Se suele definir a la hospitalidad  como la cualidad de acoger y agasajar con amabilidad y generosidad a los invitados o a los extraños.​ La hospitalidad es un valor ético, difícil de definir. La hospitalidad evoca realidades próximas como la responsabilidad, la compasión, la solidaridad, la acogida, de aquel diferente a mí.

Como se puede analizar en cada asepción, y uso de la palabra, el sentido fundamental se ubica en que un anfitrión recibe y da la bienvenida a aquellas personas que se encuentran fuera, por lo menos ocasionalmente, de sus territorios. Se busca satisfacer las necesidades, fundamentalmente aquellas más apremiantes para estas personas.  Las necesidades más básicas de aquellos a quienes deberíamos acoger son tradicionalmente alojamiento, vestido,  alimentación, atención médica y refugio. Ahora bien, así como las necesidades de las personas cambian, se enriquecen, se potencian y sinergizan, también se deberían ampliar las posibilidades de poder satisfacerlas. Es el caso de las necesidades, y derechos, relacionados  con el ambiente del cual somos parte y que, producto de varias causas y procesos parecería, aunque solo en apariencia, que nos hemos escindido. 

Son varias las preguntas que debemos hacernos en relación al vínculo establecido con el ambiente , y entre los seres humanos, en relación a la hospitalidad; ¿somos hospitalarios los seres humanos con nuestros hermanos que padecen problemas en relación al ambiente; como las sequías e inundaciones? ¿somos solidarios y hospitalarios con las generaciones futuras que no están presentes en este momento, y por quienes tomamos resoluciones que implican restricciones a sus posibilidades de vida y desarrollo? Por ejemplo, tasas de contaminación del agua o tasas de extracción de árboles en los bosques. ¿Cuáles son las causas y procesos que puede darnos pautas acerca de nuestras conductas respecto al ambiente y que comprometen a las generaciones futuras? ¿Podemos revertir esta situación desde la reflexión y las acciones?

La hospitalidad también puede ser definida como el cuidado, atención o la amabilidad que somos capaces de brindar los seres humanos individuales, las familias, las comunidades al acoger o recibir a quienes “visitan” o acuden al territorio donde vivimos, o realizamos nuestras actividades. La hospitalidad como acogida y recepción de los “otros” se vincula no solo con las necesidades de los otros, sino con sus propios derechos que son universales y que debemos contribuir a su consecución.

Los Derechos Humanos han sido reconocidos progresivamente a través de la historia, como consecuencia de graves crisis de la humanidad y de luchas sociales en demanda de mejoras en las condiciones de vida de las personas. Se ha enunciado, recreado, discutido en busca de su consecución varios tipos de derechos humanos. Entre los derechos de tercera generación se incluye el derecho a que los seres humanos gocemos de condiciones sociales equitativas y de un medioambiente sano y no contaminado. Se procura evitar la pobreza y el deterioro ambiental que impacta negativamente en la vida de las personas. Nuestra relación con el ambiente afecta a la consecución de los derechos humanos, temas como la expansión del cultivo a partir de semillas transgénicas, los problemas en la salud derivado de la acumulación, quema y reciclaje inadecuado de la basura, el impacto derivado de la utilización de plaguicidas, el cultivo de especies con destino a la producción de combustibles, y la pérdida de soberanía alimentaria;  son temas en debate en nuestro país,  que no siempre alcanzan a los medios masivos de comunicación dado los intereses económicos y políticos creados. Debemos tener muy claro que sin respetar los derechos de la naturaleza , donde nos hallamos incluidos, no podremos respetar nuestros propios derechos.

En el año 2000 la ONU organizó la Cumbre del Milenio, donde los líderes mundiales acordaron un conjunto de objetivos que se conocieron como los “Objetivos de Desarrollo del Milenio” (ODM). Estos fueron: 1) Erradicar la pobreza extrema y el hambre; 2) Lograr la enseñanza primaria universal; 3) Promover la igualdad de género y el empoderamiento de la mujer; 4) Reducir la mortalidad de los niños menores de 5 años; 5) Mejorar la salud materna; 6) Combatir el VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades; 7) Garantizar la sostenibilidad del medio ambiente, y 8) Fomentar una alianza mundial para el desarrollo. Como puede observarse, de manera directa o indirecta los objetivos del milenio se vinculan en términos generales con el ambiente y en términos específicos con nuestro modo de relacionamiento con el ambiente y las prácticas emanadas de dicha relación. Lamentablemente muchos mandatarios, incluido nuestro presidente, niegan la necesidad de acordar y llegar a la consecución  de estos objetivos, con el pretexto de que estos objetivos que nos proponemos como humanidad dañan la autonomía económica de un país. De nuevo, aspectos económicos que hacen al “crecimiento”  de un país dejan de lado los modos en que producimos y consumimos.

Los problemas y conflictos ambientales son intrínsecos al modelo de extracción – producción – consumo y descarte vigentes, en el cual los bienes comunes naturales son considerados recursos, y como tal se los incluye en el circuito económico sin prestar atención a la compatibilidad entre las tasas de extracción y de renovación o recuperación de dichos bienes. En este sentido, se evidencia una naturalización de los problemas ambientales, en la cual juegan diferentes actores participantes del campo de acciones, los cuales a partir de su capital e intereses plantean estrategias de operación a fin de mejorar su posición. En la agricultura, el proceso de expansión de los monocultivos y su consecuente paquete tecnológico se haya relacionado con los procesos y políticas públicas que lo contienen y trascienden. Uno de los problemas más evidentes se halla relacionado con la pérdida de funcionalidad de los servicios ambientales.

El proceso de escisión del ser humano de la naturaleza que reconoce varias causas y que posee notables consecuencias en la actualidad; Cambio climático, contaminación de ríos, pérdida de especies, desarrollo de enfermedades y muerte de seres humanos también comprometen a las generaciones futuras, quienes no participan tanto del consumo desaprensivo de bienes como de las decisiones que estamos tomando acerca de cómo deben ser las prácticas actuales para asegurar un futuro sustentable, por ejemplo en los límites al incremento de la temperatura

La OMS calcula que más del 25% de la carga mundial de morbilidad humana puede atribuirse a factores ambientales evitables, como la exposición a los productos químicos. El trabajo infantil y la ubicación de la vivienda en las cercanías de la zona de producción y aplicación de plaguicidas han expuesto a un notable riesgo a los actuales productores desde que eran niños. Es posible visualizar el efecto de esta exposición sobre sus propios cuerpos.

Según la organización Mundial de la Salud , unas 355.000 personas mueren por envenenamiento accidental cada año y, en los países en desarrollo, donde se producen dos tercios de esas muertes, los envenenamientos están estrechamente relacionados con la exposición excesiva a productos químicos tóxicos, incluidos los plaguicidas, y el uso inadecuado de estos productos.

Tenemos que tomar conciencia de nuestras prácticas cotidianas y de cómo ellas afectan no sólo nuestras vidas, sino las de aquellos que aún no nacieron. Todavía estamos a tiempo.

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