La inmensa mayoría de los miembros de la clase dirigente argentina, de izquierda a derecha, adscriben a la mirada cristalizada por la propaganda del vencedor de la contienda bélica. Esto es, que se trató sólo de una maniobra de la dictadura cívico-militar que apeló a una causa justa y profundamente sentida por la mayoría de los argentinos para perpetuarse en el poder.

Desde el Observatorio Malvinas de la Universidad Nacional de Lanús venimos trabajando intensamente para revertir las mentiras, simplificaciones y reducciones instaladas en las conciencias de nuestras élites, intentando comprender la complejidad geopolítica del conflicto, sus verdaderas causas, a la vez que dar visibilidad a las voces de los protagonistas más directos y a las manifestaciones omnipresentes de la comunidad argentina, que honran a los caídos como a Héroes, y a la recuperación de nuestras Islas como un hito de nuestra Emancipación Nacional.

Desde el final de la II Guerra Mundial, cuando EE.UU. emergió como potencia hegemónica mundial, todo conflicto armadotuvo que ser consentido o directamente planificado por esa primera potencia mundial.

La guerra de 1982 por Malvinas pertenece al segundo caso. Se trató de un conflicto fabricado por EE.UU. para establecer una base militar en el Atlántico Sur en su confrontación con la Unión Soviética, por el dominio de las Líneas de Control Marítimas del petróleo y la instalación de sensores laséricos para el programa de reconversión de armas norteamericano iniciado por Ronald Reagan a través de la Iniciativa de Defensa Estratégica.

Esa posibilidad de convertir al archipiélago de Malvinas en una base militar de la OTAN, venía siendo evaluada por los estrategas de la alianza atlántica desde finales de la década del ’70. Incluso, se realizaron varias reuniones entre los jerarcas atlantistas con los regímenes dictatoriales de Brasil, Chile, Argentina y Sudáfrica, para la conformación de la OTAS, una especie de sucursal de la OTAN.

Finalmente, la opción estratégica asumida por EE.UU. fue profundizar su alianza con el Reino Unido, consolidando su enclave colonial en el Atlántico Sur, en abierta contradicción con la Doctrina Monroe y con el más reciente Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca.

La principal desconfianza de los aliados occidentales hacia los regímenes del Cono Sur, no residió en las disciplinadas dictaduras militares, sino en la existencia no tan lejana de un movimiento político que, nacido en la Argentina, había preconizado la “Tercera Posición”, fecundando de ideas a movimientos políticos en todo el hemisferio Sur, luego agrupados en el “Movimiento de Países No Alineados”.

El viejo General que había sido el autor intelectual y material de esa Doctrina, había fallecido hacía pocos años, tratando de evitar la gran trampa geopolítica que significaba involucrarse en el conflicto Este/Oeste. A pesar de las provocaciones incesantes de las organizaciones armadas irregulares –dentro y fuera de su Movimiento-, y de la adscripción mayoritaria de sus camaradas de armas a la Doctrina de la Seguridad Nacional, instalada con enorme perseverancia por los estrategas del Pentágono en la cabeza de los militares latinoamericanos. No lo logró.

El régimen emergente del golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976, aplicó a rajatabla la Doctrina de Seguridad Nacional, así como las recetas económicas monetaristas, la reprimarización de la economía y el alineamiento automático a los EE.UU. y sus aliados. El 2 de abril de 1976, José Alfredo Martínez de Hoz anunció el plan económico del gobierno dictatorial, que implicó una re-ingeniería política, económica y social, cuyos fundamentos y consecuencias se mantienen incólumes a casi cincuenta años, pese a los cambios de gobiernos con supuestos signos ideológicos diversos. Nunca más la Argentina volverá a tener un Proyecto Nacional, sometiéndose como “hoja al viento” a los intereses de los poderosos de la Tierra.

La creencia de los jerarcas que integraron la tercera Junta Militar del denominado “Proceso de Reorganización Nacional” en ser confiables para los EE.UU., los llevó a caer fácilmente en la trampa tendida por los jerarcas norteamericanos cuando le prometieron que mantendrían “manos afuera”, si se llegaba a un conflicto bélico con los ingleses, y que los EE.UU. oficiarían de componedor entre los dos países en disputa. Por esa razón, no planearon la guerra, sino sólo el acto de recuperación de Malvinas, demostrando una suprema ignorancia histórica, política y estratégica.

Si la guerra por Malvinas “no fue un paseo” para los británicos, se debió al pueblo argentino, que en las plazas y calles de todo el país clamaron por enfrentar verdaderamente al que consideramos nuestro enemigo histórico, a los intrépidos pilotos que le hicieron un impensado daño a la flota anglosajona y a la tenaz resistencia de los soldados que complicaron los avances terrestres de las tropas de su majestad.

