Por lo general, los medios privilegian las noticias negativas o dramáticas. Y la mayoría de los grandes, y también muchos de los pequeños medios, suelen sacar fuertes réditos de “vender” aquello que es materia de escándalo o indignación social. Si ello deriva en un cuadro de psicosis social, poco o nada les importa. Pero también existen las acciones nobles de personas comunes, que seguramente son mucho más numerosas que la otra clase de acontecimientos, y sin embargo suelen quedar en absolutas penumbras informativas.

No será éste el caso.

Este martes último pasado concurrí a la mencionada sede del banco insignia y orgullo de nuestra provincia para efectuar algunos trámites de tono menores. Al arribar, observé un pequeño grupo de personas de variada edad, apostados curioseando hacia el interior del sector donde se encuentran ubicados los cajeros automáticos. Lo primero que supuse, era que se encontraban apagados o en proceso de mantenimiento. Sin embargo, decidí ingresar porque vi algunas pocas personas realizando alguna clase de operación en dichas máquinas.

Concreté mis propósitos de vuelo corto en el cajero, y recién allí noté, que una señora de elevada edad permanecía visiblemente mareada, de pie pero sujetada del brazo por una empleada del banco, quien le estaba ejecutando el proceso correspondiente para los trámites que ella pretendía haber podido realizar por vía del cajero automático, y en simultáneo le hablaba con marcado afecto a la abuela, calmándola tras padecer un evidente cuadro de descompostura, de la cual se estaba reponiendo.

La cosa quedó ahí. Ingresé al edificio, por cierto los empleados una vez más, me hicieron sentir sumamente cómodo, con una gestión rápida, efectiva y ante todo, amable, a punto tal que en verdad lograron hacerme retirar contento. Así, exactamente como lo escribo. Un cliente contento por ser tratado amistosamente aún en tiempos violentos.

Cuando me retiré de las instalaciones del Provincia, ya pronto a buscar un 462 o 244 o el primero que llegara para volverme a la estación Morón, noto que la anciana ahora estaba ubicada en medio de la vereda, y que del banco habían sacado una silla, la habían ubicado cómodamente allí, una empleada le tomaba datos en una planilla y esperaba junto a ella, probablemente a que la pasaran a retirar. Mientras tanto, una trabajadora de maestranza la ayudaba a reponerse, sin exagerar en mis aseveraciones, con una paciencia y esmero como si se tratara de su propia abuela.

Apuré mi pesado tranco de oso polar con rumbo incierto en medio del deshielo, y comencé a alejarme, sin perder el eje en esa escena de sencilla comunión solidaria.

Una pequeña lección existencial en medio del corazón del conurbano.

Cuando lo que vale es el ser humano. Cuando las apariencias o la cuenta bancaria pasan a ser totalmente irrelevantes, y todo lo que cuenta es ver sonreír en agradecimiento a esa abuela que tuvo la desgracia de pasar un mal momento en la vía pública.

En tiempos violentos, donde el egoísmo vence a diario y la construcción hacia un lacerante supremacismo racial ha dejado de ser un mero cuento de ciencia ficción, estas heroínas anónimas y cotidianas permiten avizorar que hay motivos para seguir mirando al horizonte con todos sus bellos colores… y que sobran las razones, para continuar entregando los años en pos de un mundo mejor. Por cada una de estas personas que hacen del ser humano – sin discursos, en la práctica y poniendo el cuerpo- el valor supremo de todas las cosas.   

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