El conurbano bonaerense profundo puede hallarse en cualquier barrio popular. Familias con desocupados, venta de drogas para subsistir, albañiles y oficios entrando y saliendo de trabajos, mesitas con mujeres vendiendo pan, tortas fritas o santiagueñas, autos viejos estacionados hasta la ruina, algunos pibes jugando en la calle poco transitada, zapatillas colgando de los cables, casas de dos o tres pisos sin revocar… Puede haber mucha iluminación y hasta calles bien barridas, pero la pobreza habita en la vereda con basura y perros flacos.

Las escuelas pueden estar llenas, si los docentes se preocupan y hacen bien lo suyo, con cariño. Pero las y los pibes vienen dañados. Familias con alguna madre que consume. Familias emparchadas. Poco espacio para la privacidad. Padres ausentes más por deserción que desidia. Chicxs solxs y si hay suerte e ingresos fijos, poco tiempo para seguir la trayectoria, la tarea diaria, los problemas de relaciones entre pares. Nenas buscando un “Sugar Daddy” que les financie los pequeños consumos y la violación como pago. Soldaditos del paco agenciando consumidores donde sea…

Cuando sucede cualquier roce, se viven como tragedias, se trate de accidentes con culpables reales o no. Crónica TV lo hace show si hay víctimas. Cada chispa o incendio proviene de la acumulación previa de material combustible. Recuerdo la película “Haz lo correcto”, de un tipo que lo escenificó en Brooklyn, el afroamericano Spike Lee.

El celular, ese invento para individualizar nuestra info personal y diseñar hipnosis que empañen nuestro criterio vital, rellena los vacíos del hambre, el descuido, el silencio insoportable, la música a todo volumen para no pensar, la escasez omnipresente, la soledad compartida. Invade la atención mostrando lo que sea, repugnante, excesivo o enajenante, pero rápido, chillón, escandaloso… para que no puedas dejar de mirar. El ojo y el tiempo convertido en billetes para los productores de una pandemia de distracción, que paga la misma víctima.

En ese escenario y con esa pandemia digital, la/el profesor debe captar el interés. Que los changos alcen la cabeza y regresen a la otra vida real con el ritmo de la conversación, del ejercicio, la dificultad, la evaluación permanente, la construcción ladrillo a ladrillo de criterio, pensamiento propio y crítico.

De qué disfrazarse, a qué truco o fuego artificial acudir para semejante batalla por la atención, cuando lo poroso y difícil se enfrenta a lo terso, brilloso y llamativo producido a gusto estudiado del cliente/productor del miramiento cuantificable.

Y todo ello ametrallando contra mentes y cuerpos transidos por la penuria, la necesidad desatendida, la incomunicación y el desamparo…

Necesitamos batallones de psicólogos, trabajadores sociales, cocineros, médicos, nutricionistas, entrenadores deportivos. Eso hace falta para que los muchachos y muchachas puedan acceder a concentrarse en aprender una noción o idea.

Quien piense que uno o diez profesores descoordinados pueden armar algo más que una red de abrazos, para un rompecabezas sin la mitad de las piezas… eso es confiar en los dados y no en la vida real con sus complejidades.

Multipliquen ese marco en cada chico o chica.

Los docentes tienen su experiencia, libros, tizas y amor… y a pesar de todo, con esas herramientas, todo lo que pueden lograr salvar, es a algún náufrago.

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