Cuando una etiqueta se pone en cualquier frasco, se corre el riesgo (¿buscado?) de confundir veneno y medicamento.

Desde 1955 en nuestro país gentes en proporción variable, fueron espectadores y brevemente protagonistas de peleas masivas. El inicio de una guerra civil no declarada pero igualmente sangrienta, se inició con el bombardeo de Plaza de Mayo, donde no había combatientes armados, sino paseantes, trabajadores y hasta escolares. Los aviadores fueron recibidos más tarde como héroes, y alguno de ellos llegó a cargos institucionales importantes.

No fueron juzgados por ese crimen salvaje e impune. Incluso fue abrazado por otro presidente peronista…décadas después.

El antiperonismo tiene esas raíces morales. Los hechos quedan a la vista, y son inocultables.

Rojas se llamaba el criminal bendecido. Carlos Saúl, pariente del actual jefe del Congreso, el perdonador. Ahí estuvieron nuestrxs abuelxs y padres de un lado y otro de la boca del fusil. No extranjeros o aliens. Nuestras familias.

Era una guerra de una parte de los militares, empresarios nativos (¿cuándo no?), embajadas del norte, con apoyo financiero del FMI, curas de iglesia, prensa, intelectuales… una gama de anti largamente celebrada por la cultura dominante de aquellas épocas. Cuando los ofendidos y humillados quisieron resistir y se organizaron para hacerlo, se los llamó terroristas subversivos.

Se ejecutaba una contienda por las palabras, a la vez que fusilaban/desaparecían/violaban y torturaban a quienes no aceptaran pasivamente ser ofendidos y humillados. Hacer la Revolución o imitar el ejemplo cubano de armar la dignidad, fue el “pecado”. Salir a combatir las dictaduras, una obligación en las películas yanquis… ahora y muy entre nosotros, se lo tilda de “criminal”.

Perón volvió del exilio tras 18 años de sufrimiento ilegal, inmoral, inconstitucional, Plan Conintes, 3 golpes de estado después. Pero la guerra continuó en otros frentes. Era aceptar el nuevo orden, o enfrentarlo.

Quienes sobrevivieron, regresaron al país o volvieron a superficie luego de la última batalla del occidente cristiano y capitalista en esta tierra generosa, debieron reinsertarse en una sociedad que tenía -y tiene- ganadores corporativos intocables, no identificados por los medios, dueños de lo más importante: nombrar aliados tolerables… mientras sostengan sus ganancias. Luego son descartados.

Pero especialmente a los enemigos más repudiables de todos: sindicalistas no comprables y con la rara idea de hacer política. A ellos se los llama “la Mafia sindical”. A la militancia rebelde, se les llama “golpistas”. A los desocupados auto-organizados: “curros”. Madres de barrio dando de comer al barrio: “corrupción”. Jubiladxs con fuerza moral para defenderse…cualquiera que se resista a los mandatos de los dueños de casi todo, son nuevamente gaseados prolijamente con la excusa de su accionar “terrorista”.

Volvimos 70 almanaques  atrás, por los descendientes de los que desde ese tiempo empezaron la guerra desde arriba.

No es momento de criticar a quienes  con el voto popular no se atrevieron a modificar el orden establecido sobre campos de concentración y secuestro de bebés, por mencionar algunas de las lindezas sembradas por los empleados de la oligarquía, que hoy manda a sangre y fuego una vez más. Al menos hubo juicios sobre los ejecutores.

Los actuales jueces no revisarán culpas de los verdaderos mandantes: hoy respaldan al holograma que nos preside. Ellos los nombraron y les pagaron los cursos de perfeccionamiento en el exterior. Igualmente hicieron los programas, y les pusieron empleados selectos al bonzo anarco-algo.

Las fuerzas armadas tomaron nota de las nuevas formas de la embajada para asegurar las ganancias de pocos, la fuga de algunos, la necesidad del narco y todo el cotillón de herramientas/armas de sometimiento masivo: las redes, el juego on line, gran hermano o las empresas de distracción, son más eficaces  que la capucha y la picana.

El celu hipnotiza y convence con la ilusión del autocontrol. Levantar la cabeza de la pantalla es doloroso y genera culpas.

Hay, sin embargo, quien sale a poner el cuerpo en una olla popular, en una protesta contra la injusticia no ya de un impuesto sobre súper-ganancias sojeras en dólares, sino por saltear una o varias comidas al día con jubilaciones para faquires. Está quien no se resigna a ser expulsado de su trabajo, necesario para una sociedad de servicios y consumo, pero muchas veces invisible para los ojos de quien les vende algo o se beneficia de su labor.

Mientras haya quien pueda justificar el tractor o la 4×4 cruzada en la ruta impidiendo el paso de la comida o combustible a la ciudad, porque “No se metan con el campo”. Cuando esos mismos, frente a una columna de despedidos o desnutridos que aún conservan ganas de alzar un cartel que muestre su descontento, que no lo deja pasar o le alarga el camino, gritan que la vida es insoportable. Ahí tenemos un indicador claro de la guerra perdida y del campo por recuperar para las izquierdas (aquellos que creen que se puede corregir la injusticia con acción colectiva) o del peronismo/kirchnerismo o como llames a lo que pudo ser y quedó  a medio camino en 2015. Es un largo proceso. No se define en 1 o 2 años.

Ya no alcanza con poner el cuerpo: hay que poner la mente, la imaginación, hacer las cosas de nuevo mezclando lo que conocemos con lo que podamos inventar para dar batalla. La lucha puede tener infinidad de maneras, pero el objetivo es lo primero: o aceptamos el sistema de dominación de los dueños que mandan, o creamos un orden justo y solidario, hecho por el nosotros más grande posible. Luego el método. Al final los nombres para hacerlo.

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