Pero, a la inversa que en el año 1845, cuando la tenaz resistencia de las armas criollas en el Río Paraná no logró detener el avance invasor, pero sí obtener un triunfo político, en 1982 la inusitada resistencia nacional no encontró en la conducción política y estratégica las condiciones de voluntad y capacidad para defender nuestra Soberanía.

La derrota en Malvinas no significó solamente postergar la recuperación de nuestros territorios usurpados; también supuso el retorno del sistema democrático, aquí y en el resto del subcontinente. Pero de una “democracia de baja intensidad” o, como la definiera Roberto Dromi (el ministro privatizador de Menem), de una “democracia de rodillas”.

El gobierno de Raúl Alfonsín, surgido de la derrota de Malvinas, encendió enormes esperanzas en vastos sectores de la comunidad argentina, rápidamente defraudadas al comprobar que no es cierto aquello que prometió: “Con la democracia se come, se cura, se educa”. A pesar de sostener el reclamo de nuestra Soberanía en Malvinas en los foros internacionales y de no reanudar las relaciones bilaterales si no se incluía en las negociaciones la discusión de la Soberanía, fue en esa etapa que se produjeron la mayor parte de los suicidios de ex soldados combatientes, por la actitud de abandono y desamparo del Estado Nacional. La desmalvinización educativa, cultural y comunicacional se convirtió en una verdadera política de Estado, proyectando sus efectos hasta el presente.

Negada por las élites argentinas, y venerada por las clases populares, la Causa de Malvinas se erigió en un parte-aguas que ilumina como ninguna otra cuestión la verdadera situación colonial de nuestra Patria.

Esa grieta se manifestó tempranamente en la posguerra, cuando el pueblo de Puerto Madryn –la misma ciudad que había desafiado las barreras que la última Junta Militar había puesto para impedir el reencuentro de su población con los combatientes que regresábamos de las islas-, se rebeló en el año 1984 frente a la presencia de la flota norteamericana en sus costas, autorizada por el Presidente Alfonsín en el marco de la reanudación del “Operativo Unitas”. El pueblo madrynense impidió el amarre del buque yanqui, mientras ese mismo año, desde el Centro de Ex Soldados Combatientes en Malvinas de Capital, convocábamos a más de 40 mil personas junto al Movimiento de Juventudes Políticas, para ratificar la lucha contra el colonialismo, y derribábamos en Retiro, la estatua de George Canning.

Luego del descalabro alfonsinista, una nueva esperanza emergió en el pueblo argentino, ante la aparición de un gobernador del interior, émulo de Facundo Quiroga. Luego de derrotar en la última gran interna partidaria a quien se mostraba como cercano a la domesticación del peronismo y su conversión hacia la socialdemocracia, Carlos Menem arrasó en las elecciones, luego de multitudinarios actos en todo el país.

Entre otras promesas, el riojano había asegurado que “recuperaremos Malvinas aunque cueste sangre, sudor y lágrimas”.

Ya en la Presidencia de la Nación, dio un giro de 180 grados, suscribiendo “declaraciones conjuntas bilaterales” con el Reino Unido de Gran Bretaña, que en conjunto constituyeron un verdadero Tratado de Sumisión de la Argentina a la potencia colonialista. En la primera de ellas, suscripta el 19 de octubre de 1989, reanudó las relaciones bilaterales, incluyendo una cláusula de impunidad para los crímenes cometidos por las autoridades y las tropas británicas en la guerra de 1982.

Las sucesivas declaraciones conjuntas establecieron condiciones de desarme de nuestro país en la Patagonia y el Atlántico Sur, sujetando nuestros movimientos militares a la supervisión de las fuerzas de ocupación británicas asentadas en las Islas Malvinas, posibilitaron la ampliación del ejercicio efectivo del dominio colonial en el Atlántico Sur, bajo el eufemismo del “paraguas de Soberanía” y facilitaron el acceso a la información sobre los recursos ictícolas e hidrocarburíferos en la región para la explotación unilateral británica.

Todo ello se complementó con el Tratado Bilateral de Inversiones con el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte de 1992, mediante el cual las compañías británicas o de mayoría accionaria de la Comunidad británica de Naciones (Canadá, Australia, Sudáfrica y del propio Reino Unido), se hicieron con el control y la explotación de los principales recursos estratégicos de la República Argentina (minería, hidrocarburos, alimentos, finanzas, seguros, etc.), devolviendo a nuestro país al carácter semi-colonial al que estuvimos sometidos desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la década del ’40 del siglo pasado.

