Coincidencias. Imágenes inconfundibles de que, aún en el fracaso y el dolor, marchamos en esa dirección.

Así, en esas ocasiones, esas marcas son mojones inalterables, para no olvidar.

Es cierto que, por una multiplicidad de cuestiones, sólo algun@s tenemos la dicha de reconocerlos.

Y, este es el caso, asumimos la misión de difundirlos. Como ese término poco conocido (casi nada en nuestras escuelas): “Abya Yala”, el nombre de nuestro continente usado por sus propios pueblos originarios. No el que le damos (América)  en homenaje a uno de sus invasores, el cartógrafo Vespucio.

……….

En una aldea rioplatense, en 1778, nacía Mariano. De su niñez no tengo referencias.

Sí, que siendo muy pequeño, hay acontecimientos que no le pueden haber pasado desapercibidos. En 1780, en el Alto Perú, varios nativos encabezan una definida Revolución. De ellos, dos parejas se presentan claramente representativas de un clamor que venía de siglos atrás, pero ha tomado formas inconfundibles: junto a Micaela Bastidas, Bartolina Sisa, Túpac Katari, Túpac Amaru II (para diferenciarlo de su antepasado que intentó defender el trono incaico doscientos años antes) establece un “nuevo orden”. Sin tributos, sin trabajo esclavo, con respeto por su cultura originaria

Una auténtica Revolución, aunque ligada a las tradiciones de su etnia.

Algunas frases de sus protagonistas dicen mucho:

  • “Campesino: el patrón ya no comerá de tu pobreza”.
  • “A mí, sólo me mataréis. Volveré y seré millones”.
  • ¡Cortemos de una vez el mal gobierno de tanto ladrón zángano que nos roba la miel de nuestros panales”.
  • “Vivamos como hermanos y congregados en un solo cuerpo”.
  • “Por la libertad de mi pueblo he renunciado a todo. No veré florecer a mis hijos…”
  • “Nuestra fuerza está en la comunidad, porque solos nos vencen, pero juntos somos invencibles.”

La derrota final (por traiciones diversas y otras medidas similares del opresor) y la pavorosa ejecución de sus cabecillas y buena parte del pueblo sublevado ocurre en 1781, un año después.

Es cierto que Mariano Moreno no vivió esta epopeya. No la vio por TV, ni la leyó en algún periódico de su Buenos Aires natal. No los había. Él fundaría el primero.

Sin embargo, las noticias llegaron; finalmente llegaron. Al punto que uno de nuestros poetas, Vicente López y Planes, lo denunció en unas estrofas del que es nuestro Himno Nacional.

¡No lo veis sobre México y Quito, arrojarse con saña tenaz!.

Y cual lloran bañadas en sangre Potosí, Cochabamba y La Paz”

Para quienes no lo saben, es bueno aclarar que este Himno Nacional en uso (cortito como «patada de chancho”, fue cercenado para mejorar los vínculos con la “madre Patria” –es decir, el Reino de España-, en 1900, por decreto de nuestro venerable genocida, el dos veces presidente constitucional Julio Argentino Roca.  Es lógico: no hay que buscar “mugre”. No se puede decir “el ibérico altivo león”… (¡Qué terrible!… Siempre hay un león en nuestra historia…)

Pero, cuando apenas iniciado el nuevo siglo (el XIX), Mariano cursa “leyes y derecho”, no lo hace en la Universidad de Córdoba sino en la de Chuquisaca y en la Academia de Juristas en Charcas (muy lejanas -altoperuanas- pero dolorosamente próximas a aquella historia contra la dominación y el oprobio).

Mariano no vuelve a trabajar en un bufete de abogados. Vuelve a encabezar la Revolución.

De sus ideas, sin lugar a dudas, son causa eficiente las de “la Ilustración” (ese potente movimiento cultural europeo de fines del siglo XVIII). Sólo que los grandes pensadores de esa corriente no planteaban la liberación de los indios, ni el respeto a su cultura.

Tal vez haya que buscar a otro personaje, llamativamente femenino: Marianne (Mariana), símbolo definitivo de la Francia revolucionaria. Mariana no es una “sex-simbol”. Y en el famoso cuadro de Eugéne Dellacroix, se la ve desafiante y decidida a encabezar el proceso que tenía tres palabras como lema: “Libertad, Igualdad, Fraternidad”

No es la mujer fatal; no es la Josephine que enamora a Napoleón, el capitán que luego de participar en el alzamiento contra el poder despótico de los Luises, se autocorona “Emperador”.

Esa Mariana tiene a su lado a un niño, de unos doce años, que no puede ser Mariano, ese que había nacido en Buenos Aires once años antes. Pero cualquiera de los otros representados ahí, bien podría (se me figura) haberse corporizado y reaparecido en Bolivia (la Nación plurinacional, creada sobre las gloriosas ruinas de aquel Alto Perú), pero más de un siglo y medio después.

Tal vez es ese soldado boliviano que mira sin ver los despojos de un héroe. De un héroe que quizás también reaparezca en los días imprescindibles en que la victoria se quede del lado de los pueblos.

Seguramente esa victoria no tendrá el aroma artificial de los “perfumes finos”…

Es mucho más probable que esa atmósfera huela a sangre y leche. Bien natural; bien de este mundo. De esta (Sud) América liberada. No será “delicado”, pero será auténtico. Será el olor sagrado de la Revolución.

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