El caos rompe estructuras viejas, obligando a salir de la zona de confort para encontrar soluciones creativas y transformaciones profundas. 

A veces, es necesario que todo se desmorone para que cosas mejores puedan construirse sobre los cimientos de lo derrumbado.

Al llegar el neoliberalismo, nacido, criado y exportado desde los Estados Unidos. fue adoptado especialmente en todos los países europeos y, con distintos camuflajes, derramado sobre la periferia global. La inmensa mayoría de los partidos, aunque de diferentes colores se vendieron a esta nueva doctrina de “libre mercado”, autorregulador sin interferencia de los gobiernos. Poco a poco, el estado de bienestar, aquel de los derechos sociales y la seguridad, la salud gratuita, la energía pública y el transporte público fueron vendidos al mercado, a manos de empresas privadas (bancos, multinacionales, etc.).

Las ganancias en las bolsas de valores se convirtieron en el principal interés; las economías de financierización se abrieron paso por sobre las productivas, y los ciudadanos se vieron reducidos a ser meros consumidores de lo que el mercado les ofrecía. El tejido social fue desmantelado progresivamente y el individualismo se convirtió en el valor central.

Salvo una contra ola fáctica en Suramérica a comienzos del siglo, que duró algo más de una década, y con algunos avances para los sectores populares, la privatización de todos los activos de bienestar del estado se fue completando y los ciudadanos se enfrentaron a un costo cada vez mayor de su vida diaria. Y el descontento empezó a crecer.

Y todo el descontento se canalizó en que los movimientos políticos de extrema derecha hayan ganado espacio, estén en el poder o han ganado los últimos comicios. Este rápido fenómeno se dio en los últimos años en Alemania, Argentina, Austria, Chile, Eslovaquia, Estados Unidos, Francia, Hungría, Italia, Países Bajos, etc.

No es la primera vez que nuestro país es sumergido en este no-plan económico. La primera oportunidad en que ocurrió, aunque en menor escala, fue durante la dictadura. La segunda ocasión fue durante el menemato y la alianza, donde sí se profundizó el plan con un amplio abanico de privatizaciones, y se instituyó a la economía como religión adoradora del “Dios Dinero”, que casi nos arrastró a la libanización del país. La penúltima vez, previa a este cuarto intento, fue durante el macrismo.

Hoy, el panorama asoma como más complicado. Basta con observar la sumisión total al bloque Atlantista sostenida desde el gobierno. Toda acción soberana y digna por parte de nuestra Patria han sido arrojadas a los tachos de basura de la historia. Hoy nos han transformado en vasallos cautivos de todo capricho o dictado del poder anglosajón.

No es casual que el propio presidente demuestre públicamente su odio irracional sobre lo estatal. ¿Es simplemente una casualidad permanente, que muestre el desfinanciamiento de todos y cada uno de los entes tecnológicos, que son imprescindibles para el desarrollo de nuestro país, junto al goce de sus secuaces?

Se impulsan desastrosas privatizaciones de bienes de alto valor estratégico y altamente rentables, como las grandes hidroeléctricas nord patagónicas y las muy eficientes centrales nucleares, mientras reaparecen las caras de quienes ya se vieron en períodos anteriores de saqueos a la Patria.

La miseria general avanza y la creciente desocupación, expulsa compatriotas. Mientras el país cae a pedazos, el cuerpo social padece un adormecimiento nunca antes visto. El camino a la libanización de fines de los 90s y comienzos de este siglo parece reiterarse, pero todavía estamos a tiempo de evitarlo.

Mientras el caos nos fascina y atrapa como una fuerza centrípeta, el Occidente en que nos incluyeron y en el que nos mantienen inmersos se está pudriendo por dentro.

La publicación de tres millones de archivos de Epstein que han salido a la luz es un acontecimiento que provoca perplejidad ¿Qué líder político de ese occidente, de Estados Unidos o la Unión Europea, conserva autoridad moral alguna? ¿Mantienen pretensiones de liderazgo mientras se les ha desnudado como integrantes de una perversa secta de promiscuos abusadores, pedófilos y activos referentes de la trata de menores y mujeres? Pues bien, ¿por qué los medios de comunicación nacionales, esos mismos que siempre te indicaron dónde estaba la corrupción y quién era corrupto, hoy no le prestan la atención y serio tratamiento que el tema merece? ¿A qué se debe tanto silencio comunicacional? ¿Complicidad con nuestros “amos” foráneos para no perjudicar al virrey que nos gobierna?

Si el país está cayendo en un abismo sin fondo, hay que empezar a despertar y frenar la caída antes de que sea demasiado tarde.  Si el otro va a seguir siendo el otro, seguiremos estando en problemas, pero si comenzamos a juntarnos en un todo y nos hacernos escuchar como se debe, todo puede llegar a cambiar.

No dejemos que nos sigan robando la esperanza, porque es nuestra. Porque debe ser la guía del camino a construir.

¿Quién dijo que todo está perdido?, decía el poeta…  “Y hablo de países y de esperanzas… Hablo por la vida, hablo por la nada.  Hablo de cambiar ésta, nuestra casa, de cambiarla por cambiar, nomás”.  Está llegando el tiempo de ir saliendo del letargo y comenzar a caminar.

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