorralada por la reducción de uso de energía, sin trabajo, sin justicia, sin voces en los medios que la interprete y viendo como las góndolas y vidrieras (aun bajo la poderosa hipnosis de las pantallitas) muestran lo que no alcanzará. ¿Preferirá el canibalismo, la resignación del suicidio o contraponer violencia reinvindicativa a la ofensa a que es acosada?
¿O el experimento es hasta dónde aguanta sin rebelarse la población frente al ajuste forzoso de sus condiciones de existencia?
O una pregunta para nuestros funcionarios y/o beneficiarios de sueldos para heladera o alacena completa: ¿De qué modo se contiene la violencia de la desesperación?


