Lic. Silvina Cecilia Suca
Psicóloga Clínica – UBA

Se la imagina como una etapa donde los sueños se apagan. También se cree que el amor deja de tener lugar.

Incluso persiste la idea de que la sexualidad desaparece. Sin embargo, desde mi experiencia clínica, esa mirada resulta errónea.

Además, considero que también es profundamente injusta. En psicoanálisis entendemos que el deseo es el motor de la vida. No hablamos únicamente del deseo sexual. Nos referimos a esa fuerza interna que impulsa a seguir viviendo.

También a aprender, crear vínculos, emocionarse y proyectarse hacia un mañana.

Mientras exista deseo, hay vida psíquica.

Llegar a la tercera edad no significa comenzar a esperar la muerte. Significa continuar escribiendo la propia historia desde otro lugar.

Cambian el cuerpo, los tiempos y algunas prioridades. Pero no desaparece la necesidad de sentirse amado.

Tampoco se pierde el deseo de ser mirado, elegido o importante para alguien. Muchas personas mayores vuelven a enamorarse. Descubren nuevas amistades y comienzan actividades que nunca imaginaron realizar.

Aprenden, ríen, bailan, viajan y encuentran motivos para levantarse cada mañana con ilusión. Otras descubren que un abrazo puede ser tan transformador como una gran declaración de amor.

Comprenden que una conversación sincera puede devolverles la esperanza.

Asimismo, una caricia sigue teniendo el poder de hacer sentir que todavía se está vivo. La sexualidad también continúa formando parte de la vida. Quizás ya no responda a los parámetros que la juventud o la sociedad suelen imponer. Pero sigue siendo una forma de expresar afecto, intimidad, ternura, placer y conexión con el otro.

La sexualidad no tiene fecha de vencimiento; simplemente se transforma junto con la persona.

Lamentablemente, todavía existen prejuicios que infantilizan a los adultos mayores o les hacen sentir que ya no corresponde enamorarse o expresar deseo. Ese silencio puede ser tan doloroso como la soledad misma.

Necesitamos mirar la tercera edad como un tiempo donde también pueden nacer nuevos vínculos, proyectos y formas de disfrutar la vida.

Porque mientras exista la capacidad de emocionarse, esperar una llamada, abrazar, reír, aprender o ilusionarse con un encuentro, el deseo seguirá latiendo.

Y donde hay deseo, todavía hay vida.

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