Hablar de más, parecer razonable coincidiendo con dudas junto a los poderosos, no quedar mal (¿ante quién?) y opinar sin pruebas, sin corroborar fuentes ni consultar a los propios protagonistas en ambos lados en un conflicto, son costumbres ya instaladas en este permanente pantano llamado la cultura política nacional (cultura en general y en todo el mundo, bah!).

Sin fundamentos, con chismes inventados o publicitados adrede por algún negocio en desarrollo, es posible decir cualquier cosa de cualquier modo.

Habrá micrófono disponible porque no hay reglas de decencia entre quienes necesitan enganchar oyentes o visualizaciones, para a su vez “vender” la atención lograda por ese producto.

Un ejemplo de estos mecanismos de irresponsabilidad fueron los anuncios del largo mes en que “desaparecieron” a Loan. Durante largas horas/días/semanas oímos las hipótesis sobre cada detalle, declaraciones e intervenciones, cada uno tapando e inundando de niebla la resolución del caso y el hallar a la víctima.

El caso Venezuela es un buen ejemplo de la habladuría sumando para un lado. Cada declaración de prudencia se hizo para quedar bien con el poder. Las y los mismos que poco hacen para hacer visible un análisis del proceso bolivariano, algo que viene desde 1999 y que tuvo momentos duros, con golpes de estado, campañas sangrientas e intentos de asesinato a sus líderes. Poco y nada fue objeto de análisis “prudentes” y juiciosos. En esos momentos históricos, sí se ejerció el silencio como forma de desinterés (¿Aprobación quizás?).

Que los medios televisivos apelen a sus mentados “profesionales independientes”, autopercibidos como analistas internacionales, no era novedad. Cada enviado dijo lo que el manual de la CIA aprobaba. Hubo que acudir a otras redes para intentar oír voces discordantes y un poco más equilibradas, en unas elecciones que poco importaban al laburante medio, pero que ejemplificaban qué es lo que le espera a un proyecto que al menos busque desalinearse con el poder del norte.

Callarse y esperar que los actores locales desenvuelvan sus conflictos sin interferencias fue algo abandonado como línea de acción; Lo peor fue coincidir con el mismo poder que busca o deja matar a sus candidatos en campaña, apuestan/organizan/protegen golpes de estado (poco se habla de Perú y su gobierno autoproclamado en estos días). Ni una palabra de la pérdida de vigencia legal de la presidencia por parte del ucraniano que conduce la guerra por los allá más al norte.

Estamos en guerra. El holograma de los grupos económicos nos metió en el baile con sus gestos sobreactuados, acciones y palabras imprudentes.

Se volverán criminales a medida que reboten en sus efectos salpicándonos con nuestra propia sangre. No creo que les preocupe demasiado: los bombazos impunes de la Amia y la embajada israelí son ejemplos de un frente buscado para quedar bien con sangre ajena.

Cada palabra de nuestros referentes es un disparo. Identificar el blanco es imprescindible. Debemos ser muy cautelosos en determinar culpabilidades no fundadas y meternos en peleas en las que no podemos incidir positivamente.

Una compañera que acumuló sabiamente experiencia y práctica, siempre propone calibrar el peso del tiempo en el desarrollo de un proceso. Cuando una sociedad fue fragmentada por su clase dominante, cada sector o pedacito resultante debe registrar y asimilar el impacto de lo que le pasa, luego reaccionar. Mucho más cuando una organización pretende sintetizar cómo metaboliza cada parte de los que se busca representar. Apurarse sin pensar en consecuencias y beneficiarios de cada paso es aventurerismo. Hablar para quedar bien, oportunismo.

El reflejo de pasar a tomar medidas para modelar la realidad debe ser fruto de una larga práctica de evaluaciones, balances y previsión de escenarios de un equipo probado de compañeros. Y la palabra pública es una acción que incide. Estudiar sus historias, evaluar contextos, informarse adecuadamente, leer y oír muchas voces, ayuda a perfilar un problema y luego de mucho análisis compartido, extractar una posición útil.

Entonces actuar, hacer algo que ayude a la paz, la racionalidad y la decencia es obligación. Hablar de gusto sólo sube la sal de una opinión pública ya de por sí hipertensa.

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