El amor, de alguna manera que acaso nuestra limitada comprensión todavía no alcance a descifrar, también moviliza al Cosmos en su matemática armonía…
Allí, en esa inmensidad que a nuestros ojos parece un caos, pero que obedece a misteriosas leyes de equilibrio, cada elemento encuentra su lugar, su sentido y su razón de ser. Y también, de algún modo, su razón de permanecer. Las estrellas nacen, los mundos giran, las fuerzas se atraen y se repelen, y todo parece encontrar, en medio de sus propias tensiones, una forma de coexistencia que impide que el universo entero sucumba ante sus contradicciones.
Quizás haya en ese delicado equilibrio una enseñanza profundamente espiritual: no todo aquello que convive necesita imponerse, no todo aquello que es diferente está destinado a destruirse, ni toda tensión debe desembocar inevitablemente en un enfrentamiento. A veces, la armonía consiste precisamente en reconocer al otro, respetar su existencia y comprender que nuestra propia permanencia también depende de aquello que somos capaces de preservar a nuestro alrededor.
Porque el amor, esa fuerza invisible que tantas veces intentamos definir sin conseguir abarcarla por completo, es también lo que mueve al mundo y sostiene a nuestros pueblos. Es lo que permite que las cosas sucedan, que los vínculos perduren, que una mano se extienda hacia otra cuando todo parece perdido y que, incluso después de las heridas más profundas, todavía exista la posibilidad de volver a empezar. El amor no elimina nuestras diferencias ni nos libra de las dificultades, pero nos ofrece una razón para atravesarlas sin convertir al prójimo en un enemigo.
El odio y los rencores, en cambio, representan el reverso de esa fuerza creadora. Destruyen, paralizan, enceguecen y nos encierran en un territorio cada vez más pequeño, donde la razón pierde su claridad y el corazón termina por olvidar que también puede ser refugio. Allí donde el amor procura construir puentes, el odio levanta murallas; allí donde el amor reconoce la humanidad del otro, el rencor pretende reducirla a una ofensa, una diferencia o una amenaza. Y así, lentamente, se intenta detener toda expansión de la luz, como si apagar la claridad ajena pudiera iluminar nuestra propia oscuridad.
Sin embargo, hay algo que las tinieblas nunca terminan de comprender: la luz no necesita destruirlas para demostrar su existencia. Le basta con permanecer encendida. Basta una pequeña llama para recordarnos que la oscuridad no tiene la última palabra, que ninguna noche es dueña absoluta de la eternidad y que, aun en las circunstancias más adversas, siempre puede existir un resquicio por donde vuelva a entrar la esperanza.
Hace más de dos mil años, algún poeta de la antigüedad dejó escrita una de las imágenes más luminosas de la tradición espiritual de Occidente, en ese libro sagrado que ha acompañado durante siglos las búsquedas, las contradicciones y las esperanzas de millones de seres humanos: «La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron».
Vaya desafío ese de reflexionar acerca de los innumerables significados de esto que se llama vivir: Quizás se trate de procurar que nuestra presencia en el mundo no agregue más oscuridad a la que ya existe; de aprender a cuidar aquello que nos une sin renunciar a lo que pensamos; de comprender que la verdadera grandeza no reside en la capacidad de imponernos sobre los demás, sino en la posibilidad de hacer un poco más habitable la existencia compartida.
Porque quizás el amor no sea solamente aquello que sentimos, sino también aquello que elegimos hacer con lo que sentimos. Y acaso la espiritualidad más profunda no consista en buscar la luz en algún lugar lejano, sino en aprender a reconocerla, alimentarla y compartirla aquí, en la Tierra, con nuestros semejantes.
Al fin y al cabo, cada gesto de amor que ofrecemos es una pequeña manera de decirle al universo que todavía creemos en la armonía, que no nos hemos resignado a la oscuridad y que, mientras exista alguien dispuesto a encender una luz para otro, siempre habrá una razón para seguir creyendo en la humanidad.
