Entre promesas que se derriten y escándalos que se acumulan, el gobierno pierde algo más que apoyo: pierde sentido. Mientras tanto, el poder real ya ensaya un plan B sin cambiar de modelo.
¿Hasta dónde puede caer un gobierno cuando la realidad lo desmiente todos los días? Lo que se observa no es un tropiezo aislado ni una mala racha, sino un deterioro sostenido, acumulativo, que avanza sobre tres pilares cada vez más frágiles: la economía, la credibilidad y la autoridad política.
El problema no es solamente que la economía no arranca. Es peor: el relato oficial insiste en un rumbo que la experiencia cotidiana desmiente sin esfuerzo. Cuando lo que se dice choca de frente con lo que se vive, el discurso deja de ordenar y empieza a irritar. Y cuando irrita, deja de ser herramienta de poder para convertirse en ruido. Y a la larga, el ruido molesta a propios y extraños.
Mientras tanto, la calle habla otro idioma. Caída del poder adquisitivo, incertidumbre permanente, servicios más caros y más precarios, y una sensación de agotamiento que ya no se disimula. La paciencia social, que durante meses funcionó como un crédito político, empieza a vencerse. Y con un estruendo mudo aún de magnitudes inimaginables.
En ese contexto, los episodios que erosionan la autoridad se multiplican. Ya no son hechos aislados, sino síntomas de una coherencia que se desarma. El escándalo que involucra a funcionarios, las sospechas de corrupción, los privilegios mal explicados, los negocios cruzados: todo pesa el doble en un gobierno que hizo de la moral su principal bandera. Porque cuando se promete ser distinto, cada contradicción no resta: perfora.
Pero hay algo más profundo en juego. El clima social ya no se mueve entre la expectativa y la decepción, sino entre la bronca y el descreimiento. Cuando una gestión empieza a rozar el ridículo, el problema deja de ser político para volverse simbólico. La pérdida de respeto es un punto de no retorno: es mucho más difícil recuperar autoridad que conservarla.
Es inexorable que ese desbarranque siga erosionándolo todo, con Jamoncito a la cabeza de un peligrosísimo ridículo, mientras el mundo ya se sitúa en los albores de una tercera guerra mundial.
A este cuadro se le suma una seguidilla de semanas particularmente adversas. Escándalos que se superponen, conflictos sociales que reaparecen, programas que se desactivan dejando a cientos de miles en la más abyecta de las miserias, protestas que ya no se contienen con facilidad. La promesa del orden empieza a derretirse al mismo ritmo que la promesa económica. Y ambas arrastran consigo la última ilusión: Esa bosta maloliente sobre la que los libertarios sentaron sus reales durante estos años: la pretendida “superioridad moral”.
A la mierda mil veces con todo eso. Ya fue. Desde esa perspectiva, están terminados.
La situación es aún más delicada porque el problema ya no parece reducible a errores puntuales. Lo que está en crisis es una forma de ejercer el poder: sin anclaje político sólido, sin construcción de legitimidad duradera y con una dependencia casi exclusiva de la coyuntura. En ese esquema, cada golpe pega más fuerte que el anterior.
Sin embargo, el dato más inquietante no está solo en el gobierno, sino alrededor. Entre los sectores de poder que lo apuntalan y que lo situaron en Balcarce 50, léase: empresarios, financistas, actores de peso real tanto locales como internacionales, empezó a circular una idea que hasta hace poco parecía prematura: el “día después”. No como un deseo, sino como una hipótesis de trabajo.
No se trata de abandonar el modelo, sino de preservarlo aun cuando su principal figura se desgaste hasta volverse inviable. Un “mileísmo sin Milei” como sugirió Ale Bercovich días atrás en uno de sus siempre impecables análisis.
No hay amores entre ellos, aunque una larga lista de nuestra población siga y seguirá por siempre sin entenderlo: Sólo hay negocios, y el grueso estamos totalmente fuera de dicha lógica. La cosa va siempre sin anestesia: si el experimento falla, que al menos sobreviva su orientación. En ese cálculo frío, el Presidente empieza a ser visto no solo como un activo, sino también como un riesgo. O acaso incluso un escollo a resolver.
Las señales que alimentan esa percepción son múltiples. Un estilo cada vez más errático y con constantes señales de patetismo en aumento, una exposición desbordada, reacciones desmedidas, un corrimiento hacia formas de comunicación que generan más preocupación que adhesión. Incluso figuras que eran consideradas contrapesos dentro del propio esquema empiezan a diluirse en esa dinámica.
Al mismo tiempo, las condiciones estructurales tampoco ayudan. Una economía que no logra estabilizarse, metas comprometidas que difícilmente se cumplan, reservas en niveles críticos, y un frente externo que ya no ofrece el respaldo automático que se suponía. En ese escenario, cualquier shock puede ser el detonante.
La ausencia, al menos aún, de una alternativa política clara con un programa integral de gobierno que pueda entusiasmar a buena parte de la sociedad, lejos de fortalecer al oficialismo, profundiza la incertidumbre. La sociedad queda atrapada en una especie de limbo: descontenta con el presente, pero sin identificar un rumbo distinto. Ese vacío no estabiliza, sino que erosiona aún más la confianza.
Así, la incógnita se vuelve inevitable. Tal vez esto no sea todavía el fondo. Si la economía no responde, si los conflictos escalan y si la credibilidad sigue cayendo, el deterioro puede acelerarse. Y los infiernos por venir pueden resultar mucho más desoladores que nuestro presente. Cuando se combinan crisis material y pérdida de confianza, el problema deja de ser circunstancial. Se vuelve endémico.
En esa pendiente, debe inquietarnos no solo la caída sin un claro final a la vista. Peor aún: es que mientras ello ocurre, muchos ya están pensando cómo seguir sin cambiar demasiado. Y eso, en el fondo, dice tanto del gobierno como del sistema que lo sostiene. Un sistema que, si nos toca quedar tapados bajo el agua, sólo garantiza que el único cuerpo social que se mantenga a flote… sea aquel constituido por la mierda misma.
