En política, cuando hay una ausencia de debates programáticos, ejes que guíen el camino a seguir o programa de transición hacia lo que se pretende, florecen discusiones por personas y grupos.
En estos casos, se utilizan como proyectiles en la sobremesa las deudas reales o imaginarias, facturas leídas desde cada sector, los errores no analizados con un balance político a su debido tiempo. Frente a un enemigo que afila cuchillos, se agitan historias y vergüenzas ocultas.
Se ven los piolines por la falta de una orgánica centralizada y sostenida entre pares que se reconocen en la calle apoyando las mismas consignas, pero no en los ámbitos de decisión de poder.
Es cierto que entre los propios la gestión de gobierno se lleva los mejores cuadros y quita tiempo (si no se prioriza la persistencia planificada de la unidad) para reproducir las responsabilidades medias y territoriales. Es decir: no quedan compañeros ni se hace el esfuerzo de sumar para hacer grande la fuerza política.
En medio de conflictos de intereses duros es difícil salir de la escaramuza coyuntural para pensar y darle espacio al debate interno, formar nuevos referentes, generar síntesis y accionar en consecuencia. Lo que no se hace a tiempo, cobra sus cuentas.
Los medios corporativos (defensores de los poderes reales: los agroexportadores, las industrias concentradas y especialmente los grupos financieros aliados a cámaras extranjeras) reproducen, confunden y provocan niebla con sobre-análisis de gestos, tuits, palabras disonantes o insultos. Esto empobrece los discursos, pero pega. Con la lógica de la propaganda, vende, se escucha o logra imponerse en la conversación callejera y brilla más, pero opaca el análisis de los problemas de fondo. Los medios propios caen muchas veces en esa emboscada.
Pasan a último lugar los problemas calientes y complicados que afectan a millones.
Por tomar uno, como el de las jubilaciones, arena de opiniones, informaciones medio verdaderas/medio falsas y golpes bajos.
No se analiza por ejemplo, a cuánto asciende el fondo de sustentabilidad, creado por nuestros gobiernos kirchneristas para garantizarlas, incluyendo acciones de empresas y sus beneficios.
Se ignora cuántos aportantes reales sostiene a cada jubilado. Esto es la cantidad de trabajadorxs que suman aportes desde un trabajo en blanco – legal, con derechos. Monotributistas, contratados o incluso los mismos beneficiarios de las moratorias, con su descuento correspondiente.
Se hace invisible con toda intención a la patronal que no aporta, defraudando a los propios laburantes. No se considera que el “trabajo en negro”, que sin descuentos ni derechos, impacta en la recaudación.
Los mismos jubilados terminan justificando o negando las ventajas sociales de la jubilación de reparto, y adhieren o repiten los argumentos de los privatizadores.
Incluso el FMI opina: quieren subir la edad para pasar a la clase pasiva a los 70 o más años, dada la longevidad que registran sus cuentas y la urgencia de recuperar lo que sus préstamos de apoyo a los gobiernos de derecha provoca. La deuda que crean se paga con lo que se quita a la vida de los adultos mayores.
Este ES un eje central, como lo son el pago de la deuda ilegítima, la estatización de los puertos por los que pasa la riqueza nacional, o que la energía abundante se ponga al servicio de la producción, barata, a costo.
O la desdolarización, factor bien planteado por Cristina, aunque no vemos aún sus itinerarios de salida. Otros pueblos ya están en esos caminos. Lo demuestran los BRICS.
Como parientes repartiendo herencias, la política se convierte en reparto de sellos de traición, de quién agradece a quién qué favores, o se subordina a la conducción imaginaria de alguien. No hay quien ejerza el reconocer culpas propias. No hay “línea” de acción que sintetice al conjunto o banderas que congreguen el entusiasmo del conjunto con ganas de sumarse a una causa.
Las calles lo demuestran: se llenan de personas que quieren ponerse al servicio de causas, como lo vemos cada 24 de marzo. O cuando recordamos Malvinas, se desfinancian las universidades o ataca a la escuela pública, por nombrar algunas batallas simbólicas permanentes.
La lealtad debería ser a esas y otras gestas de unidad, encarnadas en quienes lo expresen más claramente.
La coherencia y la capacidad para hallar soluciones a esos problemas, debería ser privilegiada frente a la preferencia a la hora de las listas. El apoyo del voto y la adhesión con el cuerpo.
Lo demás… es negocio.

