(Nota escrita en clave personalísima)
Desde 1989 vivíamos en Morón con mi compañera Aida. Nos habíamos casado en 1985 y ya en la nueva casa decidimos agrandar la familia, así fue como el 19 de marzo de 1990 vino al mundo Leila Celeste.
Desde pequeña notamos algún problema en su desarrollo y empezamos a consultar distintos especialistas. Leila era físicamente corriente pero su evolución psicológica era diferente a la de otros chicos.
Después de largo andar, llegamos a una entrevista con un prestigioso médico el Dr. Miguel García Coto. Dicho profesional, después de varias entrevistas, nos comunicó que nuestra hija tenía algún grado de autismo clínico o TEA (trastorno del espectro del autismo).
A partir de ello, nos recomendó una serie de estudios con diverso grado de complejidad, los cuales para hacerlos en forma privada eran muy costosos y es más, él dudaba que hubiera una institución privada con capacidad de hacer dichos estudios en forma sistemática. Su recomendación fue taxativa: vayan al hospital Garrahan.
No sé si hace falta aclarar la angustia y desazón que te provoca tal situación, el futuro de tu hijo y por ende, el de toda tu familia se juega en un tratamiento médico.
En el hospital nos atendieron los jefes/as de un equipo muy numeroso, estos eran el Médico Neurólogo Dr. Víctor Ruggieri y una Psicóloga Infantil, la Licenciada Saccomano (No recuerdo exactamente su nombre, las disculpas del caso). Ambos profesionales eran profesores universitarios y con vasta trayectoria académica, tanto nacional como internacional.
A partir de una primera evaluación, se comenzó con una serie de estudios, que iban desde una resonancia magnética hasta diversos test psicológicos; para hablar del humanismo y la contención que nos brindaron los más de diez profesionales que trataron a Leila no me alcanzaría con muchas notas como ésta.
Hay que decir también que no todo se podía hacer en el Garrahan: la resonancia magnética era algo muy novedoso en ese momento, por lo cual tuvo que realizarse a través de la obra social de la UTPBA, a la que también debo agradecer mucho.
Durante más de un año estuve concurriendo al Hospital Garrahan acompañando a mi hija, solicitando turnos, etc. En esos momentos me encontré con infinidad de padres y madres con la misma impronta que yo: buscar un buen futuro para nuestros niños, porque de eso se trata la salud en materia pediátrica. Los padres luchamos queremos que nuestros hijos vivan, que se desarrollen, que ningún impedimento físico les ponga límites.
Sobre la base de las recomendaciones de los profesionales antes mencionados, pudimos como familia encontrar los tratamientos necesarios, y Leila logró hacer una escuela primaria, una secundaria y actualmente estudiar en la universidad de Hurlingham, a más de llevar adelante un trabajo y una relación de pareja.
¿Qué hubiera sido de nuestra familia y de muchas otras sin el hospital Garrahan? La verdad que es difícil de pensar y medir el sufrimiento que tal situación habría producido.
Ahora el Garrahan está en conflicto, y una tropa de ignorantes que ocupa tanto el gobierno de la nación como el de la Ciudad de Buenos Aires quieren desfinanciarlo, y en la práctica reducirlo a una mínima expresión.
O sea, aspiran a destruir el futuro de una sociedad completa.
