Dislates e insensateces al límite de la locura en el cada vez más robusto ejército de buscavidas e informales de nuestra población de laburantes
Días atrás, recorría a pie un borde del área central de Morón, viniendo desde avenida Yrigoyen por San Martín, rumbo a la estación del ferrocarril. En esas recurrentes caminatas entre actividades de lo más diversas, se acumulan testimonios, encuentros breves, escucho conversaciones que pueden ir de lo más fútil hasta proveedoras de conceptos y definiciones que contribuyen a configurar aquello de la «temperatura social» respecto al devenir de nuestra coyuntura.
En una de esas tardes que se caracterizaron por un calor sofocante previo a providenciales refrescadas de este febrero tan volátil en tantos aspectos… estoy muy próximo a llegar al cruce de las calles San Martín y Santa Fe, cuando un automovilista que conducía un automóvil en impecable estado, y que llevaba un pasajero a bordo en el marco de un casi seguro servicio de los considerados «premium» o simplemente «confortables» de las aplicaciones vigentes para el transporte de pasajeros, estaba girando desde San Martín hacia Santa Fe. Furiosamente y es imprescindible el énfasis en este aspecto, un ciclista con caja roja de otra aplicación de reparto y mensajerías, arremete con su bicicleta desde Santa Fe, e impacta de costado contra el automóvil. Ello implica que el pibe arriba de la bicicleta cae hacia su lado izquierdo, de modo suave pero aparatoso a la vez.
Otro ciclista también con caja de repartidor, que venía cruzando por San Martín en dirección a Entre Ríos, se detiene, mientras el chofer del auto sale a preguntarle al accidentado si necesitaba ayuda. A todo esto, el pasajero dentro del auto, inerte. El cronista y la empleada del kiosco que está casi frente a lo sucedido, por breves instantes, petrificados «in situ».
El pibe responde a las apuradas que no le pasó nada (sic), corrobora que su bicicleta no está más magullada de lo que ya lo estaba con anterioridad al impacto, el chofer del automóvil de aplicación guarda silencio, sube a su auto lentamente. Este cronista ensaya bajar a la calle para retomar su senda, pero el ciclista de San Martín arenga al que se recuperaba sobre Santa Fe «dale metéle, metéle que llegás!»… entonces…
Golpe de escena. El trabajador informal hiper explotado y recientemente golpeado, arremete alocadamente con su bicicleta de contramano, pasa literalmente a escasos centímetros, al filo de chocarse contra este cronista, dobla por San Martín, fuerza una frenada de urgencia de una camioneta 4×4, el conductor de la misma lo insulta airadamente, los dos ciclistas emprenden la marcha, ahora juntos vaya uno a saber por cuánto trayecto, y responden en los mismos términos al de la camioneta.
Finalmente, el desenfreno y la irracionalidad se disipan, sólo parcialmente. El chofer del auto retoma su ruta, con el pasajero acaso alterado internamente luego de todo lo presenciado, y yo vuelvo a caminar y a rumiar bajito, mientras la animalidad comienza a ganar cada día más terreno entre «los nuestros», los nadies con los que debemos convivir a diario. Descendemos raudamente por un tobogán del cual aún no podemos divisar de qué está compuesto el mentado arenero que dé el desenlace a todo esto. Y el marco institucional sigue acelerando las condiciones macro, e incluso objetivas a escala nacional, para que todo estalle en una bola de locura, insensatez, irracionalidad y el sálvese quien pueda erigido como élam vital de amplios sectores -mayormente juveniles- de la mancillada sociedad metropolitana que nos incluye, se afirme como victoria cultural en esta etapa de la historia, para guiarnos hacia un destino… en el mejor de los casos… por demás incierto.
