Algunas veces somos testigos o actores directos de experiencias que nos sacuden el alma y nos debiera comprometer con el devenir mismo del conjunto social que nos conforma.
Días atrás anduve caminando viejos barrios que habité hace más de una década, en Villa Luzuriaga. La noche ya caía vertical, muy cerquita del cruce entre Triunvirato y Avenida Perón –ex Kennedy para los más añosos-.
Allí me topé con una situación que mueve los cimientos de cualquier discurso abstracto, montaje de imagen para las redes sociales o descripción catedrática de la sociedad. A mediana distancia podía divisar las luces de un patrullero. Sospeché un asalto, situaciones de las cuales -muy lamentablemente- me he acostumbrado a ser testigo, o padecer en lo personal desde varios años a esta parte.
Mi lento avance fue proporcionando una mejor perspectiva de lo que acontecía un poco más adelante.
Algunos automovilistas, cual clima de época, enfurecidos por la ralentización que se les imponía para transitar por ese relevante cruce en el corazón de la mencionada localidad, dejaban algunos insultos en el aire a modo de “recuerdo de época”, mientras pasaban junto a la escena en cuestión.
Cual sacudón emocional del destino, comprobé la presencia de un pequeño carro cargado de cartones y botellas plásticas aplastadas, dos policías lidiando con los automovilistas y luego, claro, unos escasos lugareños transportando baldes con agua y trapos húmedos para socorrer al caballo que había sabido tirar de ese carro, pero ahora yacía desplomado sobre la acera. Famélico, deshidratado, resignándose a ya no ser pero en un último esfuerzo de sobrevivencia, tragaba un poco del líquido con manifiesta desesperación, que connotaba prolongadas jornadas de trabajo con insuficientes –o inexistentes- recompensas…
Un pícaro pasó con su bonito automóvil de alta gama de empresa de origen coreana, y aprovechó la oportunidad para reclamar a los oficiales que ultimaran al animal y lo sacaran de ahí. Luego levantó nuevamente la ventanilla, y siguió camino, como si nada.
En el medio del drama híper-urbano, dos pequeños hermanos no mucho más saludables en su apariencia física que la del miserable equino agonizante, harto flaquitos, eran las víctimas directas de la escena. El mayor, solemne, de pie frente a su compañero caído, estaría pensando cómo haría para regresar al distante Rafael Castillo para llevarle la mala nueva a su madre sobreexplotada.
Sin mirar a su alrededor, los ojos puestos en un presente demasiado amargo y sin proyección alguna, ese joven de indefinida edad, acaso un preadolescente curtido por una vida marcada por las privaciones de cada día, maldeciría silenciosamente contra la indiferencia y el desprecio de las mayorías, más preocupadas en que les despejen las calles y que rematen de un balazo a ese caballo molesto, y, si el clima general llegara a naturalizarles la podredumbre que guardan dentro de sí mismos, de paso también reclamarían que a esos dos “vaguitos”… los “limpien” de ahí, y en el mejor de los casos, los arrojen bien lejos de sus miradas.
Son esos mismos que claman por más seguridad, que festejan cada ajuste oficial, pero que jamás pelearon por mejores leyes sociales y laborales –aunque se benefician del sacrificio ajeno para alcanzar cada una de las mismas-. Son los mismos que no pusieron el grito en el cielo cuando vaya uno a saber qué tragedia evitable acabó con el viejo de estos pibes, dejándolos sin la menor cobertura, saliendo a pelearla con el cartoneo en las crudas calles nocturnas del conurbano.
El más chico de aquellos hermanitos, sus cachetes rojos de angustia y bañados en sus lágrimas que no han de llegar al corazón de millones en nuestra sociedad cada día más frivolizada e indiferente, se abrazaba al cuarto delantero de “su” amigo, el compañero de cada noche de soledad, temor y búsqueda de cartones y botellas… ese amigo cuadrúpedo que, ya viejo y muy maltrecho, se negaba a abandonarlos a mitad de camino, sobre Avenida Perón casi esquina Triunvirato, un domingo primaveral.
Cómo volverían a su rancho… quién se comunicaría con su madre para notificarla de la terrible situación desencadenada… dilemas del caminante nocturno que se encuentra de frente a estas realidades cada vez más multiplicadas. Una duda mucho más fundacional frente a todo ello, ¿Cómo harían para alimentarse esa noche y todas las por venir? Seguramente un comedor comunitario, de esos a los que el gobierno nacional les retacea los alimentos.
Tantas preguntas para tan pocas respuestas concisas. Incertidumbres que el cronista carga sobre sus hombros y golpean en la conciencia, en la revelación diaria de la pequeñez individual para poder aportar soluciones reales para todo aquello.
Cierto es que mucho peor sería imitar a tantos grandes medios y colegas que, siendo perfectamente conscientes de esto que pasa y no es nada nuevo, sólo que rápidamente muy empeorado a lo largo del presente año, hacen caso omiso, dan vuelta de página, y fingen ignorar la escena que los rodea, y de la cual muchos son cómplices en algún grado de responsabilidad.
Una noche dominical, un chiquito lloraba en esas calles la inminente muerte de su más fiel e imprescindible compañero, el que les ayudaba a proveerse del sustento para llegar al plato de comida por las noches. Hacía falta un tejido social in situ, que prodigue abrazos, que contenga emocionalmente, y que construya un futuro lo más cercano posible que abrigue otras posibilidades para todos, empezando por los más jóvenes y los más postergados de nuestra tierra. Pero esa noche, en este ejemplo palmario que se multiplica por doquier, esa contención no se dio cita en el lugar y a la hora señalada.
Rato más tarde, el cronista vuelve a su casa, junta todas sus propias miserias y necesidades, y se decide a aportar lo mejor de sí, que es eternizar esa instantánea desde el uso de la palabra.
Palabras que, en sí mismas, carecen de valor alguno, a menos que seamos capaces de enfrentar las adversidades y transformar la indignación particular en un grito colectivo… un grito tan atronador que obligue al retroceso de la injusticia, como punto de partida para modificar el orden de las cosas de una buena vez.


