Esteban Echeverría fue un poco el ícono de esta mirada.

Estando en Europa se topó con las ideas del «socialismo romántico» de Saint Simón, que en el arte se resume en la frase de Tolstoi «pinta tu aldea y serás universal». Así muchos pintores y escritores vuelven la vista a describir lo propio, lo que para Echeverría era un problema: lo propio le da asco.

Y cuando tiene que describirlo lo hace tapándose la nariz.

Así escribirá «El Matadero» donde vuelca todo desprecio por los gauchos, y «La cautiva» donde su repulsión va dirigida esta vez a los indios. En esta obra, incluso, el protagonista no se llama José ni Ramón, sino Brian.

La «pasión» anidó en la patria interior, es el volkgeist del que hablan los alemanes. Un conjunto de historias, saberes empíricos e ideas salidas de la propia tierra, una cultura propia basada en amores y odios sin ningún procesamiento científico.

El peronismo es la gran prueba de la pasión argentina transformada en movimiento político.

Esa batalla de la razón y la pasión que Sarmiento resumió en civilización versus barbarie.

Con la llegada de la globalización, el triunfo racionalizador del liberalismo occidental parece haber triunfado. Y cuando hablo de liberalismo menciono también a sus variantes «de izquierda», el marxismo y el progresismo.

Es entonces, cuando más derrotados nos sentimos, cuando más nos aferramos a la barbarie, a la pasión.

Amamos a Perón pese a todo lo que lo atacan, como a Maradona o a Cristina.

Pero donde es patente que la trinchera bárbaro/pasional es irreductible, es en los cultos populares y sobre ellos se destaca el amor al Gauchito Gil.

Es conmovedor ver cada 8 de Enero sus santuarios llenos de personas tan diferentes entre sí, el gran frente policlasista peronista, desfilando con un vino en la mano. Que si uno lo piensa bien, con la mirada de los racionalistas quizá no tenga lógica alguna. Piénselo, dejarle un vino tinto a una estatua, mientras se baila chamamé, obra milagros.

Sin embargo los milagros sí ocurren, así lo testimonian cientos de placas de agradecimiento. Nuestro pueblo cree más allá de lo que piensen las usinas de pensamiento de la intelligentzia liberal de izquierda a derecha.

Mi vieja en 2002 pudo tener su propia casa a los 50 años en medio del corralito de Cavallo que dificultaba la venta de propiedades, y aún así la casa de Valentín Alsina, que era de mi abuela, se vendió y con el dinero de la sucesión, que se dividió en cuatro, consiguió una casa en un barrio creado por una cooperativa peronista, y allí vive hoy en su propio techo después de haberle pedido al Gauchito una mano.

Creer o reventar.

Alguna vez mientras hacía la fila para dejar mi vino y mi pedido, observé detenidamente alrededor y veía paisanos de faja y sombrero, guachines de gorrita, comerciantes pidiendo salir adelante, remeras de Callejeros, La Renga y Almafuerte, señoras con sus hijos enfermos pidiendo salud.

El verdadero milagro, entonces, es la fe de nuestro pueblo, que castigado y traicionado una y otra vez sigue en pie, enfrentando y oponiendo a los teóricos del iluminismo burgués su propio sentir fuera de cualquier molde.

Mientras nos aferremos a eso nunca habrán de derrotarnos del todo, y siempre tendremos la esperanza de recuperar para la nación sus riquezas y, al repartirlas entre nuestro pueblo, quizá ya no hagan falta milagros y podamos darle al Gaucho Antonio Mamerto Gil un merecido descanso.

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