Ancianidad y suicidio en Morón: En la tarde de este jueves 8, Gabriela Antón, de 63 años de edad, decidió quitarse la vida. El hecho ocurrió en pleno centro de Morón. Se arrojó al vacío desde el octavo piso del edificio ubicado en la calle Uruguay 160 y cayó sobre una especie de balcón saliente cerca del primer piso. Se sabe que dejó una carta donde se encontraron los números de teléfonos de sus familiares.
Como integrante del sector social denominado de la “tercera edad”, siento que estos hechos, producen tristeza tanto como individuo y como sociedad. Sin vincular directamente este caso, sabemos que períodos socio-económicos como el que estamos atravesando, tienen efectos negativos sobre nosotros como personas.
En la ancianidad nos convierten en el grupo social de descarte. Funcionarios y multimedios moldeadores de opinión pública, afirman que habría que aumentar la edad jubilatoria por la prolongación de la esperanza de vida. O peor aún, como afirmó hace un tiempo Christine Lagarde, ex-directora del FMI “los ancianos viven demasiado y es un riesgo para la economía mundial”. Desenlaces de suicidios parecidos han sido recurrentes durante el menemismo y el macrismo – tanto en sectores de la tercera edad como en población en edad laboralmente activa ante la desesperación por el incremento de la desocupación y toda la angustia interna que ello conlleva, de la mano del arribo de la miseria-. Así es como nos ven.
En el neoliberalismo o anarcocapitalismo existen profundas contradicciones entre los avances legislativos en materia de derechos para los mayores, y las acciones concretas de políticas económicas y sociales que pensaron a la población, sobre todo a nuestro grupo etario, como una variable de ajuste conceptualizada desde la lógica financiera. En este marco es cuando hay una mayor tendencia a que afloren causas psico-sociales y ambientales que promueven estos fatales desenlaces.
