Vivimos rodeados de palabras.

Mensajes que van y vienen, grupos de WhatsApp que no descansan, memes, videos, chistes, audios, comentarios, respuestas rápidas, emojis y conversaciones que parecen interminables.

Sin embargo, paradójicamente, muchas veces tengo la sensación de que hablamos cada vez más y nos decimos cada vez menos.

Desde el psicoanálisis lacaniano podemos distinguir entre la palabra vacía y la palabra plena. La palabra vacía es aquella en la que el discurso queda sostenido fundamentalmente por el yo, por aquello que conscientemente creemos decir de nosotros mismos. La palabra plena, en cambio, es aquella en la que algo de la subjetividad emerge, donde puede aparecer una verdad singular, algo propio que va más allá del discurso cotidiano.

Y esta diferencia, aunque pertenece al campo del psicoanálisis, también puede hacernos pensar en nuestra manera actual de vincularnos.

¿De qué hablamos cuando hablamos?

Muchas veces, de nada.

O hablamos solamente de nosotros mismos.

En algunos grupos, por ejemplo, parece que todo debe convertirse en un chiste. La cargada permanente, la ironía, el meme, la risa. Todo se transforma en humor. Pero cuando alguien intenta hablar seriamente de lo que le sucede, aparece cierta incomodidad. Como si profundizar fuera demasiado.

También parece existir una creciente intolerancia hacia aquello que requiere detenernos.

Un audio largo molesta. Una conversación profunda puede resultar agotadora. Escuchar al otro requiere tiempo. Y escuchar verdaderamente implica algo todavía más difícil: dejar de pensar durante unos minutos en lo que yo quiero decir para poder recibir lo que el otro está diciendo.

Quizás por eso algunas conversaciones se transformaron en verdaderos monólogos compartidos.

Uno habla, habla y habla. El otro espera su turno, pero ese turno nunca llega. Porque quien habla no está necesariamente interesado en encontrarse con el otro; está interesado en ser escuchado.

Y esto también aparece cuando alguien se anima a contar algo importante, algo que le duele, algo que necesita compartir, y recibe como respuesta una minimización:

“Bueno, no es para tanto.”

“Ya va a pasar.”

“No pienses tanto.”

“Hay gente que está peor.”

Frases que parecen respuestas, pero que muchas veces funcionan como una forma de cerrar la conversación.

Porque escuchar al otro implica reconocer que lo que siente tiene un valor, aunque yo no lo sienta de la misma manera.

Y aquí aparece una palabra que considero fundamental: lealtad.

Ser leal no significa estar de acuerdo con todo. Tampoco significa justificar aquello que está mal.

La lealtad en una amistad implica poder escuchar, acompañar, cuidar y también defender al otro cuando corresponde. En una pareja implica respetar la intimidad del vínculo, cuidar la palabra y no convertir al otro en alguien descartable cuando deja de satisfacer nuestras necesidades. En una familia implica reconocer que los vínculos requieren responsabilidad afectiva y presencia.

La lealtad no debería depender exclusivamente de cuánto me conviene una persona.

Sin embargo, pareciera que cada vez más relaciones están atravesadas por una lógica diferente:

“Mientras me sirvas, estoy.”

“Mientras pensemos igual, te acompaño.”

“Mientras no me incomodes, te escucho.”

“Mientras no tenga que resignar nada de mí, soy leal.”

Y cuando aparece el conflicto, la incomodidad o la necesidad del otro, muchas veces aparece también la máscara.

Porque quizás uno de los grandes problemas de nuestros tiempos sea que aprendimos a mostrar una versión de nosotros mismos que resulta socialmente aceptable, pero no necesariamente verdadera.

Nos reímos cuando estamos tristes.

Decimos “todo bien” cuando no está todo bien.

Hacemos chistes para no hablar de lo que duele.

Nos mostramos fuertes para no mostrar nuestra vulnerabilidad.

Y terminamos construyendo vínculos donde conocemos mucho.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *