Si adherimos al pensamiento de García Linera de que las luchas populares se mueven por oleadas, o sea avanzan y retroceden en forma continua, pero en cada avance terminan un paso delante de la anterior, el problema es complejo porque ubicar en qué punto se está es muy relativo, dado que además de la superficie está el mar de fondo… que muchas veces tiene la fuerza real de la corriente…
Si tomamos algunos puntos históricos podemos verificar varias de estas contradicciones entre lo superficial y lo profundo.
En 1979 el imperialismo estaba de parabienes. Todo el impulso de la izquierda latinoamericana había sido sometido mediante dictaduras militares (Argentina, Chile, Uruguay, etc) o seudo-democracias (Venezuela, Colombia…).
En medio oriente los acuerdos de Camp David entre Israel y Egipto, mediados por EEUU, cristalizaban la división del mundo árabe, condenaban la lucha palestina y fortalecían a Israel.
Todo parecía fenómeno para James Carter (Presidente yanqui de aquel entonces) que incluso se daba el lujo de criticar a la dictadura Argentina por su política de DDHH, porque les molestaba su autonomía[1] no porque le preocuparan realmente su accionar y su irrespeto por los derechos humanos.
Pero dos revoluciones abrían de demostrar que las dictaduras alineadas con el imperialismo no eran tan sólidas.
La revolución nicaragüense puso fin a veinte años de somocismo, y la revolución iraní demostró que en el mundo musulmán no todo era sumisión a Washington.
Las revoluciones antes mencionadas no solo trajeron cambios en sus territorios, sino que trajeron movimientos en sus respectivas zonas de influencia.
La impronta de la revolución sandinista reveló que los pueblos centroamericanos estaban en una resistencia activa a los gobiernos impuestos desde el norte, y el surgimiento de un Irán antimperialista reveló que no todo país musulmán está sometido a príncipes impuestos por burguesías corruptas vendidas al gran capital.
Aquellos procesos no estuvieron exentos de debates: la revolución nicaragüense recibió la simpatía de todo el arco de la izquierda y el progresismo, pero la Iraní fue cuestionada desde buena parte del arco progresista. Claro, eran musulmanes no cristianos de cultura occidental, y su ortodoxia religiosa era muy conservadora, pero los procesos revolucionarios antimperialistas no salen de un molde echo en Europa, son producciones de los pueblos[2].
Y ahora y aquí
En la superficie se registra un avance y radicalización de la derecha, la centro derecha que podían representar sectores del radicalismo o del PRO e inclusive algunos “supuestos peronismos provinciales” en forma directa o mediatizada, asumen la agenda de Milei y compañía.
El panorama del cono sur no parece tampoco muy alentador: en Bolivia la explosión del MAS trajo a una derecha “pragmática” cuyo primer objetivo será envestir contra todos los derechos conseguidos en los veinte años de gobierno popular. Y en Chile, al socialdemócrata desteñido de Boric, le amenaza una sucesión a manos de Antonio Kast, un derechista reivindicador de la dictadura pinochetista.
Claro que lo de Chile tiene varias aristas a considerar, el frente de centro izquierda que llevó a Boric al gobierno sigue unido, y con candidata comunista va al balotaje con 27% de los votos 3% más de los que sacó Boric en la primera vuelta anterior.
Tio Donald
Obviamente la hegemonía Trumpista se hace sentir y muy fuerte en la amenaza a Venezuela, que no es otra cosa que la amenaza de neo colonización para toda América Latina. Pero resulta que el personaje no puede evitar que México, Brasil y Colombia se le paren de manos y para concentrarse en su enemigo “chino” precisa entregar Ucrania, dejando a sus estrechos aliados europeos colgados del pincel.
Entonces, ¿Estamos ante un nuevo resurgir de la derecha, o en realidad estamos mirando sólo la superficie?
[1] La autonomía relativa de los secuaces de Videla se hizo patente con la operación Malvinas.
[2] La solidaridad con las luchas de las mujeres y disidencias sexuales en el mundo musulmán debe estar al mismo nivel que cualquier lucha popular. Ahora darle el papel de árbitro en ese sentido a la cultura occidental es unaaberración histórica.

