Más aún, si así se pueden mover con facilidad millones de dólares, esa es una ventaja que no existe en ningún otro mercado del mundo. Durante las administraciones Trump, esta situación se ha ido convirtiendo en un patrón  repetido que, por acción u omisión, no es perseguido por los reguladores.

Veamos algunos de esos casos recurrentes:

Allá por 2020 un suceso que puede catalogarse como paradigmático fue el caso Kodak. La administración Federal había anunciado un préstamo de 765 millones de dólares a dicha empresa, con el fin de producir fármacos. El día anterior, las acciones subían de forma extraña. El consejero delegado había recibido opciones sobre 1,75 millones de poco antes del anuncio. Varios legisladores demócratas pidieron a la SEC que desarrollara una investigación. No se presentaron cargos.

Allá por enero de 2020 un grupo de senadores republicanos participaron de un encuentro. Compartieron un briefing clasificado sobre COVID-19 (Documento que contiene información clave sobre un proyecto o tarea específica). En algunos días posteriores, vendieron acciones por millones. Richard Burr se deshizo de entre 628.000 y 1,7 millones en títulos. Kelly Loeffler vendió entre 1,25 y 3,1 millones. Tras cartón, y en forma pública, tranquilizaban a la población.  La resultante fue que las investigaciones que se desarrollaron no significaron en condena alguna.

Más cerca en el tiempo, en abril del año anterior, y aprovechando la red social Truth Social, que fuera lanzada por Trump Media & Technology Group (TMTG), Donald Trump publicó: “Es un gran momento para comprar”. Luego de cuatro horas, anunció una pausa para los aranceles globales.  Las acciones correspondientes a Trump Media tuvieron un alza del 22%. Un grupo anónimo de traders obtuvo ganancias que oscilaban entre u$s 21.000.000 y u$s 30.000.000. Donald Trump Jr. ingresó u$s 415 millones.

En ocasiones, alguien tiene oídos que incluyen escenarios políticos. Un día antes del secuestro de Nicolás Maduro, un anónimo apostador jugó 30 mil dólares en el sitio de apuestas Polymarket a que el mandatario bolivariano ya no sería el jefe de su gobierno antes del fin de ese mes. Un día después, según informó Axios, cobró la suma de u$s 436.759,61. Una apuesta por un monto mayor hubiese generado mayores sospechas, dadas las circunstancias.

Donald Trump Jr. es integrante del consejo asesor de Polymarket y el año anterior su firma había invertido cifras multimillonarias en esa plataforma.  Casualmente, las investigaciones contra Polymarket, abiertas por el Departamento de Justicia se archivaron con el arribo de D. Trump a la Casa Blanca.

Cabe señalar, además, que también en la plataforma Polymarket seis cuentas anónimas apostaron a que Estados Unidos atacaría Irán el 28 de febrero. Acertaron con su apuesta y tuvieron una ganancia de más de u$s 1.000.000. Pero como para no dejar de ignorar estos hechos concurrentes veamos el último suceso ocurrido.  El lunes 23 de marzo, poco antes de que Trump publicase un menaje sobre Irán, alguien invirtió en el mejor indicador de las acciones de alta capitalización de EE. UU. Dicha persona invirtió en el S&P 500 comprando 1.500 millones de dólares en futuros del mismo y vendiendo 192 millones en futuros de petróleo. Llamó la atención que el volumen fue de cuatro a seis veces superior a lo normal en ese tramo horario. A raíz de ello, la senadora senior por Massachusetts desde 2013, Elizabeth Warren. pidió una investigación inmediata. La respuesta desde la Casa Blanca no tardó en ser emitida:  las sospechas son «ridículas»

Todos y cada uno de estos “sucesos” culminan sin secuelas de culpabilidad para sus autores. Funcionan a partir del momento en que se genera un anuncio transcendental o una crisis. Entonces en los instantes en que aumenta la desconfianza e irresolución. Surgen los informantes que abren posiciones.  Con posterioridad desde “el poder” anuncian una medida que revierte la situación. Entonces se produce la reacción de los mercados y quienes estaban al tanto de todo, retirar sus ganancias.

En realidad, esto ha ocurrido desde siempre.  Pero en la actualidad, lo que ha modificado esta administración, es la celeridad con que se desarrolla esta actividad. Antes eran necesarias leyes que llevaban su tiempo para ser aprobadas. En la presente coyuntura basta con un mensaje en las redes, una decisión repentina del Consejo de Seguridad Nacional o como en la guerra actual cinco o seis ultimátums que se anuncian y luego se cancelan. Todo sucede mientras cambia en segundos la capitalizaciónde los mercados.

¿Por qué sucede?  Las leyes de EE.UU. exigen pruebas concretas: ya sea una conversación grabada o un correo electrónico en el que un funcionario diga explícitamente a un tercero cuáles son sus planes, algo difícil de obtener en estos días, salvo por un error grosero por parte de su autor. Si se carece de este tipo de pruebas toda transacción anómala se interpreta como «coincidencia afortunada» o «análisis de datos abiertos».  Por lo que, hecha la ley hecha la trampa.

Políticos que participen en briefings podrán operar con acciones en beneficio propio. Mensajes en redes, sobre todo sabiendo quien es dueño de esa red y quienes sepan lo que va a pasar antes de su publicación pueden ganar millones sin dejar rastro. Nunca se va a beneficiar a un John Doe cualquiera en estas transacciones económicas. Salvo que ese J.D. haya sido designado previamente por los “ganadores de siempre”.

Y como para salvar las apariencias, aunque sin modificar ni evitar que se produzcan estos hechos, la administración Trump adoptó una decisión. Desde el vienes 10 de abril la Casa Blanca prohibió a los empleados de la administración hacer apuestas en eventos e inversiones con información privilegiada. Casualmente sucede, al tomar estado público toda una serie de ganancias sospechosas y grandes ingresos en el mercado, que coincidieron con las acciones familiares de Trump. Cualquier John Doe nunca pudo participar de esas ganancias y nunca la hará. Solamente lograrán el beneficio los John Doe que son legisladores o los cercanos al círculo íntimo presidencial.

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