Nocturna (1). Es la noche más larga para un hombre viejo. Aquella donde las inmensidades parecen dejarlo varado en medio de un mar sin norte. Es que a su tiempo la mente no le responde, se pierde inexplicablemente por los vericuetos del edificio de departamento que habita.
A don Pepe, un duende que se sigue paseando por los teatros, aquellos que se niegan a la noche de los tiempos.
Su morada desde que se casó y que hoy le suena extraño. El portero conoce sus pasos cansinos, le anticipa las andadas y le sugiere guardarse, protegerse ante la inseguridad. Esa figura de los tiempos que corren que a él le suma extrañeza. Sabe que debió de hacer la compra, pero a mitad de camino quedó absorto, se olvidó de lo que le habían encomendado. Ensimismado volvió por ayuda y se encerró en el viejo departamento.
Detrás de la puerta nacen otros vericuetos, en su interioridad los fantasmas que lo conocieron en vida y las inconclusas conversaciones que quedaron truncas por la imposibilidad de aceptar la realidad . Su mujer es una presencia-consciencia inconsistente que le sigue imponiendo la ley. En su atávica presencia que lo somete, la vive como compañía. En los vericuetos dialogan las presencias de un pasado feliz, él hecho niño, Dalia su mujer en tiempos de adolescencia. Con ellos siente protección ante hechos que es incapaz de resolver inicialmente, como aquello de la vecina muerta que busca su cuerpo caído en el patio de su casa. Esa que conservó fotos de él como si fuera un ser exótico.
A medio de escribir las impresiones de esta historia de terror, me aparece Silvina Ocampo con uno de sus cuentos, quien en un pasaje de Y así sucesivamente escribe: “Si uno va en busca de un mundo sin recuerdos, casi siempre va desahuciado, a la nieve, a las cumbres nevadas, pero a veces inalcanzables, donde oiremos un ruiseñor que anuncia la primavera en sueños, o los cascabeles del trineo, la dicha. Entonces se busca y se llega por varios subterfugios al mar, a la orilla del mar porque la arena es el lugar de los sacrificios y de las diversiones más sutiles (…)”.[2]
Ulises (Pepe Soriano) se empeña en buscar un mundo con escasos recuerdos, siempre aparece la casona de campo de Dalia, su mujer (Marilú Marini), allí donde fueron felices en una eternidad del tiempo de la adolescencia, interminable en apariencia, conservado en la memoria arcaica, con presencias que lo visitan en ese mar que busca la costa.
Atormentado busca entender, poner las cosas en su lugar, corriendo el velo de lo irreal. La mente joven acomoda las cosas, evitando que lo sucedido no escape del lugar de los recuerdos. La memoria, una de las funciones de la mente, es un reservorio al que se recurre para poder contar y evocar.
Ulises no es el mismo, no solo porque los recuerdos se le escapan, sino porque queda detenido sin saber para qué fue ahí, intentando recuperar el presente. Su mente no retiene y el deterioro pone en escena aquellos que ya no están, y que dialogan con él. El tránsito por los espacios de su departamento laberíntico casi no lo protege. Siente miedo y corre escapando de la reclusión que su hijo (Nicolás Scarpino) ha decidido para poner fin a las incomodidades que causa y a las que él le escapa.
Allí en la cocina llora como un niño, agradeciéndole a su madre (Marina Artigas) a quien ve joven que apañe su desconsuelo. Ella lo mira tiernamente y lo acaricia tal vez diciéndole ya va a pasar hijo. Ahí justo vuelve Silvina aleccionándonos “si uno busca un mundo sin recuerdos para olvidar, no existe una venda para nuestros ojos ni tapones para los oídos. Nuestra piel alerta está cubierta de ojos, aunque se piense que tenemos sólo dos ojos; y de orejas, aunque se piense que tenemos sólo dos orejas; y de lugares claves de nuestro cuerpo, que nos comunican con la más inconfesable espiritualidad del sexo, como la palma de la mano en la mujer, y el reverso del codo o el pabellón vulnerable de la oreja y la curva del pie en el varón.
Ulises recordó a su hija Irene, necesitó comunicarse telefónicamente y pedirle perdón por un suceso pasado que él no quiso comprender. Supo que no se está muerto sólo cuando el cuerpo desaparece, también cuando el diálogo se extingue. Los recuerdos de Irene, su hija a quien no ve desde hace décadas, lo llevaron a recuperar una foto, también a recuperar su voz para pedirle perdón. Así se fue al amanecer luego de esa larga noche donde pudo encontrar un camino hacia la liberación del deterioro.
La película de Calzada fue caracterizada por él como parte del género de terror, y tal vez esa categoría encuadre una manera Punk de hacer cine, donde no debemos de buscar elementos exotéricos ni ajenos a todos aquellos que pueden crearse en la intimidad misma de las personas.
[1]El título completo de la película de 2021 es Nocturna. La noche del hombre grande. Fue dirigida por Gonzalo Calzada y se encuadra en el género de terror. Fue la última película protagonizada por Pepe Soriano.
[2]Ocampo, S. (2023). Y así sucesivamente. Buenos Aires, ed. Lumen, pág. 106.
