Un texto que escribimos en 2019, cuando los muertos bajaron de Senkata a demostrarnos que los golpistas podían tener la fuerza pero jamás la razón. Ahora tampoco triunfarán los que pretenden (que son los mismos) acabar con la wiphala y el Estado plurinacional.

¿Por qué vencieron los «Salvajes»?

Porque fuimos nosotros quienes les inventamos, fue lo más execrable que escupimos para justificar nuestro desprecio; transfiriendo nuestras propias miserias en sus caras tostadas del frío que nunca recorrimos.

Les atribuimos el horror de nuestras peores angustias, la autoría de nuestras propias endechas; por eso temíamos que bajaran su pobreza a inundar nuestro sosiego, porque lo peor de nosotros fue el monstruo que proyectamos en el barro de sus ojos hasta hacerlo indomable, insufrible.

Vencieron porque fue nuestro miedo, el más temible miedo de uno mismo el que fue alimentando nuestra impotencia de vernos reflejados en la imagen que habíamos inventado. Y nuestras propias habladurías y maledicencias atizaron aún más nuestra zozobra: Bajarían su sombra infinita por los cerros, harían arder la noche para siempre en las laderas, el viento resucitaría los gritos de sus muertos, la lluvia precipitaría a sus dioses para acabar condenando el mundo que heredamos, el mundo que creíamos nuestro. Pudimos guarecernos, escudarnos, pero nos quedamos lúgubres, sombríos, esperando, desgajando los segundos uno por uno, desesperando hasta desfallecer, sorprendidos por una madrugada que nos marcó con su hiel trasnochada, hiriendo nuestra poca fe que en vano se atrincheró en barricadas piadosas, armados hasta los dientes, que tiritaban sin saber qué más hacer. Pero al amanecer sólo fuimos descubiertos por nuestra propia oscuridad, que había ahuecado nuestra propia alma para siempre.

Ellos habían vencido sin necesidad de abrir las laderas, o cercar la noche, sin necesidad de precipitarnos los cielos o barrer el horizonte con tempestades añejas. Habían vencido porque destaparon nuestro miedo y desde el hueco que nos habíamos hecho a nosotros mismos, asomaron su hoja verde y su humo blanco, su alcohol y su incienso para instalarse definitivamente en nuestra carne; pero en nuestros adentros sólo despertó el odio inútil que punzaba con saña nuestro corazón lleno de tierra, lleno de sangre, del mismo color que había manchado nuestras manos.

Vencieron porque fue nuestro propio miedo el que hizo inapelable la resurrección. Vencieron porque el barro con que fueron hechos fue el mismo barro que hizo florecer la primavera que trajo la vida de nuevo.

Vencieron porque nos mentimos a nosotros mismos: el otro no era el enemigo. El otro era la patria misma.

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