El heleno de Itaca, una pequeña isla montañosa del lado Jónico de Grecia, vecina a Cefalonia, llamado Odiseo o Ulises, según relatos recogidos por el ciclo homérico, tardó 10 años en regresar a su hogar.

Contaban alrededor de las fogatas, que en ese periplo azaroso perdió a sus compañeros luchando contra cíclopes, hechiceras, desobedeciendo a sus dioses. Sobrevivir era enfrentar la naturaleza, la suerte determinada por deidades, maleficios, guerras y enfermedades de todo tipo. Volver era el último viaje de muchos.

Llegó para limpiar su hogar de los pretendientes de su esposa, aparentemente viuda y dadora del trono, con una modesta carnicería artesanal donde hubo de liquidar uno a uno a los muchachones armados.

Nada estaba escrito, nada era seguro: la vida era una hoja al viento.

Martín Fierro, nuestro héroe local, fue más modesto en su origen: un campesino precarista. Criaba potros para vender, sembraba su comida, armó el rancho con lo disponible y formó una familia con su compañera. Así lo pensó don José Hernández cuando él mismo era un perseguido político.

La taba del destino (la sociedad de clases que le tocó vivir) salió culera y al pobre gaucho le llegó la leva.

El servicio militar en la frontera con los indios en una sociedad sin registros de identidad y con la ley del mas fuerte, se hacía de manera forzosa (literalmente un secuestro) entre el pobrerío, y duraba lo que la voluntad del comandante decidía.

El gaucho no tenía abogados ni palenque adonde ir a rascarse. Las montoneras federales, su sindicato informal, habían sido derrotadas con una masacre planificada y sin apelación desde 1860 hasta 1880. Los proingleses del puerto y sus gobiernos se impusieron, hoy diríamos: con guerra sucia.

Los huesos del campesino prisionero iban a parar a un fortín, una suerte de rompeolas desvencijado donde ejercer alguna forma de control en una llanura infinita. De un lado, las tolderías de los cazadores recolectores acostumbrados a forrajear sobre los caseríos dispersos que ocupaban sus tierras de caza. Del otro lado, un sembrado de pueblitos escasos, familias ocupas trabajando la tierra del Estado (que el Estado en formación declaraba suyo por herencia de, a su vez, los primeros ladrones españoles)

En esa frontera diseminada de los grandes dueños con papeles conseguidos y reconocidos entre socios y cómplices en el gobierno, la defensa quedaba a cargo de los paisanos, inmigrantes capturados, a veces inclusive indios y oficiales castigados. Poca comida, mal pagados, apenas uniformados y nunca reconocidos, los mismos oficiales completaban el suelo vendiendo los pertrechos, las armas, quedándose con los sueldos de los soldados… el fruto de una sociedad rica pero con poco Estado y control garantizado.

¿Qué esperar? La deserción o la muerte por enfermedad, la desidia, quizás un lanzazo de los otros.

Salirse del castigo y regresar era azaroso: eludir las partidas de milicos para capturar rebeldes, la inmensidad de la pampa y los mismos pueblos originarios que aceptaban desertores de modo indiferente… ¿Y luego volver a qué? El rancho abandonado, la mujer sobreviviendo quien sabe dónde, los hijos desperdigados por el hambre y la ley.

Hoy, fragmentados en carpitas de desamparados y con los dueños fortalecidos con todas las armas del poder, vemos la cabeza gacha de una mayoría que se siente ser incapaz de hacerse cargo de su destino. Pero hay quien sueña con volver a un hogar. Y nos preguntamos, como Homero o don José, ¿Volver a qué?

Se fue la patria que construimos. Una de nuestras mejores estratega, con sus grandes aciertos y errores, está presa por las mentiras incrustadas en la mente de quienes ayer se beneficiaron con su obra. Otros caciques tironeando las estacas de toldos que apenas guarecen.

La gran mayoría ahí va, esperando sin saber muy bien qué, pero con pocas ganas ni voluntad de salir a pelear por algo común. Una parte minoritaria alzando banderas y pecheras para diferenciarse, pero con poca voluntad de subordinarse a algo superador de la tribu.

Cada viejo suicidado, pibe muerto en el mal camino del paco, vecino o mujer asesinado por el odio atado con alambres de pares y cercanos… nos dice que los muertos los ponemos nosotros.

Hay un 19/20 de diciembre por semana.

Los que se la llevan de arriba desde sus barrios privados, producen deudas para que las paguemos entre todos, mientras los fajos de sus cuentas bancarias crecen a ritmo de tren bala.

No es posible volver. Necesitamos reinventar la patria. Con viejos bueyes, quizás, pero abriendo el paso a las fuerzas de quienes plantean nuevas propuestas, con los dolores y las palabras que traduzcan y procesen lo que sufrimos hoy.

Aquí está nuestra columna organizada para sumarnos y ser protagonistas.

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