Los mecanismos por los cuales los pueblos van estableciendo sus relaciones sociales en un marco institucional son diversas en el mundo, respondiendo a culturas fijadas en identidades, que de acuerdo al relato dominante, van construyendo un modelo común de convivencia.
El Estado es la resultante de la configuración de los procesos históricos de memoria compartida, y sólo puede ser comprendido desde la historia misma de los pueblos, con una mirada respetuosa, ya que siempre estamos observando la foto de un largo proceso de construcción social, económico e institucional.
Así, es difícil analizar con visión estrecha diferentes procesos: los gobiernos parlamentarios con monarquías vigentes, a las cuales la democracia no sólo respeta, sino que acude a esos “reinados”, ante situaciones de crisis o de decisiones estratégicas.
No existe un solo formato democrático, sino que se acumulan en el mundo en formatos disímiles: democracias participativas desde los niveles municipales, otras son presidenciales basadas en la división de los poderes republicanos, como en nuestro caso, democracias con partido único que incorporan todas las variantes ideológicas, como los casos de las experiencias derivadas del marxismo.
También existen democracias laxas de voto voluntario y bipartidismo como EEUU, y en otros escenarios monarquías absolutistas que llaman a elecciones para parlamentos limitados a funciones menores, como así también los mal llamados gobiernos teológicos, cuya figura tipo monarquías occidentales, corresponden al clero o imponen la religión como absoluta, más allá de los Parlamentos, como Irán o Israel.
El desconocimiento de estos elementos nos hace pensar a los argentinos que vivimos en una democracia plena, por el sólo hecho de votar, de tener un parlamento y un servicio de Justicia que responde al formato republicano instituido desde la Constitución nacional de 1853, pero desgraciadamente no es así.
La democracia argentina desde 1983 fue otorgada por un tutor, que es EEUU, que determinó el fin de la Doctrina de Seguridad Nacional, conducida desde la Escuela de las Américas de Panamá, que desplegaba dictaduras cívico-militares, en toda América latina. El costo político creciente de las luchas armadas y el deterioro de la imagen imperial en los niveles populares, llevó a EEUU a reconducir el proceso de su patio trasero, desde un formato democrático limitado al Mercado como ordenador social absoluto.
Los 10 puntos del Consenso de Washington poco comunicados por la dirigencia política, determinaron la consolidación de la estructura macroeconómica dependiente en nuestro país, sujeto a la tutoría plena de los organismos internacionales de crédito tipo FMI y Banco Mundial, que fijaron quiénes conducirían los destinos económicos del país, al tiempo que combaten las llamadas por esos organismos, “desviaciones populistas”.
Dicho proceso fue apuntalado por el Pacto de Olivos de Alfonsín y Menem, quienes convocaron a la Constituyente de 1994, que siguiendo esos pasos, dispersó las políticas sociales, de salud y educación a niveles municipales, y otorgaron los bienes naturales de nuestro país a políticas provinciales de comercialización, provocando una fragmentación de la concepción del federalismo como integración de Patria, propugnado institucionalmente, dividiéndolas entre provincias ricas y pobres.
Este esquema dependiente no pudo ser superado ni siquiera en el período del peronismo de los Kirchner, que sin dudas fue el proceso de ampliación de derechos más importante desde el inicio de esta democracia, pero que no pudo vencer a la estructura macro económica dependiente, aunque su persecución posterior, desde EEUU a través de Lawfare, se basó en especial por haber desmantelado el sistema previsional privado de la AFJP, verdadero saqueo de las finanzas públicas y deterioro de las condiciones remunerativas de jubilados y pensionados.
Pero la persistencia de las ART y los seguros de salud siguieron su camino, como el intento siempre reiterado de modificación de las leyes laborales y DDHH, persistiendo en un apologismo que intenta el enemigo, apoyado en un negacionismo de las dictaduras cívico militares, cuyos protagonistas de entonces son hoy instrumentos de conducción del Estado, con el objetivo de borrar la historia, práctica esencial del colonialismo para apuntalar su control social y político como en el actual Gobierno central, que ha hecho de la claudicación nacional una práctica diaria.
Un proceso como el que la Argentina está viviendo, se caracteriza por un retraso de 100 años en la política nacional, anterior aún a la “Década Infame” de los años 30, caracterizado por la represión a los incipientes procesos sociales de derechos y una acumulación de las riquezas obscena, que hoy debe contextualizarse en el marco internacional, en donde dominan los Fondos de Inversión Buitres, que condicionan soberanías nacionales, manejan gobiernos y han consolidado su presencia en el mundo unipolar occidental, en pugna con el mundo multipolar mayoritario, que ha girado el comercio mundial hacia el oriente, cambiando desde hace 25 años la política internacional.
Un “topo” que vino a destruir el Estado es la expresión del Gobierno actual, es decir la negación misma de la política institucional del sistema republicano, que usado como eufemismo en realidad expresa a un Estado al servicio de intereses ajenos a las necesidades y demandas del pueblo argentino en su conjunto. Desde trabajadores a industriales abandonados por un Estado que le da la espalda a las demandas, incluso las que debe atender por mandato constitucional.
El saqueo acumulado a la corrupción, la invasión narco financiera en la política, la estafa monetaria asociada a la especulación financiera, junto a la entrega del patrimonio nacional de sus bienes naturales, es un escenario de abandono total de la soberanía nacional, ofrendada a manos de la lV Flota de EEUU y un sistema de subordinación internacional que incluye además a Israel, Inglaterra y la OTAN, que como conjunto explican un proceso de coloniaje que llevará a la Argentina a su fragmentación nacional, como son los diseños estratégicos del enemigo, que hoy maneja el poder real.
No se trata de ideologías de derechas solamente, sino de claudicación y entrega nacional, que define el futuro del país y de las nuevas generaciones, las cuales van naturalizando esta forma de conducir al Estado; una forma naturalizada de siembra de odio y diáspora social racista, xenófoba y homofóbica.
El pueblo argentino siempre abrió los brazos a los pueblos del mundo; fue creando una identidad única, sintetizando en la construcción histórica, desde los pueblos originarios a los negros, mulatos, zambos, criollos, inmigrantes que fueron adaptando sus memorias a una identidad común, nueva, gestada con una conciencia colectiva de Patria y amor por la paz.
Estamos frente a un proceso distópico que debemos resolver, que no será por posiciones ideológicas duras, generalmente sectarias y dogmáticas, sino por generar con sentimiento patriótico, proyectos de país en lo estratégico que recuperen los valores que hemos sabido cultivar, desde nuestra inserción a la Patria Grande latinoamericana como espacio común de realizaciones compartidas, hasta la apertura soberana al mundo multipolar, con compromiso de desarrollo económico como motor de la Justicia Social.
Aquello es condición indispensable para reconstruirnos como seres humanos y en armonía con nuestra naturaleza, aportando a la re-humanización de la Humanidad, dominada en nuestros días por la crueldad y el asesinato como forma de resolución de conflictos, y las guerras otorgando los instrumentos necesarios para conservar hegemonías perdidas, que occidente festeja con muertes, mientras oriente defiende y resiste con una concepción multipolar de respeto a las soberanías nacionales.
Fuentes de referencia:
Enrique Dussel: Filosofía del Sur- Descolonización y Transmodernidad Ed. UNAM
Ramón Grofosguel: Sujetos Coloniales Ed. Series Decoloniales
Alcira Argumedo: Los silencios y las voces en América Latina Ed. COLIHUE