El gobierno menemista solicitó y obtuvo de la administración norteamericana, bajo la presidencia de Bill Clinton, la incorporación de nuestro país como “Aliado extra-OTAN”. En virtud de ello, nuestras Fuerzas Armadas participaron de las operaciones de apoyo a la invasión a Irak y se incorporó numerosos contingentes de soldados argentinos en distintas “Operaciones de Paz” de la ONU.

Fue la época de las “relaciones carnales” con los EE.UU., y de afirmaciones tales como “La Argentina no tiene hipótesis de conflicto”, mientras el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte avanzaba aceleradamente en sus pretensiones cada vez más extendidas en el Atlántico Sur. De las 12 millas alrededor de Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur que pretendía al final del conflicto armado de 1982, llegamos a la actualidad donde, por la ocupación ilegal de esos archipiélagos, los británicos pretenden ejercer dominio sobre un tercio del total del territorio argentino, de acuerdo con el actual mapa oficial de la República Argentina, el bicontinental con su plataforma extendida.

Lo curioso, y que deberíamos preguntarnos el conjunto de los argentinos, es por qué habiéndose condenado desde el discurso lo actuado por el gobierno de Menem, ningún gobierno posterior denunció nuestra condición de aliado extra-OTAN, ni se revirtieron las concesiones de explotación mineras o petroleras durante la llamada “década ganada” (2003/2013), y, por el contrario, durante los sucesivos gobiernos, tanto macristas como kirchneristas, se otorgaron licencias petroleras en las cuencas no disputadas del Mar Argentino, a empresas ligadas a la explotación unilateral británicas alrededor de la Cuenca Malvinas Norte.

Conclusiones

En la actualidad, la Argentina se encuentra gobernada por un Gobierno cuyo titular se declaró ferviente admirador de la criminal de guerra Margaret Thatcher, y se definió como “un topo que vino a destruir desde adentro al Estado”.

Sus postulados son idénticos a los que anunció Martínez de Hoz el 2 de abril de 1976, y a los de Carlos Menem en la década del ’90. Privatizaciones, despidos masivos, transferencia de ingresos descomunal desde los asalariados y jubilados hacia los más ricos. Destrucción de lo que queda de industrias y del desarrollo tecnológico, re-primarización de la economía. Subordinación a EE.UU. e Israel. Declinación de nuestro reclamo de Soberanía sobre el Atlántico Sur. Solicitud de ingreso como socio pleno a la OTAN.

Vivimos en un escenario distópico, una pesadilla interminable. Frente a ello, una oposición formal que no sabe, no puede o no quiere ser alternativa a la tragedia, que nos lleva inexorablemente a la disyuntiva existencial.

No llegamos hasta aquí sólo por habilidad en el manejo de los logaritmos del candidato libertario, o la lumpenización de muchos sectores excluidos, como soberbiamente nos quieren hacer creer.

La realidad es que vastos sectores populares percibieron la farsa de un régimen que les prometió “inclusión social”, defensa de la Soberanía, dignidad personal y social, pero no afrontó seriamente la reversión del país semi-colonial que planificó y logró el “Proceso de Reorganización Nacional”.

A pesar de ello, las transformaciones que están sucediendo en el mundo, de derivas inciertas, pueden implicar cambios que nos abran ventanas de oportunidad. A nuestro entender, esto sólo será posible si somos capaces de reconstruir el Movimiento Nacional, recuperamos la enunciación de un Proyecto Nacional, avanzamos en la unificación regional, y nos decidimos a construir un sistema económico que -además de aprovechar los abundantes bienes naturales que Dios nos dio-, se base en el desarrollo científico-tecnológico industrial, que garantice la generación de trabajo para la inmensa mayoría de los argentinos, única garantía de acceso a la Justicia Social.

Con la recomposición del Poder Nacional, es que lograremos también la recuperación de nuestros territorios usurpados por una potencia extranjera. Se lo debemos a nuestros Héroes caídos en Malvinas y a todos los que dieron sus vidas por nuestra Libertad e Independencia.

Por último, habrá que estar atentos a la dinámica internacional. Los ingleses permanecen en nuestras Islas Malvinas, porque los EE.UU. así lo quieren. Veremos qué pasa con la agudización de las disputas geopolíticas en el corto y mediano plazo. Y si somos capaces de convertirnos en sujeto de nuestro destino, y no en objeto de la ambición de nadie.

*El autor de la nota es Ex soldado combatiente en Malvinas con el Regimiento de Infantería Mecanizada Nº 3. Actual Director del Observatorio Malvinas de la Universidad Nacional de Lanús.

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