Cuando sentirnos bien deja de ser un lujo y se convierte en una forma de cuidarnos
Hay emociones que aprendimos a tomar muy en serio: la tristeza, el miedo, la angustia y la preocupación. Hablamos de ellas, las analizamos y buscamos comprenderlas. Pero ¿Qué lugar le damos a la alegría?
La alegría también necesita ser escuchada.
Porque estar alegre no significa negar los problemas, vivir en una felicidad permanente o hacer de cuenta que nada duele. Significa poder registrar esos momentos en los que algo dentro nuestro se enciende: una conversación, una canción, un abrazo o una actividad.
Cuando estamos ilusionados, cuando nos enamoramos o cuando alguien nos importa, algo se mueve profundamente dentro de nosotros. Y ese movimiento no es solamente emocional: también tiene una expresión en nuestro cuerpo.
El enamoramiento, por ejemplo, puede producir una sensación de vitalidad, entusiasmo y energía.
El deseo y la sexualidad, cuando se viven desde el consentimiento, el cuidado y el vínculo, también pueden generar bienestar y favorecer la conexión emocional. Y no necesitamos estar enamorados para sentir alegría.
También podemos encontrarla cuando hacemos aquello que nos gusta: practicar un deporte, bailar, pintar, cantar, cocinar, caminar o leer. Crear, encontrarnos con amigos y aprender algo nuevo también puede abrir espacios de placer, conexión y sentido. Hacer lugar a aquello que disfrutamos no es una pérdida de tiempo. También puede ser una forma de cuidar nuestra salud mental.
Desde la neurobiología sabemos que las experiencias placenteras y gratificantes participan en circuitos relacionados con el bienestar y la motivación.
En estos procesos intervienen sustancias como la dopamina y las endorfinas, entre otros sistemas neuroquímicos.
La serotonina también participa en la regulación del estado de ánimo, aunque sería simplista pensar que existe un único “neurotransmisor de la felicidad”.
Por eso, sonreír, disfrutar, reírnos, emocionarnos, sentir deseo, jugar, crear y vincularnos no son actividades menores. Son experiencias que pueden enriquecer nuestra vida y favorecer nuestro bienestar.
Quizás una de las preguntas que deberíamos hacernos con mayor frecuencia sea:
¿Qué cosas me hacen bien?
No para escapar de lo que nos pasa, sino para recordar que nuestra vida psíquica no está hecha solamente de aquello que debemos resolver. También está hecha de aquello que nos hace vibrar.
A veces pasamos tanto tiempo cumpliendo obligaciones, atendiendo problemas y preocupándonos por los demás que nos olvidamos de nosotros mismos. Y entonces dejamos para “cuando haya tiempo” aquello que justamente podría ayudarnos a recuperar energía, deseo y vitalidad.
La alegría no elimina el dolor. Pero puede ayudarnos a atravesarlo. Porque una persona no necesita tener una vida perfecta para permitirse estar bien. Necesita, quizás, empezar a reconocer esos pequeños —y no tan pequeños— lugares donde todavía puede encontrarse con el placer de estar viva.
Y tal vez cuidarnos también sea eso: hacer un poco más de lugar para aquello que nos hace sonreír.

