Cristina siempre nos obliga a sacudir la modorra. Mientras el experimento que nos preside genera un estado de situación inundado de excremento. En cada declaración muestra extravíos y países autopercibidos de inflación decreciente, sueldos y jubilaciones en ascenso. Un chino de barrio en dos semanas consecutivas, o hablar con los que hacen cola en los bancos bastan para ver su correspondencia con la realidad.
Con tanta promesa incumplida, maltrato y grosería gratuita, es necesario pensar un poco sobre el valor de la palabra.
Uno recuerda que decir y hacer debieran ser lo mismo, como enunciaba el Bushido. En un caso más cercano, declaraba/ejemplificaba aquel joven que se jugó la vida por la revolución en la montaña boliviana, recordado en canciones y banderas pero poco leído y menos evaluado críticamente.
No abundan hoy los atletas de la coherencia meditada. Un general de sonrisa generosa planteaba que mejor que decir es hacer y que la única verdad era la realidad.
Una de nuestras tareas es sembrar esperanzas, sostener consistencias, nombrar los problemas, primer paso para resolverlos. Hacer el mapa y buscar caminos.
Y uno habla como piensa. Articula ideas en sonidos que debieran explicar qué pasa. Bosquejar imágenes refleja como tenemos armada la cabeza.
Las palabras a su vez generan aceptación, rechazo, emulación, sentimientos y la infinita gama de efectos en otrxs, singular para cada ser humano.
Decir cualquier cosa al voleo, totalizar lo dimensionable o reducir lo inconmensurable son destellos de necedad. «Digamos…o sea… este…, eeh… nada»
Es común que cuando buscamos explicar lo que (nos) pasa -análisis de coyuntura, decimos los que debemos medir la temperatura del clima social o el aceite del poder- tomemos atajos, simplifiquemos lo complicado o intentemos mutar lo que no entendemos (o conocemos) a lo sabido/manejable. Los lugares comunes y las frases hechas son simplemente pereza mental.
Es común que cuando no sabemos qué decir, aplicamos un ensamblado de consignas que quedan bien y algunos nombres mágicos, capaces de derramar aplausos. Desconfío de los que se golpean el pecho en orgullos sonoros, sin emitir una idea novedosa, de los incapaces de escuchar, valorar sus silencios… afilar sus aportes.
En el aire abundan filósofos en crocs cuyo único certificado es acumular años, horas de video o “me gusta” autocomplacientes. O televisadxs opinólogxs de lo que ignoran. No hay peor inútil que el que desconoce sus límites, carencias e incapacidades.
Cuando escuches a una persona caracterizar una situación, un “yo te lo explico”, hay que prestar atención a cómo mide sus palabras, cómo las elige y utiliza. Los que dicen más con menos son valiosos.
En situación de angustia o emoción violenta aparecen los “ellos” duros, prejuicios y dolores bien o mal procesados. Pero si acaso pueden darse el trabajo de meditar con paciencia y tranquilidad… pueden identificar lo que otros no vieron.
Atentos a alguien reflexionando en.voz alta – ejercicio poco común en nuestros mediáticos: pensar un poco más a quien daña o beneficia con sus ruidos- …es un tiempo especial.
Como la práctica de registrar a quienes dudan o realizan preguntas antes que afirmaciones cerradas. Las y los que ejercitan la humildad de reconocer que no.saben todo suelen ser cautelosos y simplemente callan ante lo que desconocen.
Son muchos los oficios donde la palabra exacta valoriza al emisor y enriquece al receptor: la religión, las artes escénicas, la comunicación social, la docencia o la política… que es un poco de todo eso. No hablo de los vendedores, quienes obligadamente deben mentir para insertar algo innecesario a quien quizás no lo necesita. Ley del mercado.
Prudencia y sabiduría son dos señoras mayores poco.visitadas y menos citadas.
Desconfiar de la grandilocuencia de los desesperados y desmesurados. De quienes usan el «mis-ladrillos» de los lugares comunes para no decir nada propio. De los repetidores de eslóganes no analizados… ejercicio crítico ante todo discurso, aún el de los aspirantes a santos y próceres.
El valor de un ser humano para sus semejantes tiene un indicador en cómo se comunica. Algo inapreciable, a veces inapresable y casi mágico, pero que deja marcas, heridas o pregnancias formativas.
Paralelamente, se precisa transitar con más cuidado, especialmente en este tiempo de inteligencias artificiales e infamias silvestres.

