Si realmente se pretende cobijar con celo y esmero el profundo sentido de esta fecha patria y del héroe a quien le rendimos homenaje cada 20 de junio, entonces deberíamos honrarlo luchando sin cuartel por una definitiva y plena independencia nacional, y por el goce de una soberanía plena, incluso y especialmente desde el desarrollo económico, educativo y productivo, y sin titubear en el afán por mantener a raya y lo más fuera de territorio nacional posible a las garras e intereses de cuanta potencia o paisito extranjero pretendan hacer pingües negocios a costa de nuestro suelo y subsuelo.
Todo eso, claro, si de verdad sentimos el compromiso de poner bien en alto la historia, la obra y el pensamiento revolucionario de don Manuel Belgrano.
No es el caso del sentir, hagámonos cargo de una vez, de la enorme mayoría del pueblo argentino.
Es un mal que nos aqueja desde hace demasiado tiempo. Aparentemente, sin sentir ninguna clase de remordimiento al respecto.
El impulso para el aprovechamiento de estos feriados para fines turísticos, esparcimiento o mero ocio, que históricamente goza entre un 5 y 10 por ciento –como mucho- de nuestra población total, mientras el resto lo fantasea o codicia desde las pantallas de TV, es una herramienta de indudable proyección recaudatoria para las arcas provinciales y nacionales, y precisamente se torna esencial en el marco de un país no soberano, cada vez más plenamente dependiente de distintas potencias extranjeras, cuales cortesanos sin honor, rogando algunos subsidios, préstamos o favores de variada especie, por los viejos y hediondos pasillos de Versalles; sin pleno desarrollo nacional, esto es: un país sin pleno empleo de matriz industrial y sus inmensos derivados en materia de comercio, transporte y otros emprendimientos, precisa recurrir al turismo como salvavidas recurrente.
Pero a la vez, con ese accionar arriba señalado, pulveriza el sentido más profundo de todas las fechas patrias en la matriz cognitiva del grueso de la población, que tras décadas de la misma estrategia recaudatoria, van incorporando de generación en generación la concepción del día feriado como un portal abierto para dormir hasta más tarde, hacer un paseo, pero bajo ninguna circunstancia reflexionar acerca del origen y sentido de la fecha en cuestión.
En tiempos de “bonanzas” con una cierta mayor distribución del ingreso con sentir popular (en los últimos años y en el mejor de los casos, devenido apenas en el otorgamiento de dádivas de alcance estrictamente alimentario con un neto perfil asistencialista y no de justicia social), todo aquello se potencia desde el disfrute y el consumismo. Caso contrario, en tiempos de penurias, con concentración obscena de las riquezas en pocas manos, la cuestión se manifiesta como una Pax Romana, de calles semivacías, comercios lánguidos y sin ventas, y hoteles con la mitad de sus plazas sin ocupar.
Pero la desnaturalización del sentido revolucionario y antiimperialista, en este caso que atañe al 20 de junio en particular, germina cognitivamente en ambos escenarios para el conjunto mayoritario de la población.
Y así llegamos, pasito a paso, al lugar donde chapoteamos para intentar no hundirnos del todo en nuestro tiempo.
Luego, claro, los eventos protocolares tantas veces con más olor a naftalina que contenido verdadero, tal el caso del encuentro que se lleva a cabo al cierre de esta nota en el Monumento a la Bandera, frente a las aguas del Paraná, en Rosario, encabezado por un primer Mandatario que se jacta en declamar su deseo de destruir a nuestro estado nacional, y admite que tal hipótesis haría de nuestro territorio materia permeable para la colonización a manos extranjera.
Tampoco es sencillo valorar y confiar en el discurso de ocasión del gobernador de Santa Fe, que reivindica la gesta belgraniana, evoca con orgullo a Estanislao López… pero al igual que todos sus antecesores, no mueve un dedo para resolver el brutal saqueo nacional del que somos víctimas impotentes ante los grandes puertos privados que despliegan su gran desfile y transferencia de riquezas de nuestra patria, casi sin declarar, rumbo a otras latitudes lejanas, a través de las aguas del río Paraná, y cuya inconmensurable recaudación viaja hacia las arcas de multinacionales con sede en lejanos países, casi en su totalidad.
En este marco, y a sabiendas que apenas una minoría ínfima aún proclama en su ser interior el alcance –y enfatizo este término en desuso- revolucionario del pensamiento y la acción de Manuel Belgrano, evoco con nostalgia, admiración y amor al mencionado… aunque alcanzar sus más profundos y honorables sueños patrios, ya se perciban con meridiana nitidez, varados en el terreno de las quimeras.

