Algunas aclaraciones imprescindibles, tal vez.

Los fenómenos de contaminación no son una novedad en nuestro planeta. Son propios del desarrollo de poblaciones numerosas, particularmente con crecimiento explosivo.

Por lo tanto no son exclusivos de la especie humana.  Si por factores diversos, aumenta el número de lombrices, de tréboles o de vacas, en un espacio más o menos reducido, pueden aparecer las evidencias del agotamiento de recursos o de acumulación de residuos. Esto último podría constituir una contaminación. Demasiadas galerías en el suelo y exceso de acumulación de desechos de sus deyecciones (esos choricitos que encontramos en la salida de esas galerías, en el caso de las lombrices. Un entramado en maraña de las raicillas y de las hojas secas, si se trata de los tréboles.  O, en el caso de las vacas, ese inconfundible hedor de la bosta y la orina, el suelo apelmazado por el pisoteo repetitivo…

Todos problemas que, finalmente, determinarán (en tiempos más o menos breves) un fenómeno de contaminación. Sólo que, en las comunidades que no están reguladas por la planificación humana (es decir, que siguen el devenir en la naturaleza), terminarán controlándose.

En el caso de las lombrices de tierra, sus predadores (topos, variedad de aves, sapos…) se harán una panzada de anélidos o anillados y el problema no pasará a mayores.

El aireado del suelo y Las clásicas lombrices: Lombrices rojas y su enriquecimiento. Luego las criollas (más grisáceas (mal llamadas) y las cilíndricas “californianas”

Lo mismo sucede con los tréboles (que por otra parte, en su abundancia enriquecen al suelo con su nitrogenación…), la superpoblación será controlada por causales diversas y todo volverá a su cauce.

Y no sería demasiado diferente con las vaquitas…

El problema está cuando “las vaquitas son ajenas”

Aquí, por la presencia planificadora del ser humano, no será tan sencillo “permitir” el mecanismo de control natural del proceso.

“Estaremos”  (bueno, ni vos ni yo, seguramente, pero sí algunos) evitando el regreso al equilibrio.

Evitaremos que algún pumita se desayune un ternero. No dejaremos faltar una pastura abundante (o la cambiaremos por un forraje enriquecido), aplicaremos las vacunas imprescindibles contra… ¿Conocen esta historia?

Por otra parte, no nos dejemos engañar.

Esto no es el papel inherente, propio, de la especie humana, y no se hace inevitable porque “está en la condición” del ser humano.

Hace cincuenta mil años (digamos una cifra, tal vez podría ser otra) las mujeres y los hombres que poblaban exitosamente muchas áreas de nuestro planeta, no tenían conductas tan “peligrosas” para el ambiente natural. Ni ocurre en todas las comunidades humanas que se sostienen en algunos territorios determinados (cada vez más reducidos, por cierto).

Hay quienes se organizan para convivir con la naturaleza, de la cual son, inobjetablemente, parte integrante. Parte cuidadosa e inteligentemente integrada.

Por lo cual, lo otro que no puedo dejar de señalar antes de volver al tema “que nos convoca” (la “biorremediación”) es que este tipo de acciones no son gratuitas, ni sencillas, ni eficaces  100 %. Motivo por el cual es entendible que haya quienes las rechacen o posterguen, bajo el argumento de que “Es mucho trabajo”, o «Eso es caro…», o directamente bajo la conjetura de que “No dio resultado en…» (¿vos vas a ir a averiguar sí, allí donde ellos te dicen, dio o no dio resultado…?)

Pero aún así, vamos a comentarlas.

