Da mucha vergüenza el rumbo descarado y despiadado que enarbola el gobierno nacional. Pero el hastío que ocasiona la recurrente genuflexión de algunos opositores bautizados ampulosamente como “dialoguistas”, así como la histeria esencial que expone la oposición “real” en sus pujas internas a los codazos para dirimir lugares en las listas electorales… hace denodados esfuerzos para no irle a la zaga.
Por supuesto, absolutamente todo ello se hace en un todo de espaldas a la más sencilla y concreta realidad de la ciudadanía. Y ahí la vergüenza ajena muta abiertamente en asco.
Sería de una imperdonable hipocresía ocultar esta percepción, que alcanza ribetes de masas. Para refundar una patria, hay que comenzar por llamar a todas las cosas por su exacto nombre. Por más incómodo que resulte a cualquiera, sin excepción.
Y así andaremos, cuales bautistas en el desierto, apenas arropados comiendo langostas y raíces tiernas, gritando reclamos de ética y de conductas intachables, que prácticamente sólo escucha una parte no mayoritaria de nuestro pueblo. Y así… caminar ese recto sendero mientras haya sol en nuestro firmamento.
Mientras tanto, pasan cosas. Las consabidas roscas. Las de cada semana, a veces más agravadas, a veces más licuadas debajo de otros ejes temáticos que se roban la mirada circunstancial. Pero ellos siempre están ahí, susurrándonos protestas al oído contra otros dirigentes, sólo para finalmente terminar en un abrazo fotográfico de supuesta unidad… unidades que ningún vecino considera como tales. Y que los propios actores desprecian por lo bajo, sin la valentía de expresarlo abiertamente, patear el tablero, y de una vez arriesgar comodidades e iniciar todo de nuevo para enamorar de veras al pueblo.
En este cuadro, naturalmente, Jamoncito sobrevive a pesar de sus dislates. Entre todos los demás, lo mantienen ahí, apresto a destruir rápidamente toda una nación.
Del lado del club de saqueadores de este resiliente país, hay un cortoplacismo analítico que no puede hacer otra cosa más que chocar de frente contra la dura realidad, como ya ocurriera con las “tres M” que antecedieran a nuestro jamoncito. Ya sea antes o después de septiembre – octubre, nadie debería confiar en un programa al que ese título le queda demasiado grande. Una deuda externa impagable, sobre la cual advierte hasta el ilimitadamente cínico FMI. Liberaron otros 2000 millones de dólares, reprogramaron las revisiones para el mes de enero… pero en el informe de 137 hojas, según aseveran los entendidos en las temáticas de la economía, el Fondo afirma que, en estas condiciones, Argentina no le puede pagar. ¿Y entonces? ¿Endeudarse sin parar, sólo para seguir endeudándonos? La inflación a la baja a costa de restringir más y más al consumo masivo. Incrementos de cierres y quebrantos, comercios vacíos. ¿Y cuánto queda para seguir apretando a los de más abajo?
¿Existe un límite en las profundidades del ser-canalla?
Frente a ello, el gobierno responde con sus medios amigos, o mejor dicho rentadísimos: El pasado jueves “toto” Caputo ordenó filtrar, gracias a sus amigos periodistas “independientes”, que la suba del dólar era producto de maniobras especulativas de tres bancos: Macro, Galicia y Bapro. ¿Y a eso llaman el “riesgo kuka”? ¿Existe alguien en el oficialismo que pueda pararse con hidalguía a hablar las cosas con seriedad y honestidad intelectual, y no se sume a la caterva de sandeces a las que ya nos tienen tristemente acostumbrados?
Insistir en la amenaza kirchnerista o en la peligrosidad de la “traidora” que ni siquiera controla el Senado, revela que algo no funciona. Y que la fortaleza estructural no es tal. En absoluto.
Es probable, así las cosas, que el gobierno tenga sobrados respaldos y trapisondas para sostener la economía hasta las elecciones. Pero no hay modo que esos recursos basten en el mediano plazo… a menos que el grueso de esta sociedad se resigne dócilmente a la tantas veces advertida “peruanización” de sus existencias presentes y futuras. Un modelo que, a salvo de toda crisis política, excluye a sus grandes mayorías y consigue el éxito harto aparente de un perfil de país apenas extractivista, colgado de la minería, la energía y los recursos naturales. Primarización total, un ejército de desempleados, el reino del no consumo… y por las dudas, garrotes y persecuciones a granel.
El desenlace depende, como siempre, de la capacidad de reacción y organización no sólo de minorías intensas, sino de una nueva mayoría dispuesta a no regalar el futuro. El de todos.
Apelemos una vez más a la franqueza: Tener a semejante personaje en Casa de Gobierno habla muy mal de una parte muy grande de los argentinos. Dejemos de auto-romantizarnos. Esto es lo que somos al menos en la actualidad. Baja tolerancia a la frustración, tomando lo que pasó con el último gobierno peronista. Y otra parte persiste en dar la pelea en desventaja y con las armas que dispone, huérfanos de liderazgos a la altura de estas circunstancias. Y para colmo, naturalizando un país con más de un preso político.
Los armados electorales, en algunas regiones –con Morón a la cabeza de la peor parte del sainete- no logran maquillar siquiera la evidencia de que ya no es un frente más o menos cohesionado: son un rejunte de intereses en pugna permanente.
No es justo que se le pidan sólidas argumentaciones a quienes atraviesan el cotidiano de sufrimiento, del hambre y la falta de perspectivas promisorias. De modo tal que la palabra queda en boca de una dirigencia que apenas llega al denuncismo de las barbaridades que dice y hace Milei.
Para ponerle un moño al marco general, vuelve a irrumpir en escena ese corpus social al que le importa un pito la corruptela generalizada entre las huestes gubernamentales, o que toman con naturalidad el escándalo –sin rebote mediático- en que quedó expuesto el ministro de Justicia, don Cúneo Libarona. Algunos se limitan a decir que “siempre ha sido así”. Pero no. No todo se puede relativizar. La hora impone que emerjan dirigencias que digan que no, no es así. Hay valores que no pueden negociarse. Claro que para ello las dirigencias, preferentemente las por venir, deberán probar su ejemplaridad individual en todo momento y lugar.
Y señalo la necesidad de apuntalar la construcción de nuevas dirigencias, ya que guste o no, nada que huela a pasado ya puede entusiasmar ni convencer a los decepcionados de aquí y allá. El discurso de las nostalgias no tiene utilidad en tiempos donde lo que se impone entre nuestros compatriotas, es un aquí y ahora tan perpetuo como enfermizo, el pragmatismo del egoísmo y la autosatisfacción de placeres y objetivos personalísimos, todo ello hermanado a una abrumadora falta de memoria.
Las cartas están echadas. Habrá que pasar la primavera, cual impulso previo a un indispensable volver a empezar todo otra vez.


El abismo de un zurdo que piensa como hace 100 años atrás. Ese es el único abismo, señor amante de Cuba y Venezuela.
Comparto el dolor que respira la nota. Imagino a un/a padre de familia pensando en que comerán sus hijos esa noche o a una pareja de jubilados cómo pagarán el alquiler el mes entrante… y a la par la pugna por listas en algunos distritos… es la distancia que hay entre la solidaridad y el negocio de pocos. Un abrazo al equipo de esta caricia bajo el bombardeo…