Algunos de los círculos infernales del conurbano comienzan a manifestarse en toda su abrumadora nitidez, cada vez con mayor frecuencia y hasta con indolente desparpajo.
El cronista se encuentra en el primer tercio de su viaje de retorno al hogar en Ituzaingó, desde su rutina laboral de los fines de semana, en Villa Luzuriaga. Viaja esta vez, sentado en una formación del 242 ramal San Justo – Morón.
Llegando a la intersección de Ignacio Arieta y Avenida Don Bosco, el chofer para y permite que suba sin pagar pasaje una familia compuesta por presuntos papá, mamá y dos hijos varones de unos 10 años de edad. Quizás más, quizás menos. Los adultos evidencian dificultades de índole mentales o algún grado, acaso, de alienación causada por múltiples probables factores, de los cuales resalta la miseria extrema que ostentan.
Suben con dos carritos colmados de bolsas. Uno de los carritos queda en medio del pasillo, junto a la primera hilera de doble asiento, donde van sentados la madre y uno de los chicos. El 242 dobla por avenida Luis María Campos para insertarse lánguidamente en territorio moronense.
El carrito suelto cae, y junto a él, se abre una de las bolsas y se desparrama en el piso. Discute la pareja, agitando ambos sus brazos y emitiendo una especie de gruñidos que no alcanzan a clarificarse como palabras en castellano básico. Finalmente, la mujer se decide y vuelve a meter por el agujero que se hizo en la bolsa, un par de zapatillas, algunas telas, y una bolsa con algo que se asemeja a pizzetas apelmazadas unas a otras. Luego levanta todo y lo lleva sobre sus faldas. Así hasta llegar a plaza La Roche, donde descienden antes que el resto del pasaje.
Simultáneamente, mis ojos dan testimonio como cada fin de semana al arribar a la habitual fealdad de la mencionada plazoleta frente a la estación Morón del FF.CC. Sarmiento, que decenas… qué digo decenas, cientos y hasta para ser más preciso, un largo par de centenares de seres humanos, forman desprolijas filas sobre la vereda de 25 de Mayo y doblan por avenida Rivadavia, esperando que una institución benéfica les brinde una pequeña vianda de comida, seguramente la única que comerán en todo el día, exceptuando sobras de alguna panadería o algún tacho de basura del cual satisfacerse, si cabe la adjetivación.
El cronista atraviesa, como cada fin de semana, dicho espacio público del corazón de nuestro conurbano en horario nocturno, no siempre bien iluminado claro está. Divisa considerable demora para esperar al siguiente convoy del ferrocarril, así que decide cruzar la estación para ir a tomar el colectivo de la línea 395, que lo dejará cerca de su residencia, al fin.
En ese derrotero entre roedores por doquier, mientras cruza las vías pensando en una emblemática canción de Leonard Cohen “Everybody Knows” (Todo el mundo lo sabe, traducido a nuestro paladar rioplatense), observa sin asombro alguno, a un borracho en el peor de sus momentos, como abrazado a un rencor, vomitando junto a la barrera.
Escasos 50 metros más adelante, otro ebrio que se apoya contra un poste de luz, un hombre ya maduro, de edad bastante indefinida pero cercano a los 60 años, por lo menos. Si se suelta, caerá desvanecido en su propio lodazal de orines y vómitos. El callejón sin salida, donde la dignidad ya no importa en lo más mínimo.
Y las urgencias arrecian, mientras las “personas inteligentes” conceden años y años a quienes concienzudamente vinieron para profundizar el deterioro del tejido social hasta volarlo en mil pedazos. Que es lo que ya se evidencia con tan solo caminar y caminar, y caminar. Pero eso sí: Los «educados» conceden «gobernabilidad»… para que todo vuele por los aires, muchísimo más temprano que tarde.
Ahora el cronista dobla por Crisólogo Larralde, una cuadra lúgubre en su oscuridad y veredas destrozadas desde tiempos inmemoriales, entre Independencia y Cabildo, exactamente donde hay numerosas paradas de colectivos. El tercer borracho, yace recostado sobre el asiento de la parada del 441 cartel San Alberto. Mañana no sabrá qué sucedió esta noche. Y seguramente pasado mañana tampoco sabrá lo que sucederá mañana en cualquier parte de la jornada.
Golpe de suerte! El 395 llega tras menos de 10 minutos de espera, acostumbrados como estamos todos sus usuarios a los 30, 40 o 50 minutos de espera regulares tanto sábados como domingos. A mitad de viaje, sobre avenida Sarmiento, en las coquetas calles de Castelar, una señora experimenta alguna clase de brote, y comienza a gritar y a emitir incoherencias.
Algunas palabras son distinguibles con absoluta claridad: Remiten a verduras que no fueron compradas. Comida que ya no hay, pero que su mente mantiene cual tortura cotidiana en medio de sus delirios. Al rato, se calma sin que nadie le diga una sola palabra. Y una aparente normalidad vuelve a marcar prudente presencia al interior de la formación, mientras una interminable senda de luces mortecinas nos saludan sin sonrisas a nuestro paso.
Los que aún no llegaron a esos círculos del infierno, en todo caso estamos apenas un escalón por encima, como dijera la cardióloga a este cronista, a quien sentenció como “detonado de estrés” y le reclamó desentenderse de “la política” por tiempo indefinido, según ella, en caso de que desee sobrevivir, paso previo a re-vivir. Vaya uno a saber. Seguramente ella tiene toda la razón.
Al menos, este vecino precisa dar testimonio de estas realidades de nuestros nadies, sin romantizarlos ni estigmatizarlos.
El país invivible ya está entre nosotros. Y entre pibes que portan armas y multiplican amenazas en masa, violencia social que se acrecienta exponencialmente en todo su salvajismo, condenados de nuestra tierra que se arrastran sin destino por las callejuelas sucias y oscuras de nuestras y todas las ciudades y pueblos habidos y por haber, mucho más simpáticos en sus auto-bombos publicitarios que en la sórdida realidad que los suele atravesar… así como también una legión de indiferentes, un puñado de almas sensibles y caritativas, un amplio pelotón de insanos que gozan con todo este cuadro, y los poderosos de siempre que se hacen cada vez más poderosos sin que nada ni nadie les ponga un verdadero coto final…
… el cronista finalmente arriba a su harto modesto hogar. Desensilla, pone agua a calentar en la pava, y sólo atina a pensar, mientras contempla su patio desde el ventanal de su habitación: “Bienvenidos al tren”.
