Dar nombre a esa violencia, visibilizarla y generar herramientas para pedir ayuda fue, y continúa siendo, fundamental para construir vínculos más seguros.

Pero ampliar la mirada no significa quitarle importancia a una realidad para darle lugar a otra. Significa reconocer que la violencia también puede ejercerse contra los hombres.

A lo largo de mi experiencia clínica, he recibido hombres que llegaron a consulta atravesando situaciones de violencia dentro de sus vínculos de pareja.

Hombres que habían sido golpeados, insultados, humillados, manipulados o controlados. Hombres que habían dejado de sentirse libres dentro de su propia relación.

Algunos tenían restricciones sobre qué podían hacer, con quién podían relacionarse, cómo debían comportarse o incluso cuándo podían ver a sus propias familias.

En algunos casos, el control había llegado tan lejos que se habían alejado de padres, hermanos, amigos o personas significativas para evitar conflictos con su pareja.

Y hay algo particularmente doloroso: muchas veces, esos hombres ni siquiera podían reconocerse como víctimas de violencia.

Porque todavía existe una idea social profundamente arraigada: “Un hombre tiene que poder defenderse”.

Pero ¿Qué ocurre cuando ese hombre tiene miedo? ¿Qué ocurre cuando quien debería ser su lugar de confianza se convierte justamente en alguien a quien teme?

¿Qué ocurre cuando la violencia no deja marcas visibles, pero destruye lentamente la autoestima, la autonomía y la capacidad de tomar decisiones?

La violencia psicológica no necesita un golpe para existir. También puede aparecer en el control, la descalificación, la manipulación, los celos y el aislamiento.

Puede aparecer en las amenazas, la humillación, la culpabilización constante o cuando alguien hace sentir al otro incapaz de decidir por sí mismo.

Y muchas veces, esa violencia invisible es la más difícil de contar. Porque aparecen la vergüenza, el miedo al qué dirán y el temor a no ser creído.

Puede aparecer incluso una pregunta devastadora: “¿Cómo voy a contar que una mujer me maltrata?”

Cuando algunos hombres intentan hablar, pueden encontrarse con respuestas como: “Vos sos un hombre”, “defendete” o “¿cómo vas a permitirlo?”

Aunque muchas veces no exista intención de dañar, esas respuestas pueden profundizar todavía más el silencio y hacer que pedir ayuda resulte aún más difícil.

Quien está sufriendo no necesita que le recuerden cómo debería comportarse. Necesita encontrar un espacio donde pueda hablar sin ser ridiculizado, juzgado ni cuestionado.

También existen historias previas que pueden influir en la manera en que una persona construye sus vínculos y responde frente al conflicto, el control o la violencia.

He conocido hombres cuyas historias familiares estuvieron atravesadas por figuras parentales violentas, manipuladoras o excesivamente controladoras.

En algunos casos, aprendieron desde pequeños a callar, ceder, evitar conflictos y adaptarse para sobrevivir emocionalmente dentro de esos vínculos.

A veces, esos aprendizajes pueden repetirse posteriormente, sin que la persona sea plenamente consciente de ello, en sus relaciones adultas.

Algo similar puede observarse en hombres que atravesaron bullying durante su infancia o adolescencia, especialmente cuando existieron experiencias reiteradas de humillación y desvalorización.

Esas experiencias pueden dejar huellas profundas en la autoestima y en la manera de posicionarse frente a los demás.

Entonces, la dificultad para poner límites o defender las propias necesidades no necesariamente queda limitada a la pareja.

Puede aparecer frente a los hijos, compañeros de trabajo, superiores u otras personas significativas. No porque ese hombre sea débil.

Sino porque, muchas veces, aprendió que para conservar un vínculo debía callar, ceder y soportar.

Y comprender ese mecanismo no significa responsabilizar a la víctima por la violencia que recibe.

Nadie provoca que otro lo violente. Nadie.

Reconocer que también existen hombres víctimas no significa negar, minimizar ni competir con la violencia que sufren las mujeres.

Significa ampliar nuestra mirada y comprender que detrás de cualquier persona que vive violencia puede haber miedo, vergüenza, aislamiento y una enorme dificultad para pedir ayuda.

Porque la violencia no debería medirse por quién la sufre. Deberíamos poder reconocerla por lo que hace: vulnerar, controlar, someter y destruir.

Y si queremos construir vínculos más saludables, necesitamos espacios donde cualquier persona pueda decir “me está pasando” sin sentir vergüenza por necesitar ayuda.

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