Tal vez, si cambian los vientos culturales…

La biorremediación como técnica, no es nueva. Pero su desarrollo con importantes bases científicas, podría no tener más de cien años, aunque aplicaciones exitosas y ampliamente difundidas, lleven menos de setenta años. Consiste básicamente en usar las capacidades de ciertos organismos para disminuir o eliminar los contaminantes (ya sea del agua, del aire, del suelo…)

En la antigua Roma, antes de la era cristiana, el logro de recuperar las aguas servidas de los “retretes y baños púbicos” por la acción de “quién sabe quiénes” (no conocían los microbios, pero han aprovechado suelos ricos en microorganismos) para que el “agua sucia y hedionda” no lo fuese tanto y se pudiese reutilizar.

Pero hacia 1930, Tausz y Donath (presumiblemente dos investigadores) proponen el uso del término.  De ellos no he podido hallar más información.

Y recién en 1990 (¡qué lento es el fenómeno de la difusión – divulgación de las aplicaciones de las ciencias!) a propósito de un accidente de un petrolero de la empresa Exxon  (la Esso, le decíamos nosotros, ¡ignorantes!) se derramaron más de cuarenta millones de litros de petróleo en la costa de  Alaska, y los efectos se sintieron rápidamente en  Canadá. Las presiones (multas multimillonarias con las que Canadá amenazó a EEUU, por la falta de prudencia de la petrolera en el transporte de ese contaminante) llevó a que se pusiese en práctica una técnica ya ensayada en laboratorio. En realidad, George M. Robinson (un ingeniero norteamericano) hacia 1960, experimentó la degradación de petróleo por un tipo de bacterias (hoy reunidas en un grupo biológico especial -las Arqueas-).

La Cloaca Máxima romana que conducía las aguas hacia los pantanos purificadores.

El petrolero Exxon Valdez antes del derrame “esclarecedor”.

Pero, alejándonos de la historia y de los investigadores (¿para qué estarán esos tipos que trabajan, por ejemplo, en el Conicet…?)  volvamos a la biorremediación y sus aplicaciones más sencillas y concretas.  Nada de microbios  y de cosas raras.

¿ Viste que algunas actividades mineras, principalmente, utilizan o dejan residuos peligrosos en las aguas de la vecindad al área de explotación ?  Los llamados “metales pesados”.

Y que algunos molestos reclaman que se los retire para evitar daños a la salud de la población  . . .

Bueno, se está aplicando el plantado de ciertos árboles (en algunos casos, los conocidos y simpáticos eucaliptos) para que al absorber con sus raíces, se lleven esas partículas y las acumulen, por ejemplo, en sus hojas. Es sencillo comprender que cuando las hojas estén por caer, si se las recolecta, pueden ser utilizadas para aislar esos materiales y darles usos industriales.  Sin generar en esas plantas ni en sus organismos vecinos, ningún daño significativo.

Este es un tipo especial de biorremediación:  la fitorremediación.

{fito = planta}.

Pero, yendo a cuestiones más próximas y aplicables, aunque todavía deberemos esperar que la ciencia y  los investigadores -si los dejan- verifiquen si no hay  “daños colaterales”.

¿ Viste la planta-serpiente?

Que se llama Sansevieria trifasciata (o para más precisión Dracaenasp. Lo que significa que le han cambiado de nombre).

Pero, de entre casa, le llamamos también “espada de San Jorge” o “cola de lagarto” o “lengua de suegra” (siempre y cuando no esté la señora en el hogar…).

Este notable ser vivo (una planta fotosintetizadora, como la que más) tiene algunas particularidades que la hacen muy aplicable a la fitorremediación casera. Prolongan su aprovechamiento del dióxido de carbono a las horas oscuras del día (es decir, que siguen fotosintetizando por la noche), despidiendo oxígeno (es decir, purificando el aire en las habitaciones).

Y  absorbiendo también algunas sustancias indeseables (que operan como contaminantes) como formaldehído, benceno y xileno, que pueden ser los residuos de ciertos emprendimientos hogareños (algunos pegamentos y pinturas, trabajos con gomas y cueros, plásticos, tintas y fibras sintéticas).

Es decir, como podrán ir viendo no todo está perdido, siempre y cuando nos deshagamos de algun@s, más peligrosos que los contaminantes.

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