“El fuego, para calentar, debe ir siempre por abajo”… y en un abrir y cerrar de ojos, se expande hasta unificarse con otros muchos fueguitos…
Es cierto que las mediciones de los canales de TV abierta y por cable que transmitieron en vivo la reciente cadena nacional decrecieron sus ratings durante el discurso presidencial tan plagado de arengas leídas por el presidente, los hurras de ocasión de sus huestes con su triple repetición, mucho más parecidas a las expresiones del lejano fascismo mussoliniano que a los cánticos y aplausos acostumbrados en las gradas del Congreso.
El público cambió de canal o apagó la TV en apreciable número comparando con las primeras cadenas nacionales de la actual gestión. Seguramente hartos de escuchar expresiones abiertamente promotoras de la violencia social como reacción última y agónica a la constante violencia institucional que perpetra cada medida de la actual cartera de gobierno.
También es cierto que durante los primeros 9 meses –que abarcan en buena parte la habitual “luna de miel” del recién asumido y el cheque en blanco que recibe de una parte muy mayoritaria de la sociedad- Milei y sus adláteres ya rifaron entre 10 y 15 puntos porcentuales de apoyo popular. Y si bien uno, desde una mirada que va de lo pesimista al nihilismo, podría advertir con justeza que los 40 a 45 puntos de apoyo a Milei, dadas las circunstancias sociales y económicas, “son un montón”, también debemos advertir que en igual período gubernamental, presidentes que fracasaron rotundamente, como por caso Alberto Fernández, Fernando De la Rúa o Mauricio Macri, tenían de 5 a 20 puntos más de respaldo ciudadano. La hecatombe les llegaría una vez finalizada la “primaverita” de la paciencia social inaugural.
Nadie duda –tampoco quienes lo avalan desde la política, la justicia, el empresariado y los medios- que este experimento de intenciones totalitarias no puede llegar a buen puerto, al menos en lo concerniente al devenir de la enorme mayoría de la sociedad. Por supuesto, ello implicará el más colosal éxito para los sectores más privilegiados, que para entonces habrán realizado el saqueo vía transferencia de riquezas del pueblo hacia ellos, más obsceno de la historia argentina.
En tanto, de lo que no se tiene idea, incluso por lo prematuro de la propia gestión, es cuándo ni cómo todo aquello sucederá.
El accionar oficial provoca y empuja hacia la violencia social, muy ávidos de desencadenar una represión de similares magnitudes a las de tiempos pre-democráticos, y en el ínterin un ajuste peor que el diseñado entonces por el mismísimo José Martínez de Hoz. Una profunda y categórica, mas siempre provisoria, victoria de los estrujadores de plusvalía.
Por el contrario, cada vez más activas fracciones del pueblo se movilizan pacífica y democráticamente contra diversas políticas antipopulares que obedecen en ejecutar desde Balcarce 50. Un puñado –aún escuálido pero siempre digno- de dirigentes se encolumnan en la primera fila de las protestas. Muchos otros comienzan a mostrarse en fotos, cuidadosamente a resguardo unos cuantos cientos de metros atrás de donde la represión recae sobre jubilados y pobres de toda procedencia.
Espejos donde reflejarse
La conciencia ciudadana necesita un espejo donde verse reflejada, para reconstruir una identidad, y para ello hace falta construir y ofrecer un plan de vida… y para ello la dirigencia política debe obrar con el ejemplo desde múltiples aristas: probidad en su vida personal. Ponerse al frente, literalmente, de las grandes movilizaciones que son el embrión de las grandes gestas de nuestro pueblo a lo largo de nuestra historia. No esconderse en el oportunismo cobarde de las selfies a 500 metros de donde se reprime, por caso, a nuestros viejos cada miércoles. Consagrarse como verdaderos líderes populares, y no como dirigentes potables de acuerdo a los parámetros de imagen para los grandes medios. Caso contrario, seguirán adoleciendo de autoridad no sólo política, sino esencialmente moral para convocar, arengar, convencer y generar que nutridas porciones de la sociedad se movilicen bajo distintas circunstancias y se expongan a represiones cada vez más brutales… mientras los pretendidos líderes opositores se lamentan de tales acontecimientos, comentándolos desde una red social, poniendo semblante apesadumbrado ante las cámaras de televisión… o regodeándose en su propia capacidad intelectual, desde un atril de superioridad, dictando clases magistrales que nos diagnostican una realidad que quienes formamos las gruesas columnas del pueblo, conocemos y padecemos como nadie de los allí presentes… y todo eso para, una vez finalizada dichas actividades, retornar a sus comodidades y búnkers en mundos cuasi paralelos a la vida cotidiana del conjunto mayoritario de nuestro pueblo.
Temporada para sembrar
Y aún así, es indispensable no dejarse empujar al supremo objetivo de toda la historia de estos sectores del poder más concentrado: llevar a la sociedad al nihilismo, al pesimismo sistemático, al individualismo más hediondo, a la carencia de empatía e incluso a la pérdida de todo rasgo de amor por el prójimo –y por ende también de sí mismo- a la guerra de pobres contra pobres, y al desenlace de la ingobernabilidad en términos democráticos, que de una vez y en forma perdurable, forje las condiciones de legitimidad para una forma de gobierno de nuevo signo, totalmente enemistado con el sistema democrático tal cual conocemos.
Mientras los que gustan de construir su carrera de dirigentes siguen haciendo cálculos probabilísticos y tantean si sus pasitos de ocasión deben ir hacia la derecha o la izquierda, numerosos sectores sociales siguen aprendiendo a hermanarse y organizarse desde el mero confluir una y otra vez en la protesta ciudadana. Y a pesar de unos, los otros seguirán forjando simpatías y solidaridades de a poco, cada vez mayores. Como lo marca nuestro ADN criollo. Y desde allí se construirá y empujará a quienes corresponda, en la dirección que ese pueblo reclame y decida.
Perder la paciencia es harto entendible, pero el tiempo actual requiere esfuerzos denodados en tales aspectos, y la voluntad de reconstruir expectativas junto a quienes levantan nuestras mismas o similares banderas. Para desde allí, resistir con el estandarte de la ética bien en alto.
Contra viento y marea, en los peores escenarios reales e imaginables, es cuando mayor y más supremo esfuerzo debemos realizar como conjunto, y desde el rol que nos cabe a quienes de algún modo integramos las filas de la intelectualidad… en el rumbo hacia la construcción de la esperanza. La muchas veces incomprendida y pésimamente remunerada labor de sembrar la semilla de los sueños que sugieran un camino hacia el largo plazo. Así señalaremos el camino más corto y más auténticamente nuestro –como diría Rafael Barret- y más temprano que tarde, venceremos.



