Por ejemplo, repensar qué es la lucha de clases y en qué posición queda uno frente a un capitalismo en el que hay propietarios de medios de producción, y quienes sólo tienen su fuerza laboral para aportar a su comunidad y sobrevivir dignamente.

La iconografía televisiva hace posible invisibilizar que existen quienes contratan trabajadores.

Cada vez con menos se produce más, y esto deja afuera a quienes deben arremangarse para vender lo que puedan en un mercado cada vez más exigente y restrictivo.

A la hora de mirar los grandes números (producción pesada, bienes de capital, energía o de alta tecnología, por mencionar sólo algunos rubros) cuentan poco las cooperativas, fábricas recuperadas y otras formas de economía social que se esfuerzan por sobrevivir en un entramado de negocios cada vez más despiadado.

Aquellos aparentes benefactores sociales “que dan trabajo” son mimados por políticos en activo y pasivo. Nunca se dice de ellos que utilizan/se aprovechan/explotan el trabajo de otros. Esto se verifica bajo sus órdenes y en los lugares de trabajo, donde la única democracia posible, libertad de expresión y uso de derechos, se da si uno tiene un cuerpo de delegados atento a los trabajadores y no comprado por la empresa.

Y al pensar en abstracto, desde una universidad, mesa de bar o biblioteca, que los intereses de patrones y trabajadores son distintos, no inventamos nada, pero nos deja la incómoda sensación de saber que a la hora de discutir qué se lleva cada uno a la casa o la cuenta bancaria, hay disputa y no confluencia de intereses.

Movimiento policlasista

Pretender construir un movimiento policlasista que integre capital y trabajo, trae la contradicción central del capitalismo (algo que puede disfrazarse en discursos, pero no en las fábricas) al interior de la propia fuerza. Esto es, uno puede hacer como que no hay izquierdas y derechas, quienes se organizan para equilibrar o distribuir entre los que ponen las manos y el cuerpo, y quienes buscan apropiarse de todo lo posible en lo que se genera desde la producción, maniatando los intereses de quienes lo producen. Pero… al discutir qué hacer para distribuir y ejecutar, la cosa salta.

Hoy se está planteando en el parlamento que no haya multas para quienes toman trabajadores en negro, es decir, para quienes explotan de modo abusivo la riqueza que otros producen sin reconocerles ningún derecho (acceso a la jubilación, sindicato y obra social, por ejemplo). Esto es un ataque que sincera algo que los libros del viejo alemán actualizan aunque otros insistan con promover la  armonía de clases.

En actos y discursos hay quienes plantean que no hay derechas e izquierdas. Pero en la práctica, hay quienes pensamos que es posible distribuir de un modo digno y justo lo que se produce socialmente, y quienes consideran que un trabajador es un recurso a utilizar a voluntad. Quienes creemos que la política es la herramienta para que desde el Estado, y según la correlación de fuerzas que implica estar organizados y unidos para defender en cada ámbito (congreso, medios, la calle, el derecho) las trincheras que cavamos, empujando la realidad para defender el acceso a una vida digna. Pero también quienes buscan consolidar/cristalizar un orden de desequilibrios, desarmando la organización de los trabajadores e impugnando sus agrupaciones políticas o sociales. ¿Y eso cómo se llama?

Incluso en el interior mismo del partido que quiere la armonía de clases actúan quienes buscan encolumnar detrás de grandes épicas (la nacionalización de una empresa es un buen ejemplo) a trabajadores y capitalistas. Pero el mercado, el conjunto de patronales agrupadas y organizadas, cartelizadas, concentradas, extranjeras o asociadas a esos intereses, rápidamente dejan en evidencia lo efímero de estos fulgores de unidad.

Hay debates inconclusos que dejan en evidencia estas contradicciones: la productividad en 1952, pleno gobierno peronista. Pero también el problema del cuello de botella externo, cuando el crecimiento con distribución deja al descubierto la autosuficiencia de la economía, y hay que decidir quién se sacrificará. O cuando hay que armonizar en la práctica quién paga un ajuste por endeudamiento, si reduciendo los beneficios impositivos de las industrias subsidiadas o las cajas de los jubilados.

Hay procesos cíclicos en los que se debe alinear precios y salarios para beneficiar a unos u otros. Y ahí se terminó la armonía social.

El conflicto de la 125, cobrar un poquito más de derechos de exportación a los que ganaban por los precios extraordinarios de sus cosechas, es un ejemplo claro de quiénes están dispuestos a defender a muerte lo que consideran sus privilegios de clase y quienes nos atrevemos a ponerlos en cuestión.

¿El peronismo, o el campo nacional y popular, son lo mismo?

¿La actual izquierda tiene herramientas y capacidad para construir mayorías que sustenten un cambio revolucionario?

¿Es posible construir una alianza de clases sin que una de sus alas sea predominante para conducir el proceso?

¿Cuál es el papel del movimiento obrero organizado en esa épica de transformaciones?

¿Los sindicatos deben hacer la tarea de los partidos?

Los que en la práctica buscamos estas respuestas, requerimos que nos ayuden a afinar la duda y sobre todo, a calibrar nuestras herramientas.

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