Mientras la Argentina real se derrumba entre salarios pulverizados, jubilados abandonados, comercios que bajan persianas y una sociedad que parece hundirse lentamente en una mixtura de desesperanza, privaciones y resignación, una parte importante de la dirigencia, dícese peronista, decidió que el gran tema estratégico hacia 2027 no es cómo reconstruir el país, sino cómo garantizar la libertad de Cristina Fernández de Kirchner.

En ese particular universo paralelo, una suerte de anexo de Narnia con rosca partidaria, micrófonos encendidos y épica permanente, la diputada nacional y secretaria general del PJ bonaerense, Teresa García, sostuvo que el futuro candidato del peronismo debe tener como eje central precisamente ese objetivo.

“Hace falta alguien que entienda la lógica por la que vamos a atravesar en el próximo gobierno y que necesitamos que Cristina esté libre”, afirmó en declaraciones televisivas, dejando entrever que la discusión sobre inflación, pobreza, empleo o producción quizás pueda esperar para otro capítulo de la saga.

En la misma sintonía apareció la intendenta de Quilmes y diputada nacional electa, Mayra Mendoza, quien remarcó que cualquier proceso de reconstrucción del peronismo debe mantener a Cristina en el centro absoluto de la escena política y simbólica.

Mendoza convocó además a la militancia a sostener el reclamo por su liberación “hasta que podamos celebrar que con nuestra militancia generamos las condiciones para que Cristina Fernández de Kirchner esté en libertad y, si quiere, ser candidata y presidenta”.

Así, mientras millones de argentinos intentan resolver cómo llegar a fin de mes, conseguir medicamentos o sostener un trabajo cada vez más precario, una parte de la dirigencia opositora parece convencida de que el gran ordenador político, económico y existencial del país pasa exclusivamente por el destino judicial y electoral de una sola figura.

Porque, al parecer, en ese anexo fantástico donde aún sobreviven las liturgias intactas y los discursos congelados en tiempos absolutamente pretéritos, el problema central de la Argentina no sería el hambre, ni el ajuste, ni la crisis social: sería que la «Jefa» siga siendo la única autorizada a mover las fichas sobre el tablero.

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