Otros suponían que un sufrimiento tan extremo como el que atravesó el mundo cambiaría la esencia humana. No pocos sobrevivientes no se han recuperado de las grandes pérdidas cercanas, pero a nivel general y desde los medios de comunicación poco nos hacen pensar ya en aquella tragedia donde tocamos fondo.

Vivimos en aislamiento, los Estados han puesto un sistema sanitario en marcha, logramos producir nuestra propia vacuna, no tocamos fondo en la asistencia sanitaria, perdimos seres queridos, cercanos, conocidos y aun así los comportamientos individualistas parecen contrarrestar y desdibujar aquellos costes consumidos. Sinceramente no logro entender al humano.

Hace unos días retomé la gama de reflexiones que anteceden, a partir de que pude ir a ver al cine una película argentina llamada «La burbuja» (Rocca, 2023). Debo decir que elegí esta obra porque me interesó el reparto, y tal como acostumbro, me informo poco o nada acerca de su contenido antes de verla. Busco que la producción me sorprenda, me dejo llevar y asumo los riesgos, soy poco afecto a los comentarios que formulan “los críticos”, tal como ven estos asuntos. Recuerdo en el 2002 cuando vi en estreno “Las horas”, dirigida por Stephen Daldry, las críticas que había recibido no fueron buenas, sin embargo, y no siendo alguien que elija cine norteamericano, la obra me pareció sublime. ¿Será que la subjetividad muestra sus límites y particularidades? Pues, creo que sí.

La burbuja desnuda las punzantes aristas de una estafa en lo más preciado: la confianza. Narrada como un cuento, la psicología de los personajes que interactúan enrarece el clima y pone en circulación un mundo paralelo, donde sus habitantes están en crisis y buscan escapar de la situación de aislamiento. Pero el desenlace pone en juego una salvación relativa, porque básicamente el aislamiento habita la interioridad humana y se sostiene con mezquinos intereses. Suena conocida esta cuestión de los “intereses humanos” sobre todo cuando una realidad extrema amerita dejar de lado la salvación personal.

Vuelvo entonces al punto: la pandemia de Covid-19 no nos volvió mejores como se esperaba y, a ojos vista, una realidad egoísta nos hace presa de actos organizados que devienen en la salvación de algunos en detrimento y muerte de otros. En virtud de quienes deciden creer, no son pocos los que actúan como si nada hubiera pasado y hacen tábula rasa de todo aprendizaje y de los logros, para dejar salir el enano fascista que llevan adentro, sin reparar en las pérdidas del gran conjunto de semejantes.

Lo dramático teje una estructura futura nefasta que rige sus destinos.

Y tal como versan las viejas películas argentinas, deslindando responsabilidades, “cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia”.